La terapia del exilio

La Zambrano por su parte no le perdonaba al “Innombrable”  que hubiera interrumpido la Historia de España, una Historia de la que, si no ella, el bando por el que tomó partido quería hacer “tabla rasa”.

En mis años de vida fuera de España fue mucho, como ya he explicado alguna vez, lo que aprendí de españoles del exilio, pero lo más importante fue la conclusión a la que llegué de que el exilio puede ser una terapia.  La mayoría de esas personas, todas, en realidad, eran “personas mayores” a las que nunca me pasó por la cabeza contradecir, por peregrinas que se me antojaran algunas de sus afirmaciones. Fui así testigo de muchas contradicciones entre gentes que compartían una misma suerte y de algunas de estas consigo mismas.  Concretamente coincidí en una visita a María Zambrano a la que el poeta Valente trajo a don Pablo de Azcárate y yo a una joven pareja sevillana, alumnos los dos del inquieto profesor García Calvo. Para empezar, la Zambrano no le perdonaba a “don Paulino”, como ella le llamaba, su intervención, como hombre de Negrín, en el envío a Moscú del oro del Banco de España.   “Don Paulino”, que en vísperas del Alzamiento vivía en Ginebra como alto funcionario que era de la Sociedad de Naciones, refirió que hubo de viajar a León en las semanas que precedieron al 18 de julio y que por todos los lugares por los que pasó comprobó que reinaba la más absoluta normalidad. Yo me vi en el paraje de decir que en aquellos meses habíamos tenido que irnos a vivir al campo, que mi padre andaba escondiéndose de quienes lo perseguían y que por fin, como otras muchas familias en situación parecida, pudimos refugiarnos en Sevilla, donde nos sorprendió el terremoto a pocos pasos de su epicentro: el cuartel de Soria.  

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A don Pablo de Azcárate, último embajador de la República en Londres, se negó a darle la mano en una recepción del Cuerpo Diplomático nada menos que Winston Churchill, a la vez que le decía por toda explicación: Blood! Blood!  Azcárate había sido condiscípulo de doña Natalia Jiménez, hija de don Manuel Bartolomé Cossío y esposa de don Alberto Jiménez Fraud, que habían logrado escapar a tiempo del Madrid rojo.  Refugiados en Inglaterra, pasaron por momentos difíciles que el propio Azcárate refiere en un libro en el que da cuenta de su paso por la Embajada londinense hasta su sustitución por el duque de Alba.   Lo que cuenta Azcárate no tiene desperdicio, y todo se debía al apartidismo de los Jiménez, complicado con el peculiar comportamiento de su hijo Manolo. Mientras el embajador del Gobierno de Madrid los advertía de la posibilidad de un internamiento, nunca les faltó el apoyo del agente oficioso de la Junta de Burgos, que era además primo de Churchill: el duque de Alba.  Tampoco fueron buenas las relaciones de los Jiménez con Madariaga, entusiasta del Alzamiento hasta que comprobó que, al decir del mismo Azcárate, los presuntos lectores de su libro Anarquía o jerarquía prescindían de sus inestimables servicios.

La Zambrano por su parte no le perdonaba al “Innombrable”  que hubiera interrumpido la Historia de España, una Historia de la que, si no ella, el bando por el que tomó partido quería hacer “tabla rasa”.  Tampoco era demasiado entusiasta de la Institución ni del que fue director de la Residencia de Estudiantes, el mencionado Jiménez Fraud. Vaya por delante que el conocimiento de Jiménez Fraud fue para mí  un don de la Providencia, pero no dejó de extrañarme, cuando le hablé de Julián Marías, que me lo calificara de “basto”. Muchos años habrían de pasar para que yo me explicara, no sé si con acierto, este juicio, y eso fue, muerto ya Marías, cuando leí en él la opinión de que  los hombres de la Institución se habían pasado algo en su visión crítica de la Historia de España. También se quejaba la Zambrano de que Ortega, una vez a salvo en París, dijera haber firmado, con una pistola al pecho, un célebre manifiesto de personalidades de la cultura que  condenaba la rebelión contra el Gobierno de la República, firma que fue ella la encargada de solicitarle como alumna dilecta que era. Otro que con el tiempo lamentó haber firmado ese manifiesto fue Juan Ramón Jiménez cuando recibió la visita de Pemán en Puerto Rico.

Con lo que digo sólo quiero destacar que estas personas egregias, sin abdicar de sus principios ni renegar de sus ideas, y sin perjuicio de lo que discreparan entre ellos mismos en el exilio, daban muestras sobradas de “españolía”, como decía  Ortega cuando se sentía torero, en unos momentos en que ser español era harto conflictivo. El propio Cernuda, a quien no llegué a conocer, y del que tanto se aireó lo de “soy español sin ganas” y su acritud hacia “Sansueña”, nos dejó en sus Variaciones sobre tema mexicano reflexiones que hay que ser muy hombre y muy español para hacérselas.  

Por muchos años que viva nunca podré olvidar  los meses aquellos que precedieron al Alzamiento ni el día en que lo viví en Sevilla ni el júbilo con que oí que la guerra había terminado, pero no creo ser el único de los beneficiarios del triunfo nacional que antes o después se sintiera atraído  por lo que eran y significaban algunos de los caídos y los ausentes del otro bando, sin cuya obra o sin cuya palabra España no estaba completa ni se explicaba del todo. Lo que trato de decir tal vez se entienda mejor echándole un vistazo a los tres gruesos tomos del Epistolario de don Alberto Jiménez Fraud  que el lunes 12 de noviembre se presentó en la Residencia de Estudiantes.