El cambio climático entra en la Leyenda Negra

Desde hace ya mucho tiempo, ser español equivale a cargar con los pecados y los delitos cometidos por los demás. ¿Que el capitalismo es malo? Pues los españoles lo alimentaron con el oro de América y el real de a ocho. ¿Que la viruela se difundió por el mundo? Fueron los españoles los que la llevaron en sus barcos. ¿Que el racionamiento es una vergüenza para los pueblos que lo sufren? Pues en España duró hasta los años 50. ¿Que las cruzadas fueron una conducta islamófoba que ha enajenado a los musulmanes hasta la actualidad contra Occidente? Los fanáticos de los españoles se empeñaron en combatir el islam durante siglos en vez de encontrar una relación fructífera entre ambos.

Da igual que los españoles realizaran la primera campaña de vacunación mundial en la primera década del siglo XIX, que el racionamiento se esté aplicando en Cuba y Venezuela o que la España del Renacimiento fuera más libre, más culta y más próspera que la al-Andalus de Abderramán III. Una vez acusados, no hay derecho a la defensa ni redención ni absolución.

PUBLICIDAD

A la Leyenda Negra se ha incorporado un nuevo crimen contra los españoles: por su avaricia y por el exterminio de docenas de millones de nativos en América, provocaron un cambio climático en el siglo XVII que se llamó ‘la Pequeña Edad de Hielo’.

Unos investigadores de las universidades británicas de Leeds y del College London han publicado en la revista Quaternary Science Reviews un trabajo en el que sostienen que en el siglo posterior a la conquista de América por los españoles éstos mataron, voluntaria o involuntariamente, a 56 millones de nativos.

Las epidemias y la violencia desencadenadas a medida que los españoles y los portugueses (¡aquí no se salva nadie!) se establecían en América causaron la muerte, en solo un siglo, de casi el 90% de la población nativa, calculada en 60 millones de personas. Uno se pregunta de dónde sale esta cifra, porque no había registros parroquiales ni civiles, y la mayoría de los pobladores del continente eran pueblos de cazadores y recolectores, en muchos casos nómadas, y todos ellos con un nivel de vida muy bajo.

Semejante despoblación, prosiguen los autores de la investigación, afectó a las tierras de cultivo, que ocupó el bosque. En cambio, otros historiadores sostienen que el cultivo de cereal y la ganadería intensivos que llevaron los españoles, desde vacas a cabras, convirtió en prados y campos amplias zonas de la Nueva España y de Perú.

Pero no nos distraigamos con hechos molestos. Quien crea que la abundancia de árboles es buena y frena el calentamiento global, se equivoca. Esos nuevos bosques americanos absorbieron de tal manera el dióxido de carbono en la atmósfera que disminuyó el calor ambiental. En 1610 (siempre me asombran estos datos tan exactos), bajó el CO2 en la tierra mucho más que en los océanos. En consecuencia, el siglo XVII, y esto es verdad, fue uno de los que padecieron más hambrunas y temperaturas más bajas de la historia. Lo que implicó también guerras y mortandades en todo el mundo, desde China a Suecia.

El frío y la ‘Pequeña Edad de Hielo’ concluyeron entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, que es cuando comenzaron a retroceder los glaciares de los Pirineos, antes de que a España llegase la Revolución Industrial, con sus chimeneas y su carbón.

Hasta ahora los meteorólogos y los historiadores achacaban los cambios climáticos radicales a la inclinación del eje de la Tierra, las manchas solares y el mayor o menor calor emitido por el Sol, las erupciones volcánicas… Ahora tenemos un nuevo responsable: el conquistador español, que mientras se llenaba el bolsillo con oro estaba enfriando la Tierra.

Aquí tienen los Cotarelo, los Torra, los Otegui y los Roures un nuevo delito para apuntar en el debe de España: el cambio climático.