Cortés ante las Cortes

La espada y la cruz se solaparon en el Nuevo Mundo, y no cabe duda de que tal simbiosis constituye uno de los obstáculos insalvables para los sectores más groseramente anticlericales de la sociedad española

El primer documento que recibió el registro del Congreso de los Diputados el pasado lunes fue una Proposición no de Ley en la que se solicitaba al Gobierno la inclusión, dentro de la agenda del Ministerio de Cultura, de la conmemoración del V centenario de la llegada de Hernán Cortés a lo que hoy es México. El impulsor de la iniciativa, impulsada por el grupo parlamentario Ciudadanos, fue Guillermo Díaz Gómez, diputado por Málaga que en su labor parlamentaria se ha distinguido por desmontar las patrañas históricas de las que suelen hacer uso, sin asomo de rubor, los diputados que han accedido al edificio custodiado por los leones –tradicional símbolo hispano- que dan forma al bronce de los cañones incautados en la batalla de Wad-Ras, encuadrados en partidos cuyo fin último es la destrucción de la nación española.

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La propuesta de Díaz suponía la reacción a las manifestaciones del ministro José Guirao, que la semana anterior apenas pudo balbucear un, «es que allí ese tema es complicado», como respuesta a la pregunta por la ausencia de fastos cortesianos en la agenda internacional impulsada por su cartera. Hemos de comenzar por reconocerle a Guirao cierta razón pues, en efecto, Cortés no es en absoluto un tema sencillo. Sin embargo, reconociendo la dificultad a la que se enfrenta el sucesor de Màxim Huerta, cabría esperar de él un mayor desarrollo, una aclaración de cuáles son esas complicaciones que han llevado a total omisión de las conmemoraciones que ahora Díaz pretende promover, si consigue que la comisión de Cultura ponga en marcha un debate y una votación que, de prosperar, obligaría a que el Parlamento instara al Gobierno a activar una serie de actos en recuerdo de lo ocurrido hace quinientos años al otro lado del Atlántico. De salir airosa de tan tortuoso camino, la Proposición permitiría comprobar una vez más hasta qué punto amplios sectores de la partitocracia española acusan una patológica fascinación por los tópicos propios de la leyenda negra, que tiene en Cortés a una de sus figuras más representativas, pues no en vano las acciones que el de Medellín lideró en la primavera de 1519, terminaron por dar lugar a la primera gran expansión continental del Imperio español, categoría esta, la de «imperio», que constituye un verdadero tabú para muchas de la señorías que, ayunas de un filosofía de la Historia capaz de clasificar las diversas especies de imperio, huyen de la pronunciación de la palabra, si no es usada con un tono despectivo. Razones son esas, tal nos parece, las que llevan a Guirao a esquivar unos actos que podrían a desfilar las ideas de genocidio, de prisión de naciones y otros lemas similares que regresan puntualmente cada 12 de octubre en todo el orbe hispano o cada 2 de enero en Granada. Si para muchos, empezando por los socios podemitas de Sánchez, el antaño llamado Día de la Raza, resulta ser una fecha en la que no hay «nada que celebrar», nada de laudatorio podría venir aparejado a la hispánica figura de Hernán Cortés que, cinco años después de la conquista de México, escribía en estos leales términos al Emperador Carlos: «deseando que Vuestra Majestad sea muy cierto de mi limpieza y fidelidad en su real servicio, teniéndolo por principal».

Conscientes del contexto ideológico en el que llega el V centenario, y aunque solo sea por el hecho de que los restos óseos de Cortés se volvieron a localizar en 1946 gracias, entre otros, a las acciones del cortesiófilo socialista monárquico Indalecio Prieto, destacado miembro del exilio español de posguerra para el que sí hay recursos en el Ministerio, nos permitiremos esbozar en esta breve pieza algunos argumentos que pudieran operar a favor de la celebración del olvidado aniversario.

