Por qué la izquierda odia la Historia

Que Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, exija al actual Rey de España que pida perdón al pueblo mejicano, en nombre de la Corona de España, por el descubrimiento de América, como si tal acontecimiento hubiera sido una catástrofe que en realidad nunca fue, o que Carmen Calvo Poyato, actual vicepresidenta y ministra de la Presidencia del Gobierno, pida a un historiador que certifique que la hazaña de Magallanes y Elcano no fue española, a pesar de que sí lo que fue, son signos recientes de la compulsión de la izquierda por reinventar el pasado.  

Pero ¿por qué la izquierda ha hecho del revisionismo histórico una de sus principales doctrinas? ¿Por qué tanto empeño en refutar incluso hitos que son irrefutables? ¿A qué se debe esta compulsión casi enfermiza de reinventar la historia?

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Se suele dar por sentado que son los vencedores quienes escriben la historia, porque, una vez alcanzada cierta posición de poder, necesitan legitimarse para que su victoria no se perciba como una imposición, sino como el resultado lógico de la superioridad de sus ideas, de su cultura, de su esencia. El vencedor necesita que la historia esté de su lado. O más certeramente, que la Historia y él sean lo mismo para así prevalecer.

Pero, en realidad, todas las victorias son efímeras. La historia nunca deja de fluir, por más que Fukuyama se empeñara en lo contrario. Una victoria es solo un hito, un suceso coyuntural. La contienda nunca cesa. Por eso, el aserto anterior, de que son los vencedores los que escriben la historia, rara vez suele cumplirse de manera indefinida, ni siquiera se sostiene durante un periodo demasiado prolongado. La vigencia del relato que surge de una victoria tiene los días contados desde el mismo momento en que se establece la paz. Quienes de verdad escriben la historia son los que aspiran a vencer.

En efecto, los que aspiran a vencer saben que no hay mejor arma que la reescritura de los hechos, de los sucesos, de los hitos sobre los que se asientan las convenciones del presente y también las creencias populares, aunque estas últimas suelen ser más resistentes. No en vano reescribir el pasado implica reconstruir la identidad, bien sea la de una civilización, bien la de una comunidad nacional, bien la del propio sujeto. Así, para vencer, lo más eficaz es arrancar de raíz las convenciones que conforman esa identidad. Esto es, reescribir la historia.

Siendo honestos, debemos reconocer que la historia cambia por sí misma, sin necesidad de mala fe. Los historiadores nunca dejan de investigar, de profundizar y perfeccionar su conocimiento del pasado y, quieran o no, han de afrontar constantemente nuevos hallazgos.

Así, la historia que se estudiaba hace cien años no es la misma que se estudia hoy. Un mismo hito alcanza dimensiones diferentes según se adquieren nuevos datos y conocimientos. Y la perspectiva de un hecho histórico cambia con el tiempo, lo que suele dar lugar a nuevas interpretaciones en lo que se conoce como la “paradoja del historiador”. Pero todo esto son cuestiones menores en comparación con reescritura de la historia que impone la izquierda.

Los viejos y los nuevos historiadores, a pesar del salto generacional, solían compartir, en lo fundamental, el mismo hilo conductor. No era habitual que se produjeran rupturas radicales, salvo en asuntos puntuales. Así, podía interpretarse como se quisiera, pero que los españoles descubrieron América o que la hazaña de Magallanes y Elcano es española eran convenciones pétreamente establecida por los hechos, no por una interpretación interesada. Luego, unos considerarían los hitos como gestas heroicas, y otros no. Pero esto último serían interpretaciones, y ahí la Historia como disciplina tiene poco que ver.

Sin embargo, en un momento determinado, ese hilo conductor que mantenía unidos a los viejos y nuevos historiadores, a las viejas y nuevas generaciones, se quebró. Y con él, desapareció una de las principales cualidades de nuestra sociedad: la aceptación crítica del pasado. En adelante, la sociedad se construiría partiendo de cero, sin aprovechar la experiencia histórica, incluso, renegando de ella, una suerte de adanismo que marca el mundo actual. Esta ruptura no fue casual, sino consecuencia de un largo proceso de subversión.

Pese a todo, nos guste o no, lo que somos en el presente tiene su origen en el pasado. Así, como defendía Friedrich Hayek o Hannah Arendt, quien nace lo hace en un “mundo viejo”, es decir, en un mundo preexistente. No importa si una sucesión de generaciones acabó estableciendo determinadas convenciones de forma premeditada o mediante procesos aleatorios de prueba y error. Lo relevante es que, si estamos aquí, es gracias al devenir, es decir, porque “lo viejo” progresó adecuadamente.

Que en la actualidad la esperanza de vida sea el doble que hace poco más de un siglo es un logro de la forma de progresar del “mundo viejo”. Lo mismo cabe decir de la disminución de la pobreza, el hambre, las guerras, las enfermedades y otras calamidades. Luego, podemos deducir que ese “mundo viejo” no lo hizo tan mal. Evidentemente, no ha sido un camino de rosas: la vida muchas veces no es bella ni buena. Pero, pese a sucesos luctuosos, como las grandes guerras, los genocidios o los totalitarismos, que el mundo es mucho mejor hoy es un hecho irrebatible.

Lo cierto es que la larga cadena de los acontecimientos históricos empuja a la izquierda a la marginalidad de manera irremisible. De hecho, si solo dependiera del análisis racional, los izquierdistas tendrían que asumir una derrota total que, en su caso, no sería puntual, sino definitiva, permanente. Lamentablemente la memoria colectiva es muy inconsistente y, en ocasiones, poco o nada racional. Esta circunstancia es lo que permite a la izquierda no solo resistir, sino optar a la victoria final reescribiendo el pasado, eliminando las convenciones del presente y dotando a los sujetos de una nueva identidad.

En su caso, no se trata de matizar y perfeccionar el conocimiento de los hechos, como hacen los historiadores honestos. Se trata de reescribir la historia por completo, de establecer la creencia de que nada sucedió como nos lo han contado. Que, desde que el hombre inventó la rueda, la humanidad se echó a rodar por el camino equivocado.

Que el pasado sea percibido como un error, un inmenso error, es lo que permite a la izquierda proyectar visiones apocalípticas del futuro, como el cambio climático antropocéntrico, con el que se vaticina el fin del mundo. Una profecía que, claro está, se sitúa lo suficientemente alejada del presente como para que resulte imposible certificarla. Pero que, sin embargo, solo podrá prevenirse si renegamos del “mundo viejo” desde hoy.

Así pues, para evitar el Apocalipsis, debemos romper con la historia y pedir perdón por el pasado. De esta forma, la izquierda que aspira a vencer habrá vencido.