Carta de España a la Provincia España

El 8 de julio de 2017, Antonio José España Sánchez S. J., fue nombrado Provincial de los jesuitas en España por el venezolano, Arturo Sosa, General de la Compañía de Jesús. España Sánchez sucedía de este modo a Francisco José Ruiz Pérez S. J., que pasó a ser Decano de Teología de la Universidad de Deusto. Pérez, tinerfeño de nación, había accedido a esa dignidad coincidiendo con un cambio trascendental en la Compañía, que el 21 de junio de 2014 integró todas las provincias jesuitas de España en una sola, denominada Provincia de España. La transformación vino determinada, en gran medida, por la creciente falta de vocaciones, que ha reducido a esta organización a un número que apenas supera el millar de integrantes, a los que arropan más de 200 instituciones y miles de colaboradores, necesarios para atender a un más que estimable patrimonio y diversos negocios siempre sujetos a las contingencias terrenales, españolas, en este caso.

Apenas situado en un cargo en el que deberá permanecer durante seis años, España comenzó su labor poco antes del estallido golpista catalanista, acontecimiento que ha hecho brotar de su pluma dos epístolas. La primera de ellas, cauta ante la tensión reinante, se hizo pública el 11 de octubre de 2017. La segunda, Reflexión en clave de Provincia sobre la cuestión territorial y social de Cataluña, que ve la luz en estos días de mesas de partidos y relatores, acusa en su título la previsible omisión de la palabra «España». La ausencia, en absoluto casual dada la taimada redacción que caracteriza a los seguidores del santo de Loyola, es coherente con la perspectiva paulina que incorpora el Provincial en su misiva, dirigida a sus «compañeros jesuitas y –nótese la observancia de la actual perspectiva de género- amigos y amigas en el Señor». En efecto, don Antonio José, que no emplea el término «nación», cita al de Tarso -«Dios nos reconcilió consigo por medio del Mesías y nos encomendó el ministerio de la reconciliación (2 Cor 5, 19)»-, evitando exhibir su posición respecto un conflicto del que no ofrece referencias políticas concretas. Una vaguedad de corte psicologista le sirve para esquivar cualquier compromiso: existe cierto hastío en «buena parte de España, pero la realidad es que este tema nos afecta a todos y no debería percibirse como algo ajeno».

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Sin embargo, pese a la impronta paulina de la circular y a las maniobras elusivas, el problema nacional -territorial, prefiere el clérigo- no es del todo ajeno a los jesuitas españoles, pues como el mismo España confiesa empleando la más pulcra terminología políticamente correcta, la crisis, por más provincial que se pretenda, preocupa a los religiosos y a su influyente entorno, razón por la cual, desde los sucesos golpistas, llevan debatiendo al respecto: «a lo largo del curso pasado hemos desarrollado en la Provincia algunas experiencias de diálogo entre jesuitas, entre laicos, entre laicos y jesuitas… de distintas percepciones y sensibilidades ante la situación de Cataluña. La metodología utilizada nos ha ayudado a abordar estas cuestiones buscando puntos de encuentro y acogiendo la posición del otro». La evidente ruptura social producida en Cataluña queda de nuevo oculta tras un vocablo que sintoniza con el discurso dominante: «sensibilidades».

La solución a tan honda crisis estaría, no obstante, ya prevista en la obra de san Ignacio, pues como España se ocupa de recordarnos, en los ejercicios espirituales diseñados por el santo, se abogaba por «ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquiera cómo la entiende, y, si mal la entiende, corríjale con amor […]». O lo que es lo mismo, los jesuitas apuestan por la vía del diálogo, término que figura hasta en cuatro ocasiones en el documento, junto a otros como los de «pluralidad» o «identidad», incorporados tres veces en la Reflexión, en la que figura esta concepción de «provincia» que tan bien se solapa a la idea de España manejada por la clase política del Estado de las Autonomía: «Como Provincia, hemos de seguir tomando conciencia de la enorme pluralidad histórica, cultural, lingüística e identitaria que tenemos. Eso no debería ser percibido como una amenaza sino como una gran riqueza, y cada uno ha de ser respetado profundamente en lo referente a su identidad o identidades». Una apelación, la identitaria, que ha operado a favor del encapsulamiento eusquérico o catalanista de muchos miembros de la babelizada Compañía. En este, como en otros ámbitos de nuestra vida política y económica, las lenguas se alzan como verdaderas fronteras que, en el caso jesuítico, comprometen seriamente la movilidad de un colectivo menguante. En el pecado particularista lleva la penitencia la Provincia de los jesuitas en España.

Tras este ejercicio de funambulismo, subyace el habitual cálculo de una organización en la cual han militado hombres de trayectorias tan ajustadas a los tiempos como la del padre Llanos, confesor de Franco primero y vecino del Pozo del Tío Raimundo después. Conviene, pues, estar atento a la entrega de nuevas reflexiones, pues no ha de olvidarse que en los lejanos años sesenta, fueron los jesuitas quienes reclamaron iglesias indígenas (sic), que se vieron acompañadas de hachas y serpientes, y que en sus ambientes educativos se fraguaron relevantes personalidades deslumbradas por las culturas españolas, coartada perfecta para la fragua de la actual realidad territorial. Hoy, los efectos distáxicos de aquella ideología posconciliar se hacen evidentes y, por más que el padre España se reafirme en que la misión de su Compañía es «la de crear una sociedad más justa, más fraterna y más evangélica», incluso la integridad de la Provincia, comienza a verse comprometida.