Metáfora del independentismo

En la mañana del viernes 21 de diciembre, en la Vía Layetana, el periodista Cake Minuesa fue brutalmente agredido por un encapuchado que se manifestaba contra la visita del Consejo de Ministros a Barcelona. Minuesa estaba cubriendo la manifestación para Intereconomía; antes de recibir un puñetazo en la nariz, otros manifestantes intentaron tirar la cámara de su compañero y evitar que el periodista continuara con su crónica.

Después del golpe, una vez Minuesa se levantó y se puso en pie, mientras se limpiaba la sangre de la nariz, dos señoras se le acercaron diciéndole que era un montaje. Un manifestante le dijo que “venía a provocar” y otro manifestante le dio un croissant en señal de paz. Ninguno de ellos fue detrás del agresor para detenerle y entregarle a las fuerzas de seguridad. Ninguno de ellos dijo ante las cámaras que esa agresión no representaba sus reivindicaciones. Todo fue excusa y silencio, no hubo repudio. Este lamentable suceso, no obstante, es la metáfora perfecta de la esquizofrenia colectiva independentista.

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El repliegue monolítico, ideológico y mental del independentismo es inquebrantable como hemos visto en el vídeo de la agresión y en las reacciones posteriores. No es algo nuevo, la historia es cíclica y las actitudes del nacionalismo excluyente se replican. El objetivo de la nación está por encima de cualquier principio moral o de cualquier código ético. Todo lo que contradiga, enmiende o deslegitime el movimiento independentista tiene una explicación o, en el mejor de los casos, es una falsificación. Sus piruetas discursivas nos recuerdan a los niños que cierran los ojos con mucha fuerza para que la realidad se acomode a sus deseos, poniéndonos serios, nos retrotraen a épocas oscuras de la historia de España y de Europa.

Ni siquiera presenciar una agresión a un periodista les libera de su bloqueo mental. Para el fiel seguidor, para el feligrés independentista, la prensa española es manipuladora y un catalán no puede cometer ningún acto reprobable. El independentismo no puede concebir que uno de los suyos sea un violento o sea un racista -el contorsionismo para justificar los artículos antiespañoles de Torra es hasta mareante-, ni puede sospechar que sus políticos roben o tomen el pelo a la gente, ni puede admitir las incoherencias de un salto al vacío, el procés, que solo les traerá penurias. ¿Por qué? Porque como en todo movimiento nacionalista degenerado, para el independentista, el catalán es un ser superior -que no diferente- al español, que está llevando a cabo una lucha intachable contra un estado colonial, opresor, atrasado y violento. No hay sitio para cualquier hecho que se sitúe fuera de esa épica. Más allá de ese relato, grabado a fuego en la psique nacionalista, nada es cierto.

Entre los dos millones de independentistas catalanes habrá muchos que vean esta agresión como lo que es, una barbaridad intolerable que merece condena y persecución penal. Sin embargo, la autoprotección de su causa les hará callar y aguantarse. Eso, los más prudentes. Otros ya han dicho que era un montaje, que Minuesa se lo merecía o que el agresor era simpatizante de VOX, como ha insinuado la exsocialista a sueldo del independentismo Beatriz Talegón.

El independentismo catalán se queja mucho de que se compare su movimiento con el nazismo, pero es que todos los nacionalismos supremacistas tienen patrones comunes. Negar la realidad e inventar una nueva y justificar la violencia contra el que opina diferente son dos factores que ya comparten los que enarbolan la estelada y la esvástica. Hay más, pero me temo que tendremos más ocasiones para sacarlos a colación.

La agresión a Cake Minuesa es parte del mismo fenómeno. Parte del “no entendéis nada”, del “hecho diferencial” de la “revolución de las sonrisas” del “Espanya ens roba” de los “baches en el ADN”, del “los españoles sólo saben colonizar” y de un largo etcétera del universo psicológico que envuelve a dos millones de personas en una idea que se sitúa por encima de sus principios, de sus bolsillos y de sus amistades. El puñetazo a Minuesa es, también, un incidente más en una larga cadena de incidentes de corte totalitario: una semana antes, un independentista a cara descubierta, desbordado por la rabia y el odio, amenazó de muerte a unos chavales por llevar la bandera española en la Universidad de Barcelona. Cómo no, también les llamó “fascistas”.

La agresión a Minuesa es la metáfora perfecta del independentismo: unas personas adultas presencian una agresión y, para amoldar la realidad a sus corsés doctrinarios, la reinterpretan in situ y la justifican como provocación o montaje. El independentismo catalán es, por encima de todo, una negación de la realidad.