Zombilandia cañí

Siempre he dicho que The Walking Dead era una serie muy edificante. Por tres razones básicas y simples: la primera, que, ante un apocalipsis zombi, el gobierno no sirve para nada (como de costumbre); la segunda, que si quieres ser un superviviente, más vale que tengas a mano un arma y sepas cómo usarla; la tercera, que con todo lo infecciosos que sean, al final, los humanos son mucho más peligrosos que los zombies.

Digo todo esto porque frente a la desidia de nuestras autoridades sanitarias y políticas, que parecen no hacer nada porque no saben qué hacer, la reacción generalizada de la población ha sido el miedo y la histeria. La mejor prueba, las compras sinsentido de mascarillas para creernos a salvo del dichoso coronavirus Covid-19. Ya lo dijo Hobbes. “el hombre es un lobo para el hombre” cuando de su supervivencia -real o ficticia- se trata. A nadie le importa que el personal sanitario y otros enfermos para quienes las mascarillas sí son un seguro de vida, se queden sin ellas por la avidez de no querer ser contagiado.

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Las autoridades de la OMS lo han dicho con claridad: la mejor forma de combatir esta epidemia camino de convertirse en pandemia es “a la China”. Esto es, que para evitar el contagio lo mejor es evitar el contacto con el virus y en plena era de la globalización, eso quiere decir, dejar de moverse, dejar de viajar. Se cierran las fronteras exteriores y se levantan fronteras internas para anclar los focos de infección. A China parece haberle dado resultado. Nosotros ni nos lo planteamos y cuando se adopta alguna medida de cuarentena, su aplicación resulta inexplicable, como ese hotel de Adeje, en Tenerife, donde se permite que los trabajadores entren y salgan siempre y cuando lleven mascarillas.  Esas mascarillas que nos repiten no sirven para nada y a sabiendas de que el periodo de incubación puede durar semanas. Por no hablar de la consejera de sanidad de la comunidad de Valencia que, por no gustarle el futbol, no sabía de los miles de hinchas del Valencia que habían ido a Milán, en pleno auge del contagio. ¿Cuántos chinos e italianos siguen llegando a suelo español a diario? Antes de ayer suspendía Estados Unidos sus vuelos con la zona del norte de Italia y no se descarta que lo repita con otras zonas de riesgo de alta infección. Mientras, en España, salimos al paso con un gobierno que dice que lo mejor que se puede hacer es dar información. Información que al final se resume como “no te expongas innecesariamente”. Por eso no es de extrañar que corramos a asaltar las farmacias.

Todos los pacientes mienten. La frase no es mía, sino de ese médico detective que era el Doctor Gregory House. Por lo tanto, sus testimonios no deben ni pueden ser los únicos a la hora de trazar la ruta del virus. En Israel y Estados Unidos están ensayando con otras herramientas para prevenir la expansión incontrolada de la epidemia, pero como a nosotros nos poder el anti-imperialismo yanqui y el antisemitismo ni nos planteamos imitarles. Antes muertos.

Y gracias a Dios que, hasta la fecha, el sistema de salud español es de lo mejorcito que tenemos. Imaginemos por un momento qué pasará cuando el brote estalle en, digamos, Venezuela, un país donde el bolivarismo ha desmantelado cualquier atisbo de sanidad y donde se carece del instrumental y de los medicamentos básicos. Cuando pase, más que un Estado fallido, la Venezuela de Maduró será una zombiland en todo su derecho.

Con todo, lo peor está por llegar. Sanitariamente los casos van a multiplicarse porque nada se ha hecho para evitarlo, pero el daño económico de la enfermedad no va a ser menor. Ayer ví en Washington, donde ahora me encuentro, a un político beber una cerveza Coronas y pedir que le hicieran una foto. Parece ser que la caída de la marca no era una broma y que muchos consumidores la dejaban de lado por las connotaciones del nombre. Varias líneas aéreas empiezan a disminuir la frecuencia de sus vuelos transatlánticos por la caída de la demanda. Los ejecutivos y los turistas no quieren viajar, por miedo al contagio y por temor a verse encerrados en una cuarentena.

El parón industrial en China ha bajado significativamente los índices de contaminación del aire, pero el precio es dejar desabastecido a medio mundo de productos y componentes que ya, gracias a la deslocalización, sólo se fabrican allí. Caída de stocks, bajada de la producción industrial, subida de precios… de cabeza a una recesión. Pero tampoco parece que los gobiernos estén preparándose para ello. Más grave si cabe, cualquier impacto disruptivo en las cadenas de producción de China, Corea del Sur, Japón y otros países, se va a producir no en un contexto de fortaleza económica, sino en uno de sostenimiento anémico, por lo que no padece imaginable que actuando sólo sobre políticas monetarias (que es lo que se ha venido haciendo desde 2007), se pueda capear la crisis. ¿Cómo eras aquello de que cuando América estornuda, Europa coge una neumonía? Pue eso. 

Y frente a unos gobiernos ineptos e impotentes, sólo queda la familia y el individuo. Como en The Walking Dead. En Irán, la infección está motivando una oposición más virulenta -si se puede decir en este contexto- contra los ayatollahs. Quién sabe qué puede ocurrir. Aquí, habida cuenta de la naturaleza totalitaria de este gobierno, nos prohibirán las concentraciones de más de tres personas y nos recluirán en nuestras casas. Después nada será igual.