Dalí. Aguarrás y máscaras

Tres décadas después de su muerte, el hombre que en su primera visita al Madrid de la posguerra, dijo, «vine para visitar a los dos caudillos de España. El primero, Francisco Franco. El segundo, Velázquez», presta su rostro a los que limpian la suciedad, amarillenta y golpista.

El pasado día 14 de noviembre, la organización juvenil pancatalanista Arran, subió a las redes un vídeo en el cual, dos de sus activistas aparecían encapuchados mientras llenaban de pintura amarilla el portal de la vivienda del juez Llarena en Sant Cugat del Vallés. Días más tarde, el aguarrás y la espátula, hábilmente manejados por un grupo de enmascarados, acababa con los amenazantes churretes. Después de esta acción, también difundida por Youtube, se han conocido más detalles acerca de los higienizantes individuos que operaron vestidos con llamativos monos de obra, y ocultaron sus rostros bajo máscaras con el semblante de Dalí.

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Al parecer, tan particular estética, la han tomado de la exitosa serie española La casa de papel, recientemente galardonada con un premio Emmy Internacional en la categoría de mejor drama. Hasta tal punto la serie ha servido de inspiración, que el cerebro de este grupo, se hace llamar El profesor, mientras el resto de integrantes han adoptado nombres como Condal, Olot, Cadaqués o Arán. Después de tan llamativo estreno, el Comando Dalí Reconciliador, anuncia nuevas acciones contrarias a las llevadas a cabo por los Comités de Defensa para la República. Después de semejante confesión, no cabe duda de que el modelo estético adoptado, tiene un origen televisivo, si bien, los actores que intervinieron en la serie, no emplearon únicamente el rostro de Dalí para ocultar sus identidades. En definitiva, el rostro del pintor de Cadaqués, empleado contra aquellos que se presentan como la voz del verdadero pueblo catalán, aporta una potente carga simbólica digna de análisis.

Nacido en Figueras, Salvador Dalí expiró el 23 de enero de 1989 en esa misma localidad. Siete años antes, el autor de El gran masturbador, había añadido una cláusula al testamento dictado en 1980. Si en el primer documento legaba sus bienes a partes iguales al Estado y a la Generalitat de Cataluña, en el añadido incorporó un giro exclusivo, al hacer «heredero universal y libre de todos sus bienes, derechos y creaciones artísticas al Estado español, con el fervoroso encargo de conservar, divulgar y proteger sus obras de arte». Ésta es la principal frase de la cláusula tercera de un testamento que Dalí dictó el 20 de septiembre de 1982. Fallecido Dalí, la búsqueda, por parte de algunos miembros de la Generalidad, de un codicilo que dejara algunas migajas del artista a la administración autonómica, fue infructuosa. Bloqueada la vía de la instrumentalización, pues Dalí se antojaba insoluble en las hispanófobas aguas catalanistas, el pintor fue orillado, para dejar espacio a otros más compatibles con la estrategia cultural diseñada por los hombres de Pujol. En coherencia con el olvido progresivo del ingrato Dalí, hoy es una obra de Tapies, Las cuatro crónicas, la que preside la Sala Tarradellas del Palacio de la Generalidad. Al cabo, Tapies, el informalista Tapies, que al igual que don Salvador recibió un marquesado de manos de Juan Carlos I, ofrecía un material y una trayectoria vital más asumible dentro de los objetivos marcados por el pujolismo. Frente a los descontextualizados relojes blandos de Dalí, los fondos terrosos de Tapies podían ser interpretados en clave telúrica.

Un abismo medió entre ambos artistas. Mientras Tapies desarrolló su obra en ámbitos marcadamente catalanistas, bien asistidos por fundaciones foráneas interesadas en fomentar todo aquello que se alejara del realismo, Dalí pisó terrenos mucho más variados. Durante su paso por la mítica Residencia de Estudiantes, forjó amistades y se expuso a influencias que mantuvo durante toda una vida, que no prestó particular atención a las cuatro barras que tanto reivindicó don Antonio, autor en 1971, de un cuadro titulado El espíritu catalán. En contraposición a Tapies, los intereses de Dalí tuvieron un radio más amplio que el de su región. Amigo de Buñuel, rodó con él Un perro andaluz y La Edad de Oro, antes de recibir, por parte de André Breton el despectivo apodo de Avida Dollars. En pleno franquismo, regresó a España y se afincó en Cataluña, decisión que le granjeó no pocas críticas que supo canalizar hábilmente. Convertido en un icono de una televisión única y estatal, cuyas audiencias convierten en irrelevantes las de La casa de papel, era frecuente ver sus tiesos bigotes dentro de espasmódicos vídeos producidos por Valerio Lazarov, en los que Maruja Garrido interpretaba rumbas, para irritación de los custodios de las esencias catalanistas, siempre tan refractarios al flamenquismo.

Tres décadas después de su muerte, el hombre que en su primera visita al Madrid de la posguerra, dijo, «vine para visitar a los dos caudillos de España. El primero, Francisco Franco. El segundo, Velázquez», presta su rostro a los que limpian la suciedad, amarillenta y golpista, de quienes alimentan esa farsa llamada Francoland.