Roma y la nada

Hace poco más de medio año entrevisté a Mario Hernández Sánchez-Barba, historiador y catedrático. Ante mi pregunta sobre qué era Occidente, me respondió: “Es Roma y la nada”. Hoy, reflexiono sobre esas palabras.

Reconozco que aquella entrevista fue de esas que te dejan huella. Un joven entrevistador que se da de bruces con una mente prodigiosa de una vastísima cultura. No sacarle jugo no hubiera tenido perdón de Dios. Don Mario es doctor en Filosofía y Letras y licenciado en Derecho y uno de los mejores hispanistas de la historia moderna. Actualmente se desempeña en la Universidad Francisco de Vitoria.

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Es un hombre de otros tiempos, de los que escriben lo que posteriormente será una extensa obra en fichas de apenas 20 líneas como las que se usaban en los colegios para hacer los resúmenes de los libros. “Mi hijo me ha convencido para que escriba la historia de Inglaterra”, me decía mientras ordenaba sus apuntes a mano. En ese momento uno se da cuenta de lo que producían antes las escuelas -él- y lo que ahora producen -yo y otros tantos jóvenes-. Para que digan que la Educación ahora es mejor que antes. Permítanme que me ría.

Esas cuatro palabras, “Roma y la nada”, me han dado mucho que pensar desde entonces porque el legado del imperio romano y su influencia decisiva en conformar lo que fue España tras su caída es innegable, aunque algunos se empeñen en señalar hoy la presencia del Islam en nuestra tierra como algo de mayor importancia. España continuó el legado romano y se fundó en su etapa moderna contra la religión de Mahoma, dos aspectos muy diferentes.

Esto es lo que Roma significa en nuestra historia.

La creación y unidad de España como ente político. La conquista de lo que antaño se llamaba Hispania se produce entre el 218 a.C. con el desembarco en Ampurias en la actual Gerona y se cierra en el 19 a.C. con el fin de las guerras cántabras, tras décadas de empecinados combates en el norte de la península donde los celtas cobraron cara su derrota. Una vez consumadas estas batallas, Hispania se convierte en un ente unitario y se anexiona al resto del imperio romano. España -o Hispania- existe, por lo tanto, desde antes del nacimiento de Jesucristo asociada a la península Ibérica. Esta concepción incluía al actual Portugal.

Primeras delimitaciones administrativas. Hispania Ulterior Baetica, Hispania Citerior Tarraconensis e Hispania Ulterior Lusitania fueron las primeras zonas en las que se dividió el territorio para su correcta administración, aunque con el tiempo sufrirían ciertos cambios pasando a conformar, bajo el Gobierno del emperador Diocleciano, Gallaecia, Tarraconensis, Carthaginensis, Lusitania y Baetica. Se mantendría siempre la unidad. Cabe constatar que algunas de las que hoy se pretenden autodenominar como “provincias históricas” no existían como tal sino que estaban incluidas, por ejemplo, en Tarraconensis como es el caso de las provincias vascongadas. ¿Dónde se supone que está el límite en el pasado para remontarse a un romántico origen?

Derecho romano. Nuestro actual ordenamiento jurídico, y por consecuencia el de Occidente y el de gran parte del orbe, está basado en el Derecho romano. Este se divide en derecho público y derecho privado. Ramas actuales como el derecho penal, tributario o administrativo ya existían unos 700 años antes de Cristo. Unas bases jurídicas que en no pocas ocasiones han sido y son violadas por intereses políticos, económicos o personales. Un claro ejemplo de rabiosa actualidad es la Ley de Violencia de Género donde el principio de igualdad jurídica entre sexos y de presunción de inocencia son violados sistemáticamente.

Sentido de pertenencia y de imperio. La península Ibérica estaba poblada de diversos pueblos y tribus donde no existía el principio de solidaridad ni de pertenencia a un ente común. La llegada de los romanos dota a todo el territorio de una unidad geográfica, cultural y política. Desde ese momento, Hispania se incorpora como igual al resto del imperio, tanto es así que hasta tres emperadores romanos salieron del vientre hispano: Adriano, Trajano y Teodosio. Bajo el gobierno del primero, apenas 140 años después de la conquista total de la península (125 a.C.), se consiguió la máxima expansión territorial de su historia. Una muestra de que compartir un mismo destino no estaba reñido con proceder en exclusiva de un territorio. Esta forma de proceder con los territorios anexionados se repitió bajo el imperio español, último imperio de corte clásico en el que se aportaba civilización, no control y explotación económica en exclusiva como instauraron los británicos y como se entiende ahora el concepto de ‘imperio’. En las Leyes de Burgos de 1512 firmadas por Fernando el Católico se hablaba de los “Reinos de Ultramar”, “de aquellos y estos Reinos”, dando a la América española idéntica calidad, jerarquía, cultura y personalidad que los reinos de Castilla y de Aragón. El término ‘colonia’ apareció 200 años después con la influencia francesa, nunca antes.

Avance técnico y arquitectónico. Las construcciones colosales, las calzadas que atravesaban toda Europa como las venas el cuerpo humano, los puentes, los acueductos, las murallas, el arco, la bóveda y la cúpula… son solo un pequeño pero glorioso ejemplo de lo que supuso el dominio romano. Nuevamente, los españoles replicarían este modelo en América con la construcción de ciudades, caminos, universidades… las primeras del continente y que aún siguen en pie.

Arte y escultura. En este campo los avances son también notorios. El exquisito trato a materiales como el bronce o el mármol fue tal que aún perduran en nuestros días muestras de ello más de 2.000 años después. En cuanto a la pintura, se importaron los frescos y los mosaicos, muchos de ellos todavía se siguen descubriendo en ciudades de Andalucía y de la meseta.

Una lengua madre. El latín se imponía en las tierras conquistadas. La unidad política de Hispania no hubiera sido posible si no se hubiera llevado a cabo a la par que una unidad cultural e idiomática. De su versión vulgar surgieron las lenguas hoy conocidas como romances: el portugués, catalán, provenzal, francés, sardo, italiano, romanche, rumano y el español. Bajo el imperio español se reprodujo este modelo y se impuso el español como lengua común, aunque no dejó de nutrirse de palabras de idiomas precolombinos. El español sirvió de puente a ciertas palabras para hacerlas de ámbito universal como ‘chocolate’.

La religión cristiana. En el año 380, Teodosio el Grande proclamó el cristianismo como la única religión oficial del imperio romano. Hispania así la adoptó y se convirtió, siglos después, en la encargada de retomar el testigo evangelizando a la mitad del orbe. Esta decisión de Teodosio sirvió también para cohesionar aún más los territorios. A la unidad política, cultural e idiomática se le añadía la unidad religiosa. Hecho nada baladí pues la legitimidad posterior de los reyes vino dada por la legitimidad religiosa. Este hecho se vio claramente en personajes como Alfonso VII quien, el 26 de mayo de 1135, fue coronado como Imperator totius Hispaniae (Emperador de España) en León, cuna del parlamentarismo reconocida por la UNESCO. En su coronación como emperador hispano recibió homenaje de, entre otros, Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. La unidad actual se da entonces, cuando los demás reyes y representantes de los reinos y tierras de España reconocen a Alfonso VII como ‘rey de reyes’. Hasta tal punto fue este hecho decisivo en la configuración de España que la conquista de América se hizo siempre bajo un pretexto religioso, nunca político o económico. El peso de la religión y de la igualdad entre los hombres fue tal que hasta Carlos I de España y V de Alemania llegó a plantearse la posibilidad de abandonar la empresa si se demostraba que esta estaba enfrentada con la fe. Es el primer y único caso del que existe constancia en el que un emperador basa toda su legitimidad en cuestiones morales y religiosas.

Acabo con unas palabras al respecto de uno de los mayores genios que ha dado nuestro país, don Marcelino Menéndez-Pelayo. Fíjense en lo proféticas que fueron: “España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas. A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea”.

¿Delenda est Hispania? En nuestras manos está evitarlo.