Quién recuerda a los agricultores franceses

La manipulación periodística, comentaba el otro día un hombre inteligente al que sigo en Twitter, no estriba tanto en presentar mendazmente una realidad concreta como en ocultarla. A pesar del auge de las redes sociales y la generalización de Internet, lo cierto es que los grandes medios de comunicación – las televisiones, sobre todo – continúan determinando los derroteros por los que discurren las conversaciones de sobremesa, e incluso la naturaleza del fango en el que se revuelcan los usuarios de la cochiquera tuitera.

Conscientes de esto, las cadenas televisivas excluyen de sus parrillas – y, por tanto, de la mente de sus espectadores – las injusticias más flagrantes y las realidades más dolorosas. Al tiempo, claro, que utilizan esa misma parrilla para domeñar a las masas, atiborrándolas de propaganda sistémica. De este modo, cualquier observador mínimamente despierto se percatará de que hay determinados dramas sobre los que se habla y debate hasta la extenuación y otros que, pese a su similar o mayor importancia, se eluden cínicamente.

PUBLICIDAD

Todo esto responde, en verdad, a un proyecto político. Por lo general, los grandes medios no se decantan por un tema y descartan otro atendiendo a los llamados ‘criterios periodísticos’ – bien estúpidos, por cierto –, sino a una simple y descarnada lógica de poder. La histérica insistencia de aquéllos con los episodios de violencia doméstica, por ejemplo, y su escrupuloso silencio respecto a los suicidios no nos debería invitar a pensar que los periodistas conceden más importancia a las personas que mueren asesinadas por otros que a las que mueren asesinadas por ellas mismas; nos debería invitar a preguntarnos, en cambio, en qué medida exagerar la tragedia de la violencia doméstica (y ocultar la del suicidio) contribuye al proyecto político de las grandes corporaciones. Y, de paso, a reflexionar sobre la naturaleza de éste.

Si no partimos de esta premisa, no podremos comprender la indiferencia de los grandes medios de comunicación hacia la luctuosa situación que viven los agricultores y ganaderos franceses: según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas Económicas, cada dos días se suicida uno de ellos; una proporción que supera en un 20% a la del resto de sectores de la población.

Habrá personas a las que este hecho no les parezca lo suficientemente relevante para ocupar un pequeño espacio en cualquier periódico generalista. Sin embargo, si lo nuestro fuese una comunidad moralmente sana – y no un putrescente amasijo de individuos atomizados –, la plaga de suicidios de los agricultores franceses abriría telediarios día tras día. Se dedicarían tertulias televisivas e investigaciones académicas a descubrir las causas del drama. Se organizarían manifestaciones multitudinarias para reivindicar los derechos del hombre rural. Se derrocarían cuantos gobiernos fuese necesario derrocar para restaurar la justicia.

Cuestionar el statu quo

Lo cierto es que la tragedia de los agricultores franceses pone en entredicho las políticas de la Unión Europea y desvela las más inconfesables vergüenzas del modelo económico mundial. Nos muestra, en fin, que la globalización económica – y su exaltación de la eficiencia productiva – ha entrañado consecuencias nefandas para muchas personas; que la entelequia librecambista, en cuyo nombre se han desmantelado las economías locales, no conlleva prosperidad sino precariedad; y que ese ‘progreso’ idolatrado durante decenios sólo redunda en beneficio de una oligarquía.

En todo eso se fundan, sospecho, las reticencias de los medios de comunicación a denunciar las injusticias que padecen los hombres de campo franceses (bueno, en general, todos los hombres de campo). Temen que una excesiva atención al tema termine por conmover a la gente, y que de esa natural conmoción broten irreprimibles anhelos de cambio.

Responsabilidad compartida

No obstante, no podemos imputar el sufrimiento de los agricultores franceses a los medios de comunicación enteramente, ni siquiera a las élites capitalistas. Somos nosotros, cada uno de nosotros, los que hemos decidido comprar alimentos procedentes de países remotos simplemente porque son más baratos (o porque nos los traen a casa). Aunque nos resistamos a reconocerlo, es esa suerte de decisión colectiva la que ha sentenciado a muerte al hombre rural europeo.

Esto quiere decir, sí, que el capitalismo global se nutre de nuestro egoísmo, de nuestros apetitos de hombre caído. Pero también nos enseña algo mucho más importante para el futuro: que ese capitalismo global que ha hecho de nosotros consumidores bulímicos sólo se extinguirá cuando nuestra alma renazca.

¿Queremos hacer la revolución? Pues empecemos por nosotros mismos.  Antepongamos el ‘nosotros’ al ‘yo’, el bien comunitario al propio beneficio. Si nos apresuramos, quizá no haya que llorar el suicidio de ningún agricultor francés más.

por Julio Llorente.

Periodista y casi graduado en Relaciones Internacionales. He pasado por La Gaceta, esRadio y Radio María. La belleza es verdadera y buena, el bien es verdadero y bello, y la verdad es bella y buena.