El día de la victoria

Convertido en un nuevo hito del catalanismo, el 1 de octubre ofrece la posibilidad de establecer un paralelismo histórico difícil de eludir.

El lunes pasado se cumplió el primer aniversario de la celebración del sedicente referéndum impulsado por las fuerzas secesionistas catalanas. Movidas por la inercia residual del 11 de septiembre, las diversas facciones catalanistas, desde las más agrarias a las más sofisticadas, volvieron a ocupar las calles animadas por el mandato del Presidente de la Generalidad, que les exigió «apretar». Dóciles e imantadas por su visceral hispanofobia, las huestes torrianas apretaron e incluso se enfrentaron a la policía que reclama en sus dependencias la liberación de lo que el aparato propagandístico regional y los mercenarios instalados más allá del Ebro, llaman «presos políticos» y «exiliados». La farsa añade así un nuevo capítulo, pues bajo la jerigonza sediciosa se ocultan crudas realidades. Al cabo, los así llamados «presos políticos» y «exiliados», no son otra cosa que políticos presos acusados de gravísimos delitos, en el primero de los casos, y de vulgares fugados, en el segundo. En cuanto a lo que denominan «referéndum», lo ocurrido hace un año dista mucho de responder a las exigencias propias de una votación que se tenga por tal.

En efecto, lo ocurrido el 1 de octubre de 2017 incumplió las más elementales reglas que rigen una votación que por tal se tenga. Sin censo ni control alguno, aquella jornada dejó imágenes para el recuerdo, como la de urnas preñadas de síes antes de su llegada a los colegios electorales. Sin embargo, la fe, y aún más, el fanatismo, mueven no sólo montañas sino, incluso fronteras. Ello explica que muchos de los que, ahítos de fundamentalismo democrático, gritaban enardecidos volem votar hace un año, vivan hoy, atrapados en su falsa conciencia, en una ficción: la República Catalana.

Pese a todo, nada impidió que el sucesor de Puigdemont, Joaquín Torra, con la habitual pompa y solemnidad con la que los cabecillas del catalanismo se dirigen a un sol poble, hablara de aquel episodio en términos adánicos. A lomos de la euforia conmemorativa, Torra calificó el 1-O como «el día de la victoria», mientras su predecesor, refugiado en Europa, se lamentaba de la falta de reconocimiento que la Unión ha tenido para con aquellos que se dicen carolingios, y que acaso lo sean, pues en lo que respecta a su habilidad para el falseamiento, no andan lejos de aquellos que trataban de legitimar su corona apelando a la Donación de Constantino.

Convertido en un nuevo hito del catalanismo, el 1 de octubre ofrece la posibilidad de establecer un paralelismo histórico difícil de eludir, pues hace ochenta y dos años, esa misma fecha sirvió para la celebración de una solemne ceremonia que tuvo consecuencias políticas mucho más trascendentes que la aparición en TV3 de un político de Blanes. Nos referimos, naturalmente, al 1 de octubre de 1936 cuando, en los albores de la Guerra Civil, Francisco Franco Bahamonde fue investido como Jefe del Estado en la Capitanía General de Burgos, ciudad en la que se había refugiado un amplio contingente de catalanes. Protegido por la guerrera del general gallego, el barcelonés Enrique Pla y Deniel, obispo de Salamanca, fue quien estampó su firma al pie de una pastoral titulada Las dos ciudades, en la que calificó la guerra como «una cruzada por la religión, la patria y la civilización». En justa reciprocidad por la salvaguardia de la Iglesia española, la imagen del Caudillo deambulando bajo palio se hizo habitual, y aún es invocada por el anticlerical antifranquismo actual. Franco, y todas las familias ideológicas que se arremolinaron a su alrededor, aquellas con las que hábilmente maneó hasta el fin de sus días, pasaron, desde entonces, a autorrepresentarse como la España que daba continuidad a los esplendores imperiales frente a la horda atea y comunista.

Más de ocho décadas después, Franco, así, en cursiva, tal y como ha afirmado recientemente Arcadi Espada, no prescribe. Antes al contrario, sus reliquias óseas aderezan la actualidad periodística y política, y el antifranquismo, retórico o no, se da por asumido en todo el espectro partitocrático surgido tras la transformación de aquel Régimen en la actual democracia cuyo primer ejemplar aún retuvo el águila imperial en el cuero de su portada. Consumido un tiempo superior a aquel en el que Franco ocupó la jefatura del Estado tras su victoria real, la búsqueda de junturas históricas orienta los bisturíes de los analistas y de los políticos. Así, es habitual escuchar hablar del periodo predemocrático, en referencia al tiempo marcado por la que se llamó «democracia orgánica», a quienes no se inmutan ante la manipulación que se hace de las voluntades populares, bajo la coartada parlamentaria, en aquellos salones de los que surgen figuras como la del propio Torra, caudillo de todos los CDR, al que, como ocurriera en el Burgos del 36, no le han faltado las bendiciones de clérigos capaces de acoger en sus templos el triángulo masónico en el que se inscribe una estrella que no conduce a Belén.