Juicio al secesionismo: lo que va de la ley a la verdad

¿Justicia? Tendrás justicia en el próximo mundo. En este solo tienes la ley. De esta forma diferenciaba el escritor William Gaddis el ideal de la justicia, al que se suele apelar muchas veces de forma grandilocuente, de la prosaica labor de los tribunales, donde se juzga solo aquello que puede ser demostrado. Gaddis nos viene a decir que por más empeño que pongamos, la realidad, en toda su dimensión, con sus infinitos matices, no cabe en ningún tribunal. Y solo podrá ser jugada esa porción de los hechos que las garantías procesales y los inevitables tecnicismos de la ley puedan atrapar.

Aún así, en ocasiones, a la conclusión de un juicio, suele decirse que se ha hecho justicia cuando un crimen especialmente grave ha sido castigado con una pena severa, o cuando quien era manifiestamente inocente resulta absuelto y puesto en libertad, como si el castigo o la absolución fueran regalos que los jueces hacen a la sociedad.

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Sin embargo, la mayoría de las veces predomina la sensación de frustración, porque el tribunal en cuestión no ha podido atrapar toda la verdad; es decir, no ha hecho justicia tal y como se esperaba, porque, como dice Gaddis, en este mundo solo existen las leyes.

La Justicia como superpoder

En las grandes causas, que suelen ser las más complejas y, al mismo tiempo, las que generan mayores expectativas en el público, la demanda de una Justicia omnipotente, capaz no ya sólo de juzgar los hechos probados, sino de resarcirnos por completo, hace que veamos en los tribunales máquinas del tiempo que, además de emitir sentencias, viajen al pasado para erradicar el mal de su fuente original y restablecer la virtud que la nación, a través de las instituciones y la acción civil, fue incapaz de preservar.

Este es el caso del juicio a los secesionistas amotinados, desde el que los medios de información ávidos de audiencia proyectan la equívoca imagen de una justicia que trasciende a las leyes. Una justicia convertida en superpoder cuya misión no es solo castigar los delitos conforme a derecho, sino la restauración de un orden político descompuesto. Así, en el estrado lo que comparece es más que un puñado de conspiradores: se juzgan décadas de escarnios, corrupciones y abusos de poder. Y los jueces no deben limitarse a aplicar las leyes, deben viajar en el tiempo para erradicar desde la raíz el mal que ha quebrado a la nación.

Un lamentable sistema de trueques

Es cierto que este juicio sienta un precedente, porque pone fin a la impunidad con la que ha actuado el nacionalismo. Y también es cierto que la sentencia, si finalmente es ejemplar, puede suponer un punto de inflexión. Pero el hecho de que esa impunidad haya durado tanto tiempo indica que el mal es muy profundo.

Los delirios secesionistas, aunque pueda parecerlo, no son producto de la sinrazón, son la consecuencia lógica de una de las características del modelo político español: la borrosa separación entre lo público y lo privado, donde todo es susceptible de convertirse en un recurso, renta o privilegio con el que comprar apoyos y voluntades. Por lo tanto, si el nacionalismo se ha convertido en la mayor amenaza para la paz y la prosperidad es porque ese sistema de trueques se lo ha permitido.

Lo que no cabe en un tribunal

Sin embargo, esta verdad no se sienta en el banquillo, porque no tiene cabida en ningún tribunal. Si así fuera, la lista de imputados sería interminable. No solo deberían comparecer expresidentes del gobierno, exvicepresidentes y ministros, además de todos aquellos diputados que, en su día, validaron con su voto transacciones que minarían sin remedio la cohesión de España; también deberían comparecer personajes ilustres del mundo del dinero, detrás de cuyo empeño por templar gaitas se emboscaban el miedo y el interés particular. Pero además deberían estar presentes quienes a través de las urnas quitaron hierro al asunto, porque o bien solo estaban pendientes de sus pequeños privilegios, o bien su acérrimo partidismo les empujó a comulgar con ruedas de molino.

Después de todo, la amenaza nacionalista resultaba muy lejana para todo aquel que no viviera en Cataluña. Era más ventajoso gastar el voto en promesas de incrementos de pensiones, más prestaciones sanitarias, más educación pública, más subvenciones y, en general, más políticas sociales. O, en su defecto, no votar a favor de, sino en contra de, como es la costumbre.

La negación de los hechos

Con todo, lo más grave es que este afán de los políticos y los medios de información por transformar la prosaica aplicación de las leyes en una justicia sobrenatural, capaz de erradicar el mal desde la raíz, lleva aparejada una negación de la verdad. Una negación que emana del statu quo. Después de todo, nos dicen, las instituciones funcionan. Y este juicio es la prueba de que, en España, nadie está por encima de la ley.

En el olvido queda el discurso in extremis del rey Felipe VI, que hizo saltar todas las alarmas, y también el cívico pero abrumador amotinamiento, banderas en ristre, de infinidad de ciudadanos. Sucesos ambos que de no haberse producido quién sabe hasta dónde habría llegado el cambalache. Aun así, todo lo que se pudo conseguir de los partidos fue la aplicación fugaz del artículo 155. Y una convocatoria electoral que no supuso mejora alguna, sino que institucionalizó el desafuero.  

Demasiado poder

La verdad es que, aunque formalmente siga siendo indivisible, la nación está quebrada. El nacionalismo no ha logrado desgajar por completo Cataluña de España, pero la ha partido en dos, dejándola al borde de la confrontación civil. Y eso no hay tribunal que lo remedie. Los jueces, por meritorios que sean, se limitan a aplicar la ley, no viajan al pasado para subsanar los errores cometidos durante décadas. Son, a lo sumo, la última barrera defensiva del orden institucional. Por lo tanto, que el nacionalismo haya terminado en los tribunales indica que todas las demás barreras han fallado miserablemente. Y lo han hecho porque los partidos políticos tienen demasiado poder, y los ciudadanos demasiado poco. Mientras este desequilibrio no se subsane, tendremos justicia en el próximo mundo. En este solo tendremos la ley.