Fronteras

Los estados-nación constituyen la forma política que adoptan identidades preexistentes (aunque a la vez aquellos puedan ser también causa de estas), y resultan enormemente ventajosos sobre otras unidades políticas en las que, bien sea por un exceso de universalidad en el que el hombre se pierde, bien por un exceso de localismo, en el que se encanija, este no se reconoce.

Las fronteras son los muros de una identidad irrenunciable, tanto en la dimensión personal como en la colectiva, de los seres humanos. Aunque ciertas fantasmagorías individualistas prescindan de esta última, el ser humano es sencillamente inconcebible sin la dimensión colectiva, pues de otro modo carecía de identidad personal.

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Hasta hace apenas un corto puñado de años, a nadie se le hubiera ocurrido cuestionar la defensa de las fronteras del estado-nación. En nuestra Europa, donde frecuentemente estas obedecen a finos ajustes operados a lo largo de los siglos, tal cosa hubiera sido considerada como traición. Y con toda justicia, porque lo es.

La defensa de la identidad propia es connatural al ser humano. En otras latitudes puede estar ligada a la tribu, pongamos por caso, pero en Europa lo está al estado-nación. El rechazo de tal realidad obedece a intereses transnacionales muy concretos y viene inevitablemente rebozado con la habitual retahíla de pretendidas fobias con la que los guardianes de la virtud tratan de silenciar la disidencia.

Contra esa brutal imposición se están levantando en todo occidente millones de personas. El fenómeno se está haciendo presente incluso en España donde, sobre todo a raíz de la emergencia de VOX se suceden los análisis, las más de las veces francamente apresurados o mil y una veces repetidos, que es peor; y sobre todo de un prejuicioso que trata de casar la realidad con las conveniencias de cada cual.

Todos esos augures deberían sospechar que la tentativa de exorcizar la realidad con los aspavientos aterrados de las vestales correcto-politiquesas va a ser la vía más corta por la que las fuerzas políticas que postulan esa seguridad defensiva, esa protección fronteriza, se acerquen al poder, porque el rechazo a los bonzos de la comunicación constituye uno de los resortes más exitosos de su discurso.

Los progres de todos los partidos pueden ponerse todo lo estupendos que quieran. Pero no servirá, porque la realidad les arrollará. Pueden estar seguros, con Montesquieu, de que si solo hubiera dos hombres en el mundo, sin duda pelearían por las fronteras.

por Fernando Paz.

Fernando Paz Cristóbal, nació en Madrid, en cuya universidad complutense estudió historia, a lo que se ha dedicado profesional y vocacionalmente durante estos años. Además de profesor, ha publicado cinco libros de su mano y ha participado en otras dos obras colectivas.Colaborador en varias publicaciones digitales, interviene con regularidad en los medios del grupo Intereconomía, en cuya televisión dirige y presenta diariamente un espacio dedicado al mundo de la historia y la cultura, “Tiempos Modernos”.