La batalla por el Día D

Esta semana hemos tenido nuevos ejemplos de la necedad inabarcable que es la ‘memoria histórica’ y de su peligro. Primero, el escándalo porque el Tribunal Supremo, al rechazar la exhumación del general Franco de su tumba en el Valle de los Caídos, lo calificó de jefe de Estado desde el 1 de octubre de 1936. Es decir, Franco no fue Franco hasta dos años y medio más tarde. Pero los legionarios de la verdad histórica no se detienen ya ni en Franco ni en España, sino que pretenden adaptar todo conocimiento histórico a su relato político.

El segundo ejemplo ha sido la reivindicación del papel de Stalin en la derrota de la Alemania nacional-socialista al cumplirse el LXXV aniversario del desembarco en Normandía.

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Me llamó la atención la sincronía que se produjo en Twitter. Nada más enviar la cuenta del periódico El País este tuit, en el que, estilo demagogo, se restaba importancia al Día D, diciendo que la guerra la había perdido Hitler en Stalingrado año y medio antes, los tuiteros de extrema izquierda salieron en tromba para reclamar los laureles de su admirado Stalin, el mayor genocida europeo.

El redactor de la nota se inspiraba en informaciones publicadas en los últimos meses por su periódico en que, como la prensa comunista hasta la caída del Muro, se consideraba la batalla de Stalingrado el punto de inflexión de la guerra.

Cuándo perdió la guerra Alemania

Creer que la derrota del Eje se logró en Stalingrado o que el Día D triunfó porque Hitler estaba durmiendo cuando se produjo el desembarco (excusa que da el inepto general Blumentritt en la película ‘El día más largo’) es erróneo. La victoria aliada fue un proceso en el que todos los factores pesaron. Y entre estos factores están la incapaz del Eje de tener una única estrategia y su carencia de recursos naturales, frente al poderío industrial de EEUU, la hegemonía aliada en los mares y la resistencia rusa.

Me parece que la explicación más acertada es la que me dio el historiador Antony Beevor cuando le entrevisté en septiembre pasado. A mí me pregunta de qué potencia fue la causante de la derrota del Eje, me respondió: “No tengo ninguna duda: el 80% de las bajas alemanas las causó el Ejército Rojo”. 

Pero añadió que fue un ‘trabajo en equipo’: “tanto Stalin como el mariscal Zukov reconocieron q la URSS jamás habría sobrevivido para ganar la guerra sin la ayuda británica y sobre todo de EEUU: acero, comida y en especial 500.000 vehículos militares. (…) los bombardeos británicos de ciudades alemanas forzaron a la Luftwaffe a trasladar la mayoría de sus escuadrones de combate y artillería antiaérea del frente Oriental a la defensa del Reich. Y esto dio la superioridad aérea a la Unión Soviética”.

Hace poco, el historiador Fernando Paz Cristóbal dio su opinión sobre el momento en que se produce el giro en la guerra: la semana de diciembre de 1941 en que el Ejército Rojo y el invierno frenan la ofensiva alemana en las afueras de Moscú, Japón bombardea la base naval de Pearl Harbor y Hitler, sin tener ningún compromiso con su aliado oriental, declara la guerra a Estados Unidos. A partir de entonces, Alemania estaba en guerra con la mayor potencia industrial del mundo, el país más extenso y el imperio más poderoso.

Stalin, aliado fiel de Hitler

Los comunistas, tan pendientes del último muerto de la guerra civil española descubierto en un descampado, se olvidan de que la Segunda Guerra Mundial comienza cuando Hitler forja una alianza militar y política con Stalin que elimina la posibilidad de la guerra en dos frentes. Mediante el pacto nazi-soviético, firmado en el Kremlin, los dos tiranos se repartieron Europa Oriental e hicieron desaparecer a Polonia. Además, los tanques que corrieron por Francia y los aviones que bombardearon Londres tenían en sus depósitos petróleo soviético, ya que la alianza del Reich con la URSS incluyó el suministro de materias primas y alimentos, de las que carecía Alemania.

Para hacer olvidar toda crítica a Stalin, que ya se califica de ‘revisionismo’, los bebés comunistas recurren a los más de 20 millones de muertos civiles y militares que sufrió la URSS en la guerra. Pero la responsabilidad de muchas de esas muertes corresponde a Stalin y su régimen. Así, los civiles quedaron encerrados en Leningrado cuando comenzó el cerco en septiembre de 1941, aunque hubo tiempo para evacuarlos, pero Stalin se negó a ello. En consecuencia, miles de civiles murieron a causa del hambre.

En las operaciones militares, Stalin y sus camaradas mostraron la misma indiferencia por las muertes de sus soldados que la que habían mostrado en los años de paz, cuando morían millones debido a las hambrunas, la colectivización del campo, las purgas… Stalin no dudó en revelar a los alemanes una operación militar secundaria para enmascarar el cerco de Stalingrado, lo que ocasionó la muerte de al menos 100.000 soldados. Por canalladas como éstas, se desangró el pueblo ruso.  

La ‘memoria histórica’ trata de establecer los hechos alternativos en los estudios de historia, en las películas y series de televisión y, por tanto, en las mentes. Los activistas ya están consiguiendo en España que parte de las nuevas generaciones consideren a Franco un genocida y a Stalin un libertador. Lo irresponsable es tomarse a broma estas campañas.