Una de Memoria Histórica: Melilla le debe la vida a Franco

Es innegable que Franco fue el personaje histórico más importante en la España del siglo XX. Con sus sombras -innegables-, pero también con sus luces. Entre ellas, el papel que jugó para salvar Melilla, tras el Desastre de Annual, cuando era un comandante de 29 años. Casi cien años después, algunos se amparan en la Memoria Histórica para discutir los hechos.

Para unos fue un dictador y un represor; para otros, un traidor a la República que juró defender; otros sostienen que fue un Mussolini nacional-católico; otros lo ven como el hombre que libró a España del estalinismo (ganando la Guerra Civil) y del nazismo (evitando entrar al lado del Eje en la Segunda Guerra Mundial); muchos otros no tienen más remedio que reconocer que la Transición es hija del franquismo, ya que la democracia hubiera sido imposible sin el desarrollo modernizador, económico y social, que supusieron los cuarenta años, como explica el hispanista Stanley G. Payne.

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Pero es preciso distinguir hechos de opiniones. Es un hecho, por ejemplo, que nombró sucesor de la Jefatura de Estado a Don Juan Carlos, pieza clave de la Transición a la democracia; es un hecho que no se plegó a los deseos de Hitler en la entrevista de Hendaya; y es un hecho, que cuando aún era un joven comandante, de sólo 29 años, Francisco Franco (junto con Millán Astray y Sanjurjo) contribuyó a librar a la ciudad de Melilla de caer en manos de los rifeños y de sufrir una escabechina, tras el Desastre de Annual de 1921.

Algunos tratan de discutir a estas alturas este hecho, retirando la estatua que la ciudad erigió a Franco, metiéndolo en el mismo saco de la Ley de Memoria Histórica, un acontecimiento que uno: nada tiene que ver con la Guerra Civil ni con el Régimen franquista; y dos: fue beneficioso para Melilla, a menos que el abogado Eduardo Ranz, promotor de la iniciativa, crea que ser ocupada por una horda que había pasado por la piedra a más de 10.000 españoles en menos de diez días es una acción loable.

Ranz es uno de los motivados -como Baltasar Garzón, el juez prevaricador- que se han calzado el disfraz de Batman para impartir justicia con 80 años de retraso y dividir a los españoles, no dándose por enterados de que hubo una Transición a la democracia y que los ciudadanos decidieron pasar página y superar cainismos y resentimientos. Pero ellos, como el jovencito Zapatero, parecían más en su salsa removiendo tumbas y fosas, y dándole al pico y a la pala.

La memoria es lo que tiene: tiende a ser selectiva. Garzón, por ejemplo, se acordaba sólo de las fosas del bando franquista, pero le venía el Alzheimer en cuanto le mentaban Paracuellos. De hecho archivó una querella al respecto, alegando que esa matanza había prescrito.

Y Ranz, el empecinado, parece olvidar que Melilla tiene razones para estar agradecida a Franco.

No es para menos. Tras la sublevación del cabecilla rifeño Abd El Krim, y la toma de Igueriben, en julio de 1921, las 135 posiciones de la Comandancia de Melilla cayeron como un castillo de naipes. Y en lugar de una retirada ordenada, la evacuación de Annual se convirtió en una alocada carrera, de la que se aprovecharon los moros para masacrar a los españoles.

Y es que nuestros soldados no eran los Tercios de Flandes precisamente. Mal armados, calzados con alpargatas, no tenían experiencia en combate, pues muchos procedían de las oficinas de Melilla, y manejaban mejor la estilográfica que el fusil con la bayoneta calada.

El Desastre puso a Melilla en jaque. Tras la hecatombe, sólo hay 1.800 hombres para defender la ciudad, que empieza a ser hostigada por las fuerzas de Abd El Krim desde el monte Gurugú. Cunde el pánico entre la población (unos 10.000 habitantes), que pasan noches angustiosas, esperando la acometida final de los rifeños.

Y es entonces cuando llegan, por mar, tropas que se trasladan desde Ceuta, singularmente los Regulares y el recién fundado Tercio de Extranjeros (la Legión), a fin de reforzar las defensas de Melilla.

Una de las unidades legionarias, la I Bandera, mandada a la sazón por el comandante Franco, será decisiva y protagonizará una insólita gesta, al recorrer 100 kilómetros a pie en treinta horas, para trasladarse desde Rokba el Gozal hasta El Fondak, y de ahí a Ceuta donde embarcarán rumbo a Melilla.

Habían recibido una orden telefónica del teniente coronel Millán Astray e inmediatamente levantaron el campo camino de El Fondak. En Tetuán se enteraron de la razón: había que socorrer Melilla. “Ha llegado la hora de los legionarios” les arenga Millán Astray, y añade: “Quizás en esta empresa tengamos todos que morir. ¡Legionarios!: si hay alguno que no quiera venir con nosotros que salga de filas, queda licenciado ahora mismo… ¡legionarios!: ¿Juráis todos morir si es preciso en socorro de Melilla? ¡Sí, juramos!”.

Desembarcan los legionarios y otras fuerzas, como los Regulares o el Regimiento de la Corona. Desfilan por la ciudad, al son de marchas militares, y toman posiciones en vanguardia. Melilla está salvada, y comienza entonces la lenta reconquista de un territorio que había caído en manos rifeñas en cuestión de días. Los restos del Ejército perdido irán emergiendo, en los meses siguientes, como espectros mudos de la tragedia: Nador, Zeluán, Monte-Arruit, Dar Drius…

Han pasado casi cien años de aquel episodio en el que se entremezclan graves errores del mando y actos de cobardía, pero también gestos de heroísmo, como la carga del Regimiento de caballería de Alcántara, al mando del teniente coronel Primo de Rivera, para cubrir la retirada de Annual; o la “maratón” de los legionarios de El Fondak.

Nuevos Filípides que, a diferencia del soldado griego del siglo V a.C., no recorrieron una larga distancia para anunciar una victoria, sino para evitar una masacre.

 

por Alfonso Basallo.

Periodista y escritor. Doctor en Comunicación, ha trabajado, entre otros medios, en El Mundo e Intereconomía, ha dirigido el semanario Época; y fundado y dirigido el diario digital Actuall.com. Ha publicado varios libros sobre historia, terrorismo y cine. Coautor junto con su mujer, Teresa Díez, de dos bestseller sobre el matrimonio: Pijama para dos y Manzana para dos.