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Gracias a la Biblioteca Nacional, la Fundación Ramón Menéndez Pidal, la Juan March y la Ramón Areces, podemos admirar hasta el 18 de junio el Códice de Vivar original-no el facsímil que suele estar expuesto- y contemplar algunos versos del Cantar de mio Cid en la exposición “Dos españoles en la historia: el Cid y Ramón Menéndez Pidal”.

El Cantar tiene para mí distintas voces.

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La primera es la de mi madre mientras divisábamos desde la carretera los castillos en la lejanía. Aún conservo un abrecartas que me trajeron como regalo de un viaje a Burgos: es la Tizona, que el Campeador ganó en buena lid al rey Búcar de Marruecos ante las murallas de Valencia. La otra espada cidiana es la Colada, que Ramón Berenguer, conde de Barcelona, perdió en combate con Rodrigo Díaz y que el héroe castellano regaló a Martín Antolínez. También me trajeron una pequeña réplica del cofre del Cid, donde nuestro héroe empeñó lo más valioso que un hombre tiene: su palabra.

En los versos del Cid resuenan las voces de Emilio y de Julián, mis dos profesores de literatura de la secundaria. A través de sus voces, aquellos personajes cobraban vida. Ahí están los amigos del Cid, que lo dejan todo por seguirlo al destierro: “çiento quinze cavalleros/ todos juntados son” y un compañero como Álvar Fáñez, “Minaya”, cuyo nombre combina el castellano y el vascuence. Para que luego digan que el País Vasco no es España.

Y el Cantar lleva el eco de la voz de Isabel, una profesora universitaria que es capaz de desvelar el tesoro del español abriendo la puerta de un fonema, un verso, una frase. Gracias a ella, a Mª Dolores, a Amalia y a otras extraordinarias docentes, el Cid cobraba nueva vida y nueva fuerza. Heredaba tradiciones de Grecia y de Roma, de la épica europea y de la literatura árabe. Era el par de Roldán y de los jinetes que partieron con el príncipe Igor a la guerra contra los polovianos. La universalidad y la grandeza de la literatura española se desplegaba ante nuestros ojos mientras ellas iban enlazando las referencias, las diferencias, las resonancias entre temas, personajes y mitos. No en vano decía Rodríguez Adrados que, desde los griegos, se llega a todas partes.

El Cid parte al destierro dejando a su familia en los brazos de la Iglesia y su esposa lo despide con una oración al Todopoderoso. Emprende un viaje de destino incierto. Se va a la guerra y a la aventura. Abandona su tierra para no abandonar sus principios. Desde que Abrán salió de Ur de Caldea, el viaje es un símbolo de nuestra vida y su transformación profunda. El patriarca pasa a ser Abrahán cuando el Creador le da un nuevo nombre y lo constituye “padre de muchedumbre de pueblos”. Ulises regresa a Ítaca y sólo lo reconoce su perro ciego. Jenofonte y sus compañeros de armas avistan el mar y corren hacia él gritando alborozados – “¡thalassa, thalassa!” ¡el mar, el mar! – porque saben que, para un pueblo navegante, las aguas no son una barrera, sino un puente. Eneas huye de su patria cargando con su anciano padre a las espaldas. Roldán se retira a través de los Pirineos y sufre una emboscada. El Cid se pone en marcha y conquista un reino para un rey ingrato.

Recordando la Glosas Emilianenses, Dámaso Alonso observaba que “el primer vagido de la lengua española es, pues, una oración” y añadía “Y no puede ser azar, no. O, si acaso lo es, dejadme esta emoción que me llena al pensar que las primeras palabras enhebradas en sentido, que puedo leer en mi lengua española, sean una oración temblorosa y humilde. El César bien dijo que el español era lengua para hablar con Dios. El primer vagido del español es extraordinario, entre los de sus hermanas. No se dirige a la tierra: con Dios habla, y no con los hombres”. También en el Cantar respira esa Cristiandad europea que dio al continente una unidad cultural más allá de las fronteras y que, en España, revistió rasgos originalísimos. Desde la influencia de la épica árabe hasta las jarchas, esta tierra de frontera se enriquece con una diversidad que no la aleja de Europa, sino que la abre al mundo.

Al Cid lo consuelan ángeles. Rezan por él los burgaleses y las burgalesas. Es generoso con los amigos -ahí está el rey moro Abengalbón, señor de Molina de Aragón- y clemente con los enemigos. Es valiente y audaz. Es un caballero. En un tiempo en que todo parece líquido y fugaz, el Cid nos enseña que hay cosas que permanecen y están firmes: la fidelidad y el amor, la palabra empeñada, la amistad de unos pocos. Rodrigo Díaz puede matar y perdona, puede robar y reparte, puede traicionar y es leal. Confía en Dios y confía en sí mismo. Gente así era la que levantó las catedrales de Europa.

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