La tolerancia es una farsa

No debemos reprocharles a las élites hodiernas, en fin, su afán por mantener el orden existente, pues se trata de un afán que ha orientado el comportamiento de las élites durante toda la historia

Si algo nos ha enseñado la repentina irrupción de VOX en el panorama político español, es que las apariencias engañan y que muchos son precisamente lo contrario de lo que dicen ser. Durante años, Ciudadanos ha disimulado su vacuidad ideológica revistiéndola de conceptos tan agradables para el oído como inanes para el espíritu: consenso, pacto, tolerancia, concordia… Así, consciente de que en las democracias mediáticas es más importante parecer algo que serlo, Rivera se ha afanado en presentarse ante la sociedad como adalid de la modernidad, como uno de esos hombres angelicales que ve algo bueno en las ideas de todo el mundo y que con todo el mundo está dispuesto a dialogar.

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Aunque este prototipo de político resultaría odioso a toda comunidad moralmente sana, a nuestra delicuescente sociedad se le antoja deseable y virtuoso. Y eso Rivera, astuto como la serpiente, lo comprendió bien en su momento: desde su irrupción en política, y siempre con el fin de hacerse amable, ha defendido una idea y la contraria, ha negociado lo innegociable y no ha rehusado ninguna compañía.

Sin embargo, todo esto era una pose, una ardid para ganarse el favor de una sociedad que no le concede la debida importancia al compromiso y las convicciones. Prueba de ello es la displicente inflexibilidad que Rivera y sus aduladores han adoptado tras las elecciones andaluzas en lo que se refiere a VOX. Rechazando todo encuentro con miembros del partido de Abascal y calificando sus propuestas con los adjetivos más despectivos confirman lo que algunos españoles sagaces ya sospechaban: que su defensa de la tolerancia es tan poco firme como su defensa de todo lo demás.

Reflejo del sistema

En cierto modo, Ciudadanos es una pequeña réplica de las élites intelectuales europeas y norteamericanas. Éstas se dicen tolerantes, pero son mucho más dogmáticas – y muchísimo menos razonables – que cualquier teólogo medieval. Así, persiguen obstinadamente a todo aquél que pronuncie ideas contrarias al pensamiento dominante o cuyos actos dañen el statu quo. Pero no lo hacen sirviéndose de los métodos tradicionales de censura (que tornarían imposible la preservación de la farsa de la tolerancia), sino de un modo tan sutil que pasa desapercibido.

Ya no hay hogueras que ardan avivadas por la carne de los herejes ni patíbulos en los que se derrame la sangre de los traidores, pero el mundo occidental está repleto de personas que han padecido la persecución de la que hablamos: profesores universitarios a los que la asfixiante presión de la corrección política ha obligado a dejar su cátedra, artistas verdaderamente talentosos a los que la prensa y la intelectualidad han relegado al ostracismo por expresar ideas incómodas o periodistas valiosísimos a los que haberse comprometido sempiternamente con la verdad les impide encontrar trabajo. Ellos no pueden saborear las mieles de la tolerancia, pues éste es un privilegio paradójicamente reservado para quienes piensan como los que mandan.

Nuestra época, que tan diferente y superior se pretende, es en esto tan humana como todas las demás; desea perpetuar la cosmovisión que la sustenta, y utiliza para ello los métodos necesarios (aunque, en ocasiones, ello implique incurrir en contradicciones).

Una vanidad infundada

No debemos reprocharles a las élites hodiernas, en fin, su afán por mantener el orden existente, pues se trata de un afán que ha orientado el comportamiento de las élites durante toda la historia. Ni los patricios deseaban una revuelta de los plebeyos ni la burguesía decimonónica soñaba con una insurrección proletaria; al contrario, se esforzaban por impedirlas. El mayor desvelo del poderoso siempre ha sido conservar su poder, y la plutocracia globalista del S.XXI no constituye en esto excepción alguna.

A las élites contemporáneas sí les podemos reprochar, en cambio, su arrogancia. Rebosantes de un orgullo adanista, se creen superiores a todos los hombres que han habitado la Tierra antes que ellas; miran a sus ancestros con ese desdén con el que el nuevo rico mira al común de los mortales. Se consideran una aldea civilizada emergida milagrosamente en el mismo centro de un imperio de barbarie, un destello de luz que ilumina un vacío de oscuridad.

Sin embargo, como ya hemos visto, sus preocupaciones son tan mundanas como las de las élites que las precedieron y su carne está hecha de la misma materia perecedera que la del resto de criaturas que penan en este valle de lágrimas.

por Julio Llorente.

Periodista y casi graduado en Relaciones Internacionales. He pasado por La Gaceta, esRadio y Radio María. La belleza es verdadera y buena, el bien es verdadero y bello, y la verdad es bella y buena.