1492: España contra sus fantasmas

España fue capaz de surcar todos los mares y de construir un imperio del que subsiste un legado tan valioso como la lengua española.

A mediados de mayo del presente año, la editorial Ariel publicó el libro Pedro Insua, 1492: España contra sus fantasmas que, meses más tarde, y gracias a su excelente acogida entre el público, ha visto una segunda edición. El ambiente, más allá de la indudable calidad de la obra del vigués, era propicio. Como es bien sabido, cada periodo de crisis de nuestra vida nacional, y la actual lo es, dado el proceso de balcanización al que se quiere someter a la Nación española, ha venido acompañado de la reedición de obras que han alimentado ese género historiográfico conocido como Leyenda negra. Un género que remite, sin necesidad de más aclaraciones, a España, y que tiene como temas principales los que Insua trata en su obra: la expulsión de moros y judíos, la expansión hispana en el Nuevo Mundo y la tenebrosa presencia de la Inquisición. Una institución y tres hitos históricos, marcados por la violencia, anudados por la fecha que figura en una portada teñida por los actuales colores nacionales. Sin embargo, tal es el nuevo panorama en el que se inserta este libro, en la actual coyuntura se han abierto paso, en ocasiones con un éxito inusitado, algunos trabajos que van justamente en la dirección contraria a la determinada por la inercia negrolegendaria.

Y si de Leyenda negra hablamos, nada mejor que recurrir a la imagen de unos fantasmas que se mueven con naturalidad por la lóbrega atmósfera propia de una nación que aspiró a demasiado, y que, aferrada a su ambición imperialista, dejó cadáveres humanos, religiosos y culturales a su paso. Unos fantasmas que exhiben en su propia estructura la inconsistencia que Insua demuestra en un ejercicio profundo y erudito, que se enriquece con una serie de conexiones con el presente, que nos recuerdan que lo más nocivo de la Leyenda negra son su persitencia y su asunción por parte de aquellos contra quienes se fabricó.

El primero de esos fantasmas se oculta bajo unos ropajes exóticos y lleva el nombre de Al-Andalus. Sus sastres son, en su mayoría, extranjeros, y se agrupan bajo etiquetas como las de «viajeros impertinentes» o románticos. Hombres que vinieron a la España decimonónica con diferentes propósitos. Si George Borrow –«Jorgito, el Inglés»- vino para difundir la Biblia protestante, otros como Richard Ford, Gautier o Davillier, acompañado del ilustrador Doré, llegaron para buscar o, por decirlo con la fórmula picassiana, para encontrar una España muy concreta. En pos de un orientalismo cercano, aquellos viajeros filtraron de tal modo su mirada, que descubrieron Al-Andalus bajo los escombros de una España devastada por las guerras de aquel siglo. Un siglo más tarde, el muladí Blas Infante se ocuparía de hacer fraguar los cimientos de un andalucismo que no por casualidad se acoge al verde omeya, y abona el terreno para un revisionismo histórico que apela a la idealizada España de las tres culturas. Frente al mito del Al-Andalus, invocado incluso por Bin Laden, opone Insua toda una batería de argumentos ante los que esa Arcadia musulmana muestra su verdadera faz y su incompatibilidad con la idea España como nación histórica. Nadie mejor que Cervantes, a cuya obra cumbre dedicó Insua su Guerra y paz en “El Quijote” (Encuentro, 2017), para expresar el sentir de los españoles posteriores a la desaparición de Al-Andalus. Fue el morisco Ricote quien dijo que «no era bien criar la sierpe en el seno».

El siguiente fantasma en entrar en escena lleva el nombre de Sefarad, y tiene por protagonista a otra expulsión, la de los judíos, tenida por arbitraria, por cuanto estos no disponían de un Estado. Si los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes tuvieron una inequívoca dimensión bélica, la relación con los judíos estuvo marcada por factores distintos. La intolerancia entre cristianos y judíos hispanos tenía un núcleo teológico, la negación de la segunda persona de la Trinidad, pero también aspectos económicos y sociológicos, que impulsaron su creciente confinamiento. La inicial protección de aquella comunidad por parte de la Corona, que los llegó a considerar como «tesoro real», fue decayendo hasta que, en 1492, les fue planteada la alternativa de su conversión o su salida de los reinos reunidos tras el matrimonio de Fernando e Isabel. En tales circunstancias, la ocasión para la idealización de Sefarad estaba servida, máxime si se tiene en cuenta que algunas comunidades mantuvieron el ladino fuera de España hasta su «redescubrimiento» en el siglo XIX. Fino identificador de sustratos no católicos, Borrow tuvo el acierto de toparse con un judío, Abarbanel, que, oculto tras la profesión de longanicero, custodiaba las esencias de Sefarad. Insua también se ocupa de la relación entre el franquismo y los judíos. Sin embargo, el intento, no pocas veces ensayado, de establecer una sintonía total, más allá del antisovietismo, entre el Tercer Reich y los vencedores de la Guerra Civil, se desvanece a la luz de los datos. La conexión de España con la «solución final», no se sostiene, pues nuestra nación se desmarcó, gracias a la acción diplomática, de las atrocidades alemanas. Una elocuente cita de J. M. Estrugo, miembro del Socorro Rojo, cierra este capítulo: «en España nunca hubo verdaderamente prejuicios raciales. Habrá habido pasión o fanatismo religioso y político (muy oriental), pero no se concibe el “racismo”. Los españoles y portugueses se han mezclado con los aborígenes se América y de África, contrariamente a los sajones…»

El siguiente fantasma que desfila por 1492 es el de la Inquisición, institución que aglutinaría los atributos españoles más negativos. Implantado tardíamente en España, el Santo Oficio ha ofrecido abundante material para literatos de diversas latitudes. Así, Poe, Dostoievski o nuestro Delibes, han recurrido a la recreación de las mazmorras inquisitoriales, a sus teatrales autos de fe o a un ambiente opresor bajo el cual debían moverse los cerebros más brillantes de cada generación. Si esa es la visión más asentada en el mundo de la ficción, en el de la historiografía no faltan nombres, algunos muy sonoros -Davies, Payne, Lynch o Kamen-, que cultivan la imagen de una Inquisición ajustada a los cánones negrolegendarios. Frente a este grupo de hispanistas, la historiografía especializada, aquella que ha buceado en los archivos, ofrece cifras muy inferiores a las comúnmente aceptadas.

Un último hito fantasmal completa el elenco, el que tiene que ver con la conquista y civilización -sí, civilización frente a exterminio y expolio-, de América. En este sentido, resulta obligado citar otro libro ya publicado por Insua, su Hermes católico (Ed. Pentalfa, 2013), al que remitimos al lector para ahondar en los debates que tuvieron lugar durante la Controversia de Valladolid. Es en este capítulo donde se expone la clasificación que Gustavo Bueno hizo en relación a los imperios, unidad de escala necesaria cuando de lo que se habla es del despliegue por un Nuevo Mundo. «España en América: ¿Acción civilizadora o genocida?», esa es la pregunta que se lanza después de exponer el par, imperialismo generador (politikés)/Imperialismo depredador (despotikés). La respuesta cae del lado generador, pues el Imperio español, cimentado en la construcción de ciudades, que no de factorías o colonias, no sólo integró a las sociedades naturales, sino que incluso, y así lo certificaron los procesos independentistas, ofreció las condiciones suficientes para la cristalización de sociedades políticas soberanas.

1492: España contra sus fantasmas se abre recordando lo mucho que pesó sobre Alejandro la ejecución, ordenada por él mismo, de Calístenes. Aquella mancha acompañó a Alejandro el Magno, el hombre que alcanzó, literalmente, la apoteosis. España fue capaz de surcar todos los mares y de construir un imperio del que subsiste un legado tan valioso como la lengua española. No se puede negar el mérito de hazañas «nunca vistas ni oídas». Sin embargo, como Insua recuerda, recogiendo el argumento al que se aferran los enemigos internos y externos contra los que se alza esta obra, España «destruyó las Indias».