Manuel Valls y la demagogia a la francesa

No sé qué pensarían los ciudadanos de Míchigan si de la noche a la mañana el partido Demócrata, o el Republicano, presentara como candidato a gobernador a un forastero, no ya de otro país sino de otro estado norteamericano. Es de suponer que muchos se sentirían cuando menos desconcertados.

Por supuesto, habría algunos para los que el problema sería única y exclusivamente el origen del candidato, lo que inevitablemente les calificaría de xenófobos. Otros, sin embargo, irían más allá y se preguntarían si el candidato estaría cualificado para ejercer de gobernador de una sociedad que en realidad no conoce, o no conoce lo suficiente, por más que algún ancestro suyo hubiera nacido en ese territorio en el pasado.

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La cercanía del candidato

Esta duda evidentemente no sería técnica, es decir, no cuestionaría las dotes en sí del candidato. Estaría relacionada con ese valor político que es la “cercanía” y que, además de a cualidades personales, obedece a factores que vienen dados, como la nacionalidad y, sobre todo, dónde se habría formado y establecido sus lazos laborales, sociales y afectivos el candidato. Podrá gustarnos o no, pero la cercanía es un factor relevante en política. Y la gente tiene la mala costumbre de otorgarle importancia, en España, en La grande France o en Tombuctú.

Hace no mucho, esta preferencia por lo cercano no habría supuesto mayor polémica. Los sociólogos la habrían entendido como una preferencia natural de muchos electores. Hoy, sin embargo, esta afinidad, este decantarse por lo más próximo y conocido, y no por lo que a priori es desconocido y lejano, se califica también de xenofobia.

El dogma del “Imperio Cosmopolita”

En realidad, cualquier preferencia que se oponga al ideal que Ulrich Beck, para mayor gloria de la UE, ha definido como “Imperio Cosmopolita” es tachada hoy de xenófoba, sin mayor consideración ni reflexión. Este es uno de los graves errores en los que la tecnocracia europea cae una y otra vez, de manera alarmante. Y, a lo que parece, también usted señor Valls. Un error que, todo sea dicho, corre bastante parejo a ese otro cuyas consecuencias ya estamos pagando, que es confundir el principio de pluralismo democrático con la multiculturalidad.

No se equivoque. Señor Valls, personalmente me importa una higa de dónde sea usted. Me inquietan otros aspectos, como su pensamiento político y, también, su estrategia electoral, o tal vez deba utilizar esa otra palabra menor que es “táctica”. Por ejemplo, me preocupa que una persona que se supone ilustrada acuse a alguien de antisemita simplemente porque no ve en George Soros a un filántropo.

En honor a la verdad, he de decirle que ni a mí ni a otros liberales nos agrada Soros. Y este rechazo nada tiene que ver con que sea judío. Que fuera católico, budista o sintoísta no cambiaría en nada nuestro parecer.

En mi caso, no me agrada Soros porque es un multimillonario snob que utiliza su enorme fortuna para ejercer de ingeniero social y promocionar, desde una posición de ventaja, ideas que no comparto, entre ellas la disolvente y antidemocrática “política de la identidad”, o “política del reconocimiento”, sobre la que ya están alertando muchos analistas nada sospechosos de ser extrema derecha. Y porque, además, no tiene reparos en probar a desestabilizar gobiernos democráticos a golpe de talonario. Por lo tanto, para mí Soros no es un campeón de la democracia, sino un personaje manifiestamente iliberal. ¿Soy también antisemita, señor Valls?

Certificación a la francesa

Como ya le digo, el simple hecho de que usted sea francés, no me preocupa. No caigamos en la simplificación ni en la demagogia. Me preocupa que su origen francés y sus credenciales como político son aspectos inseparables. Porque, quiera o no, usted es un producto del sistema meritocrático francés, lo que, todo sea dicho, admiran algunos socioliberales de estas latitudes, de ahí su reclutamiento por parte de Ciudadanos.

Ocurre que este sistema de certificación, del que usted procede, resulta cada vez más ajeno al mundo real, acelerado y cambiante, donde nacen, viven y mueren la mayoría de las personas corrientes. De hecho, está demostrando ser un agravante del proceso globalizador, porque, como explicaba W. R. Mead, impone el credencialismo teórico a costa de ese otro mérito, el “mérito esencial” y democrático que promovieron en su día los fundadores de la democracia norteamericana, cuando decidieron alumbrar una sociedad nueva, no estamental y distinta de las europeas. Y sin el mérito esencial, el mérito de la acreditación suele naufragar. Fíjese si no el desastre en que está desembocando la ‘operación Macron’.

Dejémonos de xenofobias y mascaradas, señor Valls, y reconozcamos lo evidente: a usted le reclutaron en Ciudadanos precisamente por ser francés en el sentido que le he explicado; es decir, como certificación de calidad, porque en España el político autóctono no goza en estos días de demasiado prestigio, tampoco de un gran aprecio popular.

Me atrevería incluso a establecer un cierto paralelismo entre la vitola de “político francés”, que Ciudadanos pretende explotar en usted, y la ventaja competitiva del “made in Germany”. Ya sabe, “si está fabricado en Alemania, es mejor”. De hecho, como acertadamente apuntaba Luis del Pino, su página web de candidato a la alcaldía de Barcelona usa una combinación cromática, rojo, blanco y azul, que no parece casual. Por lo tanto, etiquetar de xenófobo a quien, como un luchador de judo, utiliza esta estrategia en su contra, es pura y simple hipocresía.

La antipolítica y el miedo

Como explicaba en otro artículo, agitar los fantasmas del fascismo y abusar del lenguaje belicista, donde las expresiones “tenemos que combatir…”, “debemos luchar…”, “hemos de vencer…” se suceden sin medida, como si los conservadores no fueran adversarios políticos sino enemigos que deben ser aplastados, no parece demasiado liberal, más bien todo lo contrario.  De hecho, está exacerbando la polarización y apuntalando un peligroso diálogo de sordos.

Quizá su táctica obedezca a un intento desesperado por caer simpático a los votantes del PSC en Barcelona. Pero no estaría demás que intentara usted hacerse notar exponiendo sus propias ideas, y no sólo gritando que viene el lobo. Porque, si mira a su alrededor, verá que, en todas partes, quienes se empeñan en recurrir al miedo para frenar al adversario están cayendo como moscas. ¿Sabe por qué? Porque apesta a demagogia.