VOX contra mundum

Querido doble hermano: Nunca podré agradecer del todo tus buenos oficios para que me nombraran hace tres años embajador en el Reino de España. (Por cierto, de puertas adentro en España nadie se refiere a su país como un “Reino”). No puede haber un país más apasionante que este, tan paradójico y literario, en el mejor sentido de ambos términos. Dentro de su abigarrada vida política, me he topado con un fenómeno tan original y estimulante como Vox. El año pasado entró por primera vez en la Cámara Baja del Parlamento (el Congreso de los Diputados) y ahora cuenta con más de medio centenar de diputados. Es el tercer partido por el número de escaños, pues en el Congreso de sientan una veintena de partidos. Alguno es tan pintoresco como “Teruel existe”. Teruel se hizo famoso por la decisiva batalla de su nombre cuando la guerra civil de 1936. He oído decir a sus defensores que su densidad de población es más baja que la de Laponia, aunque es la típica exageración de los españoles. El hecho es que la densidad demográfica de Teruel es del orden de 9 habitantes por kilómetro cuadrado; la de Laponia es 2. A los españoles les interesan más las opiniones que los hechos.

En esta semana de constitución de la nueva legislatura lo más llamativo ha sido el enfrentamiento entre el PP y Vox, los dos grandes partidos conservadores. Resulta que casi todos los “voxeros” son antiguos militantes del PP (“peperos”). Es sabido que en política los antiguos socios son los que se pelean con más ganas. En el caso concreto de la pasada semana la disputa consistía en si se aliaban o no los dirigentes de Vox y del PP para que Vox pudiera entrar en la Mesa del Congreso, que es donde se discute la estrategia de las votaciones. Al final, Vox (con 52 escaños) consiguió un puesto secundario, pero, si hubiera tenido la ayuda del PP, podría haber logrado dos puestos de los nueve que componen la Mesa. La partida la ganó la izquierda. La prueba es que Unidas Podemos (una especie de comunistas con aire latinoamericano), con solo 42 escaños, consiguió tres puestos en la Mesa. Es un indicio de quiénes van a mandar en la próxima legislatura.

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La posición de Vox es tan atípica que se puede decir que es la más genuina representación del bando opositor, pero no solo al Gobierno sino a todos los demás partidos. Sospecho que la fulgurante saliencia de Vox (en el Parlamento, pero sobre todo en la opinión pública) se debe a que se opone a todos y a todo, contra mundum. Te lo digo en el latín de los años de nuestro colegio inglés; contra todo bicho viviente, como se dice en España. Los críticos de Vox, que son casi todos, lo califican de “fascista”. Sin embargo, Vox es el único partido cuyos militantes han sido objeto reiterado de ataques violentos por otros grupos políticos. Es lo que en Estados Unidos se llama blaming the victim, esto es, echar la culpa a la víctima. Debo advