La función tribúnica y los nuevos “Tribuni Plebis” de la política europea

Es sabido que la mayor parte de los humanos anhelamos querer a otros, buscamos también ser queridos y respetados en nuestro entorno. A muchos, además, nos gustaría inundar de felicidad el mayor número de corazones ajenos (como hizo el genial B.B. King con su Lucille durante tantos años) pero también aspiramos a no vivir rodeados de mentiras en una existencia sin certezas. Algunos no deseamos buscar el afecto y el reconocimiento a cualquier precio, bajo un manto de falacias de digestión agradable, para todos los públicos. Se nos atragantarían los besos si vendiésemos el alma a cambio.

La búsqueda de la verdad no debe de ser un pretexto para instalarse en el pesimismo existencial y renunciar a la alegría de vivir. Ni ha de ser una excusa para lastrarles el alma con lodo en estas columnas, como si ustedes fuesen el vertedero de mi bilis, como hacen algunos “comunicadores” en otros sitios, de forma catártica, para ahorrarse el terapeuta. Pero tampoco quiero seguir engañándome -como hice durante años-  ni mentirles como hacen tantos otros adrede y de manera constante. Sin ningún tipo de escrúpulo moral. Sin importarles nada lo que no sea su presente inmediato. Su canonjía.

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Me gustaría poder escribir que nuestro continente es perfecto y que el marco político y social de convivencia multicultural es ideal y sin fallos. Que todas las creencias, culturas y seres de la tierra tienen cabida en este pequeño hogar, y sobre todo, que cada  humano de este planeta es un animal bondadoso, lleno de amor, al que hay que recibir en nuestra casa. También, claro, que ustedes y yo jamás tenemos sombras. Contarles que TODOS somos seres repletos de luz, incapaces de abrigar animosidad alguna y que por tanto podemos vivir sin leyes, como recuerdo borrosamente que creía en mi lejana adolescencia ácrata. Sería bonito vivir en esa falacia, con una venda de color rosa o violeta permanente. Bajo una cruz de madera de fraternidad universal que cobija a algunos iluminados. El problema es que las mentiras se notan y todos nos cansamos, poco a poco, de que nos embauquen con gasas rosas por divinas que sean. Duele, irrita.

Podría redactar un libro que se llamase, El secreto de la Europa de los seres de luz, o hacerme diputado de algún partido buenista y autodenominarme “decente” u “honrado” como hacen algunos, para diferenciarse mediante ese halago hacia sí mismos de aquellos que no militan en sus filas. Mejor aún sería ordenarme sacerdote de alguna de las varias sectas e iglesias que tenemos, o incluso fundar una nueva. Probablemente me forraría si lo hiciese, lo que sinceramente me vendría francamente bien, porque ya sabemos que Poderoso caballero es Don Dinero y «que el dinero hace al hombre»  y quien soy yo para contradecir a Quevedo, o al mismísimo Alceo. Sobre todo cuando uno se percata de que por desgracia llevaban ambos algo de razón (más el castellano que el de Mitilene) por mucho que al Señor de La Torre de Juan Abad y al que escribe estas líneas les moleste y dé rabia que así sea, y que nuestra sociedad sea presa del mercantilismo que algunos sólo critican de cara a la galería, para luego defender lo contrario en privado, de espalda a sus votantes, en el jardín costeado con sus farsas.

Pero, a pesar de que sé lo que debería de hacer para llenarme los bolsillos de cuartos y escudos, he escogido la senda difícil pero inevitable, la de la función tribúnica virtual (que ni siquiera es función tribúnica de primera línea). Lamentablemente me he arrogado esta función, no por afán de protagonismo, ni por vestir la toga de los salvapatrias, ni mucho menos aún por el  mencionado Poderoso caballero, sino porque no hacerlo, siendo consciente de que hay desafíos descomunales y actores políticos que permiten vilezas denunciables, y seguir callado a pesar de todo ello, sería complicidad, mendacidad y en última instancia un delito contra la conciencia. Un relativismo moral egoísta y suicida que me quitaría el sueño, porque como decía Ortega Gasset, un organismo vivo y su medio forman una unidad: «yo soy yo y mi circunstancia, pero si no salvo la circunstancia no me salvo yo». Es decir, salvar lo que nos circunda para salvar lo que somos, nuestro porvenir y el de los que nos sucederán si logramos salvarnos. No queda sino batirnos para no extinguirnos, si quieren que se lo ponga más fácil, ya desasidos de  la filosofía y sus pensadores. Pluma y espada como siempre fue.

En el caso de no poder ejercer la función tribúnica en nombre de aquellos que no tienen la pluma, los estudios o la voz para hacerlo, me sentiría parte del problema y no de la solución.  Ya conocen ustedes el celebérrimo sermón y poema del sacerdote protestante (además de oficial naval de La Gran Guerra) Martin Niemöller, aquel que reza así: «Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista…»  (Hoy tendríamos que actualizarlo y decir cuando los dogmáticos de lo políticamente correcto vinieron a contarnos mentiras en las televisiones y acabar con mi país, guardé silencio, porque yo no tenía televisión ni vivía en mi nación ni en mi continente).  

De la misma manera en Europa están surgiendo muchos partidos políticos diferentes a los convencionales y tienen todos un rasgo en común, a pesar de sus desemejanzas nacionales (analizarlos de forma pormenorizada nos va a llevar otro artículo menos filosófico) todos han venido a cubrir un vacío, han llegado para ejercer también una función tribúnica, o servir a los que han ido perdiendo voz. Son lo que los romanos denominaban Tribunos de la plebe. (Tribunus plebis) y logran escaños para defender a los plebeyos del senado, de los cónsules y de los patricios en general o eso esperamos al menos. Hoy diríamos que están para protegernos de La Casta Devoradora y de los aforados miembros de ese senado inútil que no sirve en España para lo que teóricamente fue diseñado, a pesar de que diste mucho de ser barato. También deberían de servir estos nuevos tribunos para asegurarse de que nuestra Roma siga sin cuartearse en trozos.

Por supuesto eso no les ha salido gratis, porque sus líderes y votantes van siendo tildados de malas personas, de extremistas filonazis (sea verdad o no y la mayor parte de las veces como veremos en un próximo artículo no lo es, ni de lejos, por mucho que se lo repitan sin cesar a todas horas). Quieren darle voz a todos esos europeos que se sienten impotentes y no representados por los partidos tradicionales o por la nuevas izquierdas mundialistas  (que uno hubiese pensado, ingenuamente, que iban a ser ellos precisamente los que tendrían que haber ejercido esa función tribúnica y sin embargo no lo hicieron, porque trocaron a sus conciudadanos por una maraña ideológica que les apartó de los problemas reales de sus compatriotas para mirar al pasado de forma selectiva o apostar por una “gente” in genere, cajón de sastre global que a nadie se refiere y a nadie realmente ayuda). Las nuevas izquierdas populistas se acordaron de la categoría de proletariado, pero no de los individuos que lo componen, o del concepto de clase pero no de las personas que conforman esas categorías weberianas.  El puesto de Tribuno de la plebe estaba desierto, como digo, hasta que han ido surgiendo nuevos partidos que defienden a los europeos de base, ya que aunque nativos la mayoría no son necesariamente patricios y requerían representación para protegerles de la sustitución demográfica, de la inmigración masiva descontrolada, del irrefutable incremento de la inseguridad ciudadana, o de la pérdida de poder adquisitivo por culpa del encarecimiento de la vivienda -por haber dejado entrar inversores foráneos sin freno- o por culpa del abaratamiento de los salarios, gracias a la existencia de una mano de obra sustitutiva más barata, importada por la derecha e izquierda tradicionales para sus fines puntuales en algún momento coyuntural y electoral, para subir el PIB un punto cuando convenía hacerlo o para ir nacionalizando a votantes agradecidos ya subvencionados.

Esos partidos han venido para quedarse porque eran necesarios, a pesar de que no sean tan agradables de escuchar como un disco del bluesman de Mississippi. No han venido a cantar, pero sí a dar voz a los empleados y empresarios que sufragan estados con muchos tentáculos a través de una fuerte carga impositiva que casi nunca revierte en beneficio de los propios ciudadanos europeos que sufragan con sus impuestos todo ese aparato. Una administración que en muchos casos -no todos- beneficia mucho más a los ajenos que en  gran parte no contribuyen nada ni vienen a integrarse en esa sociedad. (No todos, de nuevo, hay algunos inmigrantes que sí se integran perfectamente, independientemente de su color de piel o su lengua nativa, y que nos aportan ética e ilusión y nos alejan de la visión túnel, pero sería falaz decir que son todos, o que es sostenible la situación actual o incluso seguir trayendo más sin frenos ni filtros).  Esos partidos ejercen precisamente la función tribúnica de primera línea y no nos tienen porque gustar todos sus mensajes, ni todos sus miembros, ni sus formas de digestión compleja, ni su realismo no melifluo, pero por desgracia son necesarios porque no vivimos en Wonderland como el pequeño personaje de Lewis Carroll. La mayoría ya hemos pasado la niñez e incluso la adolescencia, exceptuando a unos cuantos políticos Peter-Pan globalizados entre nenúfares y opio que no quieren abandonar El País de nunca jamás. Los demás vamos dándonos cuenta que al haber cambiado el escenario han de cambiar las soluciones. Si la realidad ha sido salvajemente transformada por los que se supone tenían que custodiar nuestros sueños, necesitamos nuevos paladines de inmediato para que la apisonadora de la globalización no desintegre los oleos de Goya.

Las etiquetas izquierdas o derechas son un arcabuz en los tiempos del láser. Puedo discrepar con todos esos partidos de los nuevos tribunos políticamente incorrectos en muchísimas cosas, pero faltaría a la verdad si no dijese que son los únicos ejerciendo esa función tribúnica en nombre de los europeos de a pie de cada uno de sus países. Lo cierto es que han surgido para quedarse porque para que las cosas cambien hay que dar voz a veces a los que tienen el timbre menos dulce, en lugar de a los guitarristas afables.

por Alberto Valenzuela.

Licenciado en Sociología y Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Complutense de Madrid, amplió estudios de Relaciones Internacionales en The University of Birmingham. Obtuvo un Master en Trinity College Dublin y realizó estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha estudiado y trabajado varios años en distintos países europeos.