¿Nada que celebrar?

El despliegue hispano sólo se realizó gracias a las alianzas con una serie de pueblos enfrentados a sus opresores.

Como viene siendo habitual, una parte importante de la autodenominada izquierda estatal, evitamos el adjetivo nacional para no herir susceptibilidades plurinacionales, se ha mantenido al margen de las conmemoraciones del 12 de octubre, fecha que, desde 1987, es oficialmente Fiesta Nacional de España. Los motivos que llevaron al PSOE de entonces, precedente del que ahora -Iglesias dixit- cogobierna con Ahora Podemos, para marcar en rojo esa jornada, fueron los siguientes: «La fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos.»

Aunque es evidente que el día feriado apunta a la fecha en que Colón tocó unas costas que creyó pertenecientes a Las Indias, la fiesta, al menos en España, vocablo que en su día Iglesias dijo no poder pronunciar, tiene un carácter nacional, y es sin duda esa tonalidad, junto a otras, la que produce el común rechazo de la grey podemita y del resto del espectro hispanófobo, partitocrático y sociológico, patrio. Al cabo, desde la particular perspectiva de ese heterogéneo colectivo, España, a la que simultáneamente niegan y combaten desde sus mismas instituciones, sería la responsable de varios genocidios. El primero de ellos, el vinculado al viaje de Colón, abrió la puerta a un genocidio que exterminio pueblos y culturas, por más que esta última idea no existiera en el siglo XVI tal y como hoy se entiende. Desde estas coordenadas ideológicas, los españoles que pisaron el Nuevo Mundo, lo hicieron con la codicia como única meta y la violencia como modo exclusivo. Y si la espada dejó un rastro sangriento que permitió el expolio, una forma similar, la de la cruz, impuso un tiempo de sombras y oscurantismo. La solución, como en tantas otras ocasiones, que así reza el prontuario del papanatas europeísta al que ya caracterizó Unamuno, vino de esa Europa en el que los secesionistas encuentran la coartada para evadirse de esa cárcel de pueblos llamada España, exterminadora, en este caso, de las culturas ibéricas. Europa, así entendida, por más que en ella han estado integrados los imperios depredadores inglés y holandés, sería la irradiadora de la razón ilustrada, aquella que permitió arrumbar las cruces hispanas y liberar pueblos gracias a las acciones de los próceres ilustrados, capaces de liderar a sus pueblos y de cortar la relación con una España convertida, como si de un cuento infantil se tratara, en madrastra. Asumidas esas tesis, morosamente presentadas, es evidente que no hay nada que celebrar en octubre. Antes al contrario, procede dedicar la duodécima jornada del mes a rigurosos ejercicios de contrición.

Sin embargo, esta interpretación de lo ocurrido entre 1492 y las primeras décadas del siglo XIX, es muy grosera. Entre otras razones, porque no ha de olvidarse que el célebre «Nada que celebrar» viene acompañado de lemas que aluden a la resistencia indígena. Y es esta última apelación la que nos obliga a analizar las abstracciones que lleva aparejada. Acaso la más evidente es la que sitúa en el centro de la escena resistente al indio, un sujeto tan inexistente como idealizado, tan arcádico, que sólo resulta asumible para mentalidades infantiles capaces de creer en el mito del buen salvaje. Acaso sea esa la razón por la que los refractarios al 12 de octubre prefieren hablar de unos pueblos sobre los que se proyecta una visión igualmente beatífica. Sin embargo, los restos de esa pluralidad, que sería más frondosa a finales del siglo XV, nos remiten a una realidad histórica mucho más compleja y violenta que la que responde a la visión idílica y armonista comúnmente manejada entre los defensores de los pueblos primigenios. Como las crónicas y el escaso número de españoles que participaron en ella demuestran, la conquista no pudo ser posible sin el factor indígena, que halló en los barbudos una posibilidad de sacudirse yugos como el mexica. El despliegue hispano sólo se realizó gracias a las alianzas con una serie de pueblos, por ejemplo el tlaxcalteca, enfrentados a sus opresores, en este caso el mexica. Para decirlo de otro modo, polémico, sin duda: la llegada de los cristianos supuso una oportunidad de liberación. Cortés fue un libertador.

En cuanto a la mortandad, fue en la estela de esa conquista, la primera de escala continental, en la que irrumpió el verdadero agente que causó estragos entre los naturales. Conviene aclarar que tanto entre los aliados como entre los enemigos, pues la adscripción al bando hispano no otorgó inmunidad bacteriológica alguna. Fueron las enfermedades, incontrolables tanto durante la conquistas como durante el virreinato, las que diezmaron la población nativa, cuya pureza racial, sea eso lo que fuere, quedó también alterada gracias a un mestizaje incompatible con la idea de exterminio o genocidio.

Hechas estas consideraciones, el 12 de octubre ofrece la oportunidad de ahondar en la compleja realidad en la que intervino España, y las transformaciones impulsó bajo el canon escolástico al que respondieron las Leyes de Indias, que en ningún momento cuestionaron la humanidad de los indios. Un cuerpo legal que contemplaba, como fin último, la construcción de unas sociedades civilizadas homologables a la de referencia, a la metrópoli que tanto decepcionó a fray Servando cuando pisó Madrid procedente de la Nueva España. Aquel objetivo, con sus imperfecciones, se alcanzó gracias a las estructuras virreinales, que no coloniales, que posibilitaron la configuración de una serie de repúblicas en las que residen poblaciones indígenas tratadas de un modo paternalista por sus pretendidos salvadores. Esos que ignoran que si tales pueblos alcanzaran la soberanía política, desdibujarían las actuales fronteras nacionales, y harían las delicias, a través del clásico divide et impera, de aquellas potencias que en su día exterminaron o confinaron a otros pueblos ancestrales.