Exhumación de Pedro Sánchez (de Acre)

Pedro Sánchez de Acre pertenecía al mundo eclesiástico, razón por la cual volcó todo su talento en el tratamiento de cuestiones morales y espirituales.

En la primavera del presente año, Atilana Guerrero, doctora en Filosofía, dio a la imprenta un libro titulado, Pedro Sánchez de Acre, un ortodoxo español (Ed. Academia del Hispanismo, Vigo 2018). El evidente guiño a Menéndez Pelayo contenido en tal rótulo, recorre un trabajo que sirve para traer al primer plano al personaje que la protagoniza, pero también al contexto que moldeó su personalidad.

Pedro Sanchez de Acre, del que no se conserva su partida de bautismo, nació, según su propio testimonio, en Toledo en el primer tercio del siglo XVI. Formado en la Universidad de Santa Catalina, se desempeñó como racionero de la Catedral de Toledo y como rector de la casa de locos de Toledo, la Casa del Nuncio, institución pionera en España en la asistencia psiquiátrica, fundada en torno a 1480. Si esta fue su vida pública, sus orígenes nos conducen al mundo judeoconverso. El Acre de su apellido, omitido en las portadas de sus libros, nos lleva a una rica familia de comerciantes, el matrimonio formado por Juan de Acre y Beatriz de San Pedro, del cual nuestro Pedro fue el primogénito. Tal condición no impidió que ascendiera en la escala eclesiástica. Según sostiene doña Atilana, Sánchez fue cura de la parroquia de Santo Tomé, donde se enfrentó al caso de una endemoniada, que se saldó con dos docenas de azotes para la impostora, que pretendía acusar al demonio de sus devaneos con un mancebo.

La escasez de referencias biográficas, sirve a la autora para acometer la reconstrucción de la ciudad imperial en la que se movió Pedro Sánchez, en cuyos días, Felipe II desplazó la capital a Madrid. Dicho movimiento no afectó a Toledo en cuanto a su importancia en el plano religioso, pues se mantuvo como sede primada de España. Aquella duplicidad de capitales hizo visible una realidad: el hecho de que en España, la religión estaba al servicio del Estado, y no al revés. Aquel vaciamiento político, sin embargo, dotó a la ciudad de una atmósfera muy propicia para el desarrollo de obras como las que firmó Sánchez: Árbol de consideración y varia doctrina (1584), Historia moral y philosophica (1590) y Triángulo de las tres virtudes Theologicas, Fe, Esperanza, y Caridad. Y Quadrangulo de las quatro Cardinales, Prudencia, Templanza, Justicia y Fortaleza (1595).

En efecto, en Toledo, Sánchez se formó bajo el magisterio de su preceptor, Alejo Venegas de Busto, autor de la Agonía del tránsito de la muerte, y respiró el mismo ambiente que Alonso de Villegas, de cuya pluma salió el Flos sanctorum; el doctor de linaje judío, Francisco de Pisa, amigo de El Greco y decano de la Facultad de Teología; o del arzobispo e Inquisidor general, Gaspar de Quiroga, que firmó el Árbol de consideración y varia doctrina, e impulsó las reformas derivadas del Concilio de Trento, entre ellas, la publicación de libros en español. Como se puede apreciar, en la ciudad castellana convivían individuos de diversas procedencias, algo que movió a Sánchez, tan elogioso con la Inquisición, a pronunciarse de este modo en relación a la limpieza de sangre: «Y es mengua y poquedad muy grande jactarse de las hazañas de sus pasados, los que hacen ruines obras, y degeneran de sus progenitores» (Historia moral, folio 18 recto).

Sin duda, el capítulo IV, «Pedro Sánchez y el ortograma imperial», es el que, a nuestro juicio, mejor conecta con un título en el que se incluye la palabra «ortodoxo». El manejo de la idea de ortograma imperial, que Guerrero toma de Gustavo Bueno, le permite hacer un recorrido por diferentes hitos librescos. Entre ellos destaca el análisis del Libro de Alexandre, que dejó su impronta en una sociedad, la española, que alcanzó la escala imperial, y que, por ello, necesitaba de referentes pretéritos. Junto a esta obra, Atilana Guerrero repasa otras que incluyen en sus títulos la palabra «espejo». Nos referimos a los Espejos de Príncipes, que preludiaron una literatura patriótica. Si estos libros iban dedicados a la cúspide de la pirámide social y política de su época, otro género, el de las misceláneas, buscaba abrir un recorrido vital al lector más vulgar. Todos estos géneros literarios influyeron en un Pedro Sánchez que, en combate contra el protestantismo, trató siempre de encarecer el valor del trabajo. Con esas influencias y objetivos, es el toledano se ajustó a unos cánones, los del Imperio español o católico, en su doble dimensión político-religiosa. Su producción, debe, pues, insertarse dentro de una corriente que dio lugar al nacimiento del ensayo en español, género que fue posible dentro de una nación histórica llamada España, cuyo alcance desbordó ampliamente sus límites peninsulares. Semejante circunstancia, hizo posible que personajes de origen judío, como Sánchez o Alonso de Cartagena, agudizaran su ingenio para rebelarse contra los elitismos de su época. El vehículo para llevar a cabo tal rebelión, no fue otro que el empleo de la lengua española, «compañera del Imperio», frente al uso del latín. En su Árbol de consideración, Sánchez se pronuncia de manera inequívoca al hablar de «nuestra nación».

Sin embargo, Pedro Sánchez de Acre pertenecía al mundo eclesiástico, razón por la cual volcó todo su talento en el tratamiento de cuestiones morales y espirituales, y en las complejas relaciones, vistas a través del prisma católico, entre los hombres de la Antigüedad y aquellos que nacieron después de Cristo. Ello le llevó a comparar críticamente las ideas y acciones de los filósofos y príncipes antiguos, con los adscritos a la cruz, obligándole a mostrar su deuda con Aristóteles.

El capítulo con el que se cierra el libro, «Discurso de la vida», sirve para exponer el modo en el cual Sánchez trata en relación a la unión de alma y cuerpo. Es allí donde afirma que «hombre es el ánima y el cuerpo unidos y ayuntados: luego gran pérdida es la que hacemos, cuando morimos». Una pérdida que no es otra que la del cuerpo. La muerte es, pues, un trance decisivo tras el cual se abre una inmortalidad, la del alma, que se aposenta eternamente entre el cielo y el infierno. En la teoría de la muerte desarrollada por Sánchez, aparece un inesperado giro epicúreo, e incluso un elogio de la misma. La muerte es «ganancia», pues gracias a ella el finado se aleja de malas compañías, de las que está repleto el mundo. Junto a los ecos epicúreos resuenan otros de que anticipan a Calderón, aquellos en los que sentencia que «esta vida caduca, y sus prosperidades, y bonanzas no son sino sueño, y pasan como entre sueños, según su brevedad». En definitiva, para el racionero catedralicio, «la memoria de la muerte había de ser el reloj de nuestra vida».

En las páginas postreras de su ensayo, Atilana Guerrero halla lo que denomina «philosophia perennis materialista del “desengaño de la vida eterna”». La belleza aportada por la consciencia de que existe un final en el cual, según Pedro Sánchez de Acre, la muerte es un zurrón «en el que no valen más los ricos que los pobres, ni los señores que los vasallos» pues, al cabo,  a todos los viste «de una misma librea de corrupción» (Historia moral, folio 372).