XL aniversario y reacción nacional

En su novela Eumeswill decía Ernst Jünger que “España fue una de las ciudadelas de la reacción, como Inglaterra lo fue del liberalismo, Sicilia de la tiranía, Silesia de la mística y así sucesivamente.”  Esta reflexión la hace al hilo de la alusión a un personaje interesado por los escritos de Donoso Cortés. No sé – no tengo la novela a la vista- hasta qué punto ese personaje era un trasunto de su amigo Carl Schmitt, que ciertamente tuvo mucho que ver con España y que conocía bien la obra de Donoso.  Donoso tenía sin duda presente la reacción popular a la invasión napoleónica con la connivencia de las “ilustradas” clases dirigentes, y Jünger y Schmitt habían sido testigos de la reciente tragedia española, una tragedia en la que triunfó la reacción.

Al régimen resultante de esta reacción no le faltaron obstáculos e inconvenientes de toda índole en el panorama mundial de entonces, pero los sorteó todos con fortuna o con virtù, hasta llegar al momento de poner al país al nivel alcanzado por los demás países europeos devastados por la gran guerra e instalados en lo que daría en llamarse la Modernidad.  Cuando este régimen llegaba a todas luces a su fin y tenía que adaptarse a esa Modernidad a efectos de derecho público, esa Modernidad acusaba síntomas de cansancio, por no decir de decadencia. En esos tiempos yo vivía por así decir entre Sevilla, Roma y Ginebra, y desde ese triple observatorio no me faltaron indicios de la tendencia al suicidio de la Modernidad.  Bajo ese título reuní una serie de artículos y conferencias, que uno de mis detractores calificó despectivamente de “oportunista”, adjetivo peyorativo que recientemente he tenido que oír a propósito de Imperiofobia y leyenda negra.  Pues bien, el primer editor a quien me dirigí en su día me dijo que el lector a quien interesara mi libro no existía, cosa que me sorprendió no poco cuando lo que me animó a dirigirme a él era los libros que estaba editando de Octavio Paz, que tampoco se engañaba con la Modernidad que seguía tratando de venderle la “corrección política”.

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Llamar “oportunista” a Elvira Roca por su libro es como llamárselo a los habitantes de tantos lugares de España por poner la bandera nacional en los balcones o a VOX por llevar a los tribunales a los cabecillas de la insurrección catalana. Esa bandera, diseñada en tiempos de Carlos III para la Marina, fue adoptada como bandera nacional en tiempos de Isabel II y como tal se mantuvo incluso bajo la efímera Primera República, sin más cambios que el de la sustitución de la corona real por la corona mural en el escudo. La Segunda República tuvo la ocurrencia de teñir de morado la franja inferior, y yo fui testigo, con cinco años de edad, de la devolución, o de la recuperación, de la bandera original, que es la actual, un 15 de agosto en el balcón del Ayuntamiento de Sevilla, de la mano del entonces general de división Francisco Franco.

He leído en alguna parte, si es que no lo he soñado, que  los tres padres supervivientes de la Constitución del 78, Herrero de Miñón, Pérez-Llorca y Roca i Junyent, han reconocido que no todo les salió a derechas en sus trabajos constituyentes. Para empezar, fueron ellos los que impusieron el término nacionalidades.  Tuve un amigo en Ginebra, ya fallecido, empeñado en ponerme en relación con Herrero de Miñón y me facilitó sus señas insistiéndome en que le mandara algún escrito mío. Tuve mucho cuidado en mandarle algo en que aludía a “nuestro simpático compatriota Arzallus”, muy a sabiendas de que Herrero era asesor jurídico suyo a la sazón, con lo que el asunto quedó zanjado. No sé si por entonces escribía yo en El Manifiesto:

Ya sé que invocar y defender la unidad y la grandeza de España no está bien visto, pero es que no se me alcanza cómo sin grandeza y sin unidad puede ser libre una nación en el “concierto de las naciones civilizadas”. Si el régimen actual quiere sacar al país del atolladero en que lo metieron los siete sabios de Gredos con su chapuza constitucional, tendrá que empezar por reconocer que esa guerra civil que tanto lamentan los que la provocaron y la perdieron sirvió por lo menos para sacralizar esa unidad y esa grandeza y devolver así a España algo del peso político perdido en los dos siglos en los que le fue aplicable el diagnóstico que en el siglo XVI emitió para Europa el doctor Laguna: Se ipsa torquens.

Como puede verse, si yo peco de algo, no es de oportunismo, sino más bien de todo lo contrario. Y así se entiende que a la conjunción dizque “constitucionalista” que detenta el poder sin solución de continuidad desde el estrago de Atocha de marzo de 2004 le salten todas las luces rojas ante la reacción “nacional” que ha llevado a VOX, por lo pronto, al Parlamento de Andalucía.