El vómito de Dios

El “chou” (por usar sus palabras) del presidente Nicolás Maduro Moros en su encuentro con el provocador (según con quién) Jordi Évole para el programa Salvados de La Sexta podría ser uno de los últimos despliegues mediáticos del primer mandatario venezolano, a quien hoy en día sólo apoyan algunos países (China y Rusia entre ellos, todo sea dicho). Firme en sus respuestas ante las pobres fintas de Évole, Maduro demostró la impasibilidad de quien sabe que no tiene nada que perder y tiene poco que demostrar. No llamará a elecciones, no hablará con el “presidente encargado” Juan Gerardo Guaidó Márquez -quien ya está nombrando representantes plenipotenciarios en el Exterior- y armará a sus adeptos en un ejemplo tragicómico de la “guerra popular”, estrategia descrita por el líder chino Mao Zedong (1893-1976) en sus célebres Sobre la táctica de lucha contra el imperialismo japonés (1935), Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria de China (1936) y Sobre la guerra prolongada (1938). En otras palabras y parafraseando al dictador argentino Leopoldo Fortunato Galtieri durante la Guerra de las Malvinas: “Si quieren venir, que vengan; les presentaremos batalla”.

La actual situación del país sudamericano podría ser grotesca si no fuera trágica. Luego de veinte años de “revolución bolivariana” y “democracia participativa”, las cifras hablan por sí solas. Diversos economistas coinciden en números para el espanto: 10.000.000% de inflación estimada para 2019, la industria petrolera -corazón económico del país- estancada y en manos de militares del círculo presidencial, una caída de más del 35% del PIB en los últimos cuatro años y una retracción de la economía estimada en un 60% para el período 2013-2023.

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A los fríos números debe sumarse una profunda crisis humanitaria resultado de la escasez de alimentos, la falta de medicinas y una planificación social delirante. El resultado: más de dos millones de exiliados desde 2015 y la consolidación de los venezolanos como primer colectivo inmigrante en países anteriormente desconocidos para ellos, verbigracia, Argentina. Párrafo aparte merece la inseguridad urbana: Caracas está ubicada -a día de hoy- entre las ciudades con más homicidos en ocasión de robo del planeta.

Planteado así el escenario, pocos estados nacionales permanecieron indiferentes. Maduro cuenta con el apoyo de los ya mencionados chinos y rusos (países que cuentan con importantes intereses en territorio venezolano), así como de Turquía, Bolivia, Nicaragua, Irán y la organización terrorista Hezbolá. Por otra parte, confían en Guaidó la propia Asamblea Nacional de Venezuela (que lo nombró) y países como Estados Unidos, Alemania, Israel, Francia, España, Dinamarca, Hungría, el Reino Unido, Brasil, Argentina, Chile, Colombia y siguen las firmas), además de organismos como el Parlamento Europeo y la Organización de los Estados Americanos. De los vecinos más próximos, solamente México y Uruguay optaron por una equidistancia imposible y llamaron a un indeterminado “diálogo”, posición similar a la adoptada por Italia.

En definitiva: el tiempo apremia y Venezuela se desangra. Quedan pocas opciones. Y ya sabemos lo que nos dice el Apocalipsis de San Juan: a los tibios, los vomita Dios.

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.