El árbol de la Noche Triste. Un monumento vegetal

Medio milenio después, el árbol, desnudo de hojas, superviviente a los siglos y a los incendios, apoyado en un muro de tezontle y abrazado por una reja, sobrevive como testigo de una victoria que preludió el fin del Imperio que más caudal sanguíneo ofreció a Huitzilopochtli.

Muerto a causa de la epidemia que asoló la asediada Tenochtitlan, el tlatoani Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, cuenta con una estatua monumental en la Ciudad de México. Su sucesor, Cuauhtémoc, ejecutado en Las Hibueras y protagonista de diversas escenas de tintes románticos, da forma a un bronce desde que, en 1887, en pleno porfiriato, fue situado sobre tres cuerpos piramidales de piedra volcánica y mármol. La leyenda, «A la memoria de Quauhtémoc y de los guerreros que combatieron heroicamente en defensa de su patria», completa el conjunto. A diferencia de los tlatoanis mentados, Moctezuma y Cortés han tenido menos suerte en el espacio público. El primero es considerado un hombre pusilánime que se entregó a los españoles, mientras el segundo sigue revestido por los más burdos ropajes negrolegendarios.

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A pesar de que autores mexicanos como José Vasconcelos o Juan Miralles calificaron a Hernán Cortés como padre o «inventor» de México, ciertos sectores ideológicos siguen confundiendo el Imperio mexica con un México, el actual, heredero del Virreinato implantado después de la conquista encabezada por el iconográficamente desaparecido Cortés. La sinécdoque, siempre apoyada por cierto indigenismo arcádico, favorece una visión histórica de México teñida de esencialismo, similar a la de algunos ambientes patrios que cultivan la idea de la España eterna. En ese contexto, y en consonancia con su papel popular, el del malvado español que irrumpe en la límpida civilización mexica, Cortés sigue confinando escultóricamente en el hospital de Jesús que él mismo fundó y que hoy sigue funcionando. Un busto obra del dieciochesco Manuel Tolsá y una sencilla placa de bronce colocada en un lateral del altar de la iglesia que forma parte del complejo hospitalario, son todos los elementos monumentales que el visitante, tras algunos esfuerzos, puede contemplar en la que fuera capital de la Nueva España. Atrás quedaron algunos intentos laudatorios, como el llevado a cabo en 1982, cuando la estatua que se erigió en Coyoacán hubo de ser retirada ante las airadas protestas del ofendido vulgo.

Si esta es la situación en México, al otro lado del charco, Atahualpa y Moctezuma cuentan desde el reinado de Fernando VI con sendas estatuas en la fachada del Palacio Real de Madrid. Integrados dentro del conjunto de reyes hispanos, su presencia responde a un deseo integrador de aquellos imperios doblegados por Cortés y Pizarro, cuyas gentes quedaron sujetas, en mayor o menor medida, a de las instituciones virreinales.

Pese a la práctica ausencia pública de elementos que remiten a la conquista, la capital mexicana conserva un vestigio relacionado con uno de los episodios más dramáticos de aquellos lejanos días: la Noche Triste, de la que conviene dar una pincelada. Después del regreso de Cortés desde la costa, a la que acudió para neutralizar a Pánfilo de Narváez, el metelinense encontró una ciudad alterada por la matanza del Templo Mayor, ordenada por Alvarado. Con los españoles hostigados en el Palacio de Axayácatl, sin opción de mantenerse por más tiempo, Cortés decidió retirarse, salir de la ciudad aprovechando la noche. Antes de la huida se repartió el tesoro, que para algunos constituyó un verdadero lastre con el que se hundieron en las aguas lacustres. Se calcula que unos siete u ocho mil hombres, entre ellos, mil trescientos españoles y los hijos del fallecido Moctezuma, abandonaron el Palacio, amparados en la oscuridad del 30 de junio de 1520. Al frente de la columna, el capitán Magariño debía ocuparse de que un puente portátil sirviera para cruzar las cortaduras de la calzada de Tlacopan. Según se contó, una mujer, que había salido a buscar agua, dio la voz de alarma. Alertados por sus gritos, los guerreros mexicas se lanzaron sobre los españoles y sus aliados tlaxcaltecas. En el paso de Tecpantzinco, el puente quedó clavado en el fango. Muchos lograron cruzar, sin embargo, la retaguardia, en la que iban Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León, no lo consiguió. Masacrados por los mexicas, los cadáveres de los españoles y los de los indios amigos, colmataron la zanja abierta en la vía. Pisando los cuerpos sin vida de hombres y caballos, muchos soldados pudieron pasar. Alvarado, herido, lo hizo elevándose en un salto prodigioso e hiperbólico.

Cuando Cortés, ya a salvo, tuvo noticia de lo ocurrido a sus espaldas, se le saltaron las lágrimas. Francisco López de Gómara contó de este modo la congoja que atrapó al capitán bajo un frondoso ahuehuete, conocido como el árbol de la Noche Triste: «Cortés a esto se paró, y aun se sentó, y no a descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y que vivos quedaban, y pensar y decir el baque la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro, tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura presente, más temía la venidera, por estar todos heridos, por no saber adónde ir, y por no tener cierta la guardia y amistad en Tlaxcala; y ¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo, pompa y regocijo entrado habían?»

Medio milenio después, el árbol, desnudo de hojas, superviviente a los siglos y a los incendios, apoyado en un muro de tezontle y abrazado por una reja, sobrevive como testigo de una victoria que preludió el fin del Imperio que más caudal sanguíneo ofreció a Huitzilopochtli.