Como suele ocurrir con los hombres cuyas acciones han resultado trascendentes histórica y políticamente, la figura de Cortés fue adoptando los perfiles característicos del mito con el paso del tiempo. El propio conquistador, que manejó con soltura la pluma para dotarse de una coraza legal que otorgara legitimidad a sus acciones, fue el que, por su mano, comenzó a dar las primeras trazas de su personaje en las Cartas de Relación que envió a Carlos I. En ellas, al margen de sus intereses personales, se percibe hasta qué punto sus acciones trataron de trasplantar a la no en vano llamada Nueva España, las instituciones peninsulares, incompatibles con muchas de las que caracterizaban al imperio señoreado por un Moctezuma que cierta historiografía se ha empeñado en presentar como un gobernante pusilánime que oculta la realidad de un hombre que accedió a tan distinguida posición gracias, en gran medida, a su rigor militar.

Más allá de los mitos individualistas y del indiscutible talento, probablemente más diplomático que bélico, de Cortés, tanto él como la compañía que en gran parte lo construyó en las playas veracruzanas, demuestran hasta qué punto la idea de unos bárbaros barbudos llegados a aquel territorio movidos por la codicia, no deja de ser una burda caricatura, pues aquellos hombres, de distinta extracción social, de diferentes linajes y formación, fueron coetáneos de otros a los que el Gobierno ha prestado una tardía atención: los integrantes del viaje de Elcano. Tanto unos como otros manejaban una concepción esférica del mundo, verificada finalmente por el marino de Guetaria, que corrió pareja al desbordamiento peninsular que se topó con el inesperado Nuevo Mundo, una tierra que resultó ser un continente interpuesto ante Las Indias a las que Cortés tuvo intención de llegar. La Instrucción que el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, le dio antes de abandonar la isla, acariciaba la posibilidad del encuentro de un paso que diera acceso al Mar del Sur, es decir, al Pacífico descubierto por Núñez de Balboa. Durante toda su vida, Cortés trató en vano de hallarlo. Todavía en su Quinta Carta de Relación, el conquistador mantenía el anhelo de llevar a cabo su primer plan: «Y si Vuestra Majestad fuere servido de me mandar conceder las mercedes que en cierta capitulación envié a suplicar se me hiciesen cerca deste descubrimiento, yo me ofresco a descubrir por aquí toda la Especería y otras islas si hobiere cerca de Maluco y Melaca y la China…». Aquel permiso nunca llegó y Cortés hubo de conformarse con dar apoyo a otras empresas impulsadas por una Corona, la española, a la cual se le había concedido el Real Patronato de Indias. La concesión, hecha por el Papa Alejandro VI, sirvió para que los monarcas españoles atesoraran, además de su poder político, una gran autoridad sobre los religiosos.

La espada y la cruz se solaparon en el Nuevo Mundo, y no cabe duda de que tal simbiosis constituye uno de los obstáculos insalvables para los sectores más groseramente anticlericales de la sociedad española, incapaz de prescindir del presentismo con el que aborda lo ocurrido hace siglos, razón por la cual no puede concebir exhortaciones como las que Cortés introdujo en las Ordenanzas dictadas en Tlaxcala, que comenzaban por señalar el principal objetivo de sus acciones: «aparatar y desarraigar de las dichas idolatrías a todos los naturales destas partes y reducillos, o al menos desear su salvación, e que sean reducidos al conocimiento de Dios y de su santa fe católica; porque si con otra intención se hiciese la dicha guerra, sería injusta y todo lo que en ella se oviese obnoxio e obligado a restitución». Más allá de la natural visión católica de un hombre nacido en la España de 1485, Cortés, he ahí el tema y el problema, constituye un canon en el que confluyen cualidades personales y modelos previos, que determinaron su comparación con héroes de la Antigüedad como Alejandro que a su vez se miraba en el mítico Aquiles.

Sin embargo, más allá de la ceguedad, por emplear una expresión cortesiana, con la que viven algunos de los frecuentadores del Congreso de los Diputados, fuera de él existe la gente, parte de la cual, cada vez más numerosa, se interesa por un pasado del que somos herederos y que no cabe contemplar con vergüenza, gente como Guillermo Díaz, distinguido miembro de La Escóbula de la Brújula, espacio radiofónico cuyo éxito demuestra que un gran número de compatriotas es capaz de decir España e incluso Cortés.