¿A qué llamamos Europa?

La Unión Europea, sin embargo, es la evolución dudosa de lo que fue una idea excelente: el Mercado Común, una unión aduanera entre los países occidentales para aunar  sus recursos y crear un espacio económico integrado.

Hace cuarenta años, aquí todo el mundo estaba de acuerdo en algo: Europa era la solución de nuestros males, el bálsamo de Fierabrás de los achaques de la patria, pese a que a España no le había ido nada mal en los últimos decenios y era la octava potencia industrial del mundo. Alcanzada la tierra prometida en 1986, con la adhesión al Tratado de Roma, la excepción española pareció alcanzar sus amenes: quinientos, mil, quizá dos mil años de Historia “equivocada” quedaban atrás y comenzaba para nuestro país su necesario cambio de rumbo, el cierre de ese “error” al que llamamos España, el fin de nuestra invertebrada diferencia y la anhelada homologación con esos admirables europeos, tan ricos, tan altos, tan rubios.

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Durante veinte años llovió sobre España un chaparrón de millones, nos inundó una riada de fondos europeos que nos hizo creer que sí, que lo que nos decían era verdad, que allá en Bruselas se ataba a los perros con longaniza. Miles de estudiantes dilapidaban un curso universitario con las becas Erasmus, de las que los beneficiarios volvían con una muy precisa idea de los bares y discotecas de Estrasburgo, Copenhague o Ámsterdam, aunque con muy pocas nociones de la materia que, en teoría, tenían que asimilar. Nos pagaron por arrancar olivos, desmantelar industrias, cerrar minas, vender empresas públicas y pignorar esa cosa tan inútil, franquista y retrógrada que se llama “soberanía”. ¿Para qué preocuparse por esa antigualla si Bruselas corría con los gastos de los aeropuertos sin aviones, las autopistas sin coches y las casas sin habitantes? Durante dos décadas vivimos como genuinos nuevos ricos y pensábamos que sí, que era cierto, que Europa vendía los duros a peseta.

Pero llegaron las vacas flacas: los bancos europeos exigieron a la élite española la factura del guateque; entonces, nuestros dirigentes mostraron sus bolsillos vacíos y sus cajas fuertes repletas de ladrillos. Los Gobiernos avalaron a los bancos tronados y vendieron lo poquísimo que quedaba del patrimonio nacional, de una España que, además, tiene que alimentar a diecisiete hijas pródigas, descastadas y casquivanas, un lujo que no está a nuestro alcance y por el que acumulamos deuda sobre deuda: se llama Estado autonómico. Vamos, que nos llegó la ruina y nos quedamos boquerones y más tiesos que la mojama; por lo menos, tuvimos la suerte de que buena parte de la deuda la asumió el Banco Central Europeo, que si no…

Es ahora, cuando estamos amarrados a ella con cuerda de calabrote y no con longaniza, el momento de preguntarnos qué es Europa y qué pintamos ahí. Para empezar, deberíamos aclarar que Europa no es la Unión Europea. Europa es un concepto geográfico y cultural que, en sentido estricto, debería abarcar a los pueblos de tradición occidental, a lo que en la Edad Media se llamaba Cristiandad. Sin límites geográficos precisos, podríamos trazar su espacio entre los Urales y el cinturón marítimo que va del Mar del Norte al Mediterráneo. La característica básica de ese espacio ha sido su fragmentación en estados independientes y rivales que competían entre sí por la supervivencia y el dominio. La Europa de verdad, la que ha dirigido la historia humana durante tres siglos, se destacaba por su variedad y su individualismo, tanto entre las naciones como entre las personas. Aunque existieron potestades de carácter paneuropeo que ejercían una tutela espiritual, como el Papado, desde la fragmentación del Imperio Romano, iniciada en el 395, el destino de nuestro continente ha sido siempre la diversidad, que se cristalizó en el siglo XV con el surgimiento de los estados modernos. Todos los intentos de imponer una hegemonía imperial han terminado en fracaso.

La Unión Europea, sin embargo, es la evolución dudosa de lo que fue una idea excelente: el Mercado Común, una unión aduanera entre los países occidentales para aunar  sus recursos y crear un espacio económico integrado. Hasta el año 1992 el invento funcionó muy bien, fue entonces cuando se decidió ir un paso más allá y dar contenido político y casi estatal a un engendro llamado Unión Europea. En principio, nada nos debería oponer a que los países que tienen una cultura común, una forma de vida semejante, valores  similares y, pese a nuestras guerras, una historia compartida, formaran una suerte de federación política. El problema estriba en que la casta dirigente, la élite transnacional que dirige la Unión Europea, no piensa lo mismo que pensamos los ciudadanos de a pie cuando se dice “más Europa”, idea con la que todos estamos en principio de acuerdo.

Más Europa significa, para empezar, menos soberanía nacional, lo cual puede ser aceptable si sirve para consolidar una supernación o una suerte de Neo-Cristiandad. Sin embargo, más Europa significa en realidad “menos patria” y la soberanía cedida pasa a ser secuestrada por una oligarquía de financieros y burócratas, para los que “Europa” es sólo una denominación de origen, un espacio comercial, un consorcio bancario. La “Europa” de la Unión llamada “Europea” no sólo carece de un supuesto patriotismo nacional, es que tampoco tiene el menor patriotismo europeo ni de ninguna clase. La Comisión y sus múltiples redes de poder (que ningún pueblo elige) funcionan como agentes de un mundialismo devastador, al que no sólo no ponen freno y control, sino que se unen a él en la tarea de desmantelar la seguridad económica y la soberanía de las naciones. Es decir, Bruselas no tiene la menor intención de proteger el trabajo y la riqueza de los europeos. Al revés, el futuro que nos reserva se parece mucho al presente de, por ejemplo, Bangladesh. Incluso está dispuesta a extinguir dulcemente a la población originaria y sustituirla por millones de africanos y asiáticos, que abaratarán los costes que hoy producen unos nativos demasiado caros y exigentes.

Para resumir: la Unión llamada “Europea” es un instrumento de aniquilación de la cultura y la tradición europeas, de ahí su fobia a reconocer la herencia cristiana y su afán por combatir todo lo que tenga que ver con la identidad de sus naciones, enemigo número uno de este monstruo sin alma. Para integrar a nuestro continente bajo la tiranía de la plutocracia mundial, está Bruselas empeñada en desmantelar los únicos controles verdaderamente democráticos a su funcionamiento oligárquico: las soberanías nacionales, espacios donde todavía el pueblo goza de voz y voto. De ahí el odio de la casta bruselense a todo lo que suene a “populismo”, es decir, a pueblo, a “demos”. Aunque a los bonzos de Bruselas se les llene la boca de democracia, en realidad lo que quieren decir es liberalismo, o sea: mundialismo. Por eso hay que reconstruir la idea de Europa frente a la Unión supuestamente “Europea”. Por eso, desde la libertad y la democracia nacionales, hay que levantar una Europa europea de verdad, en sus valores y en sus tradiciones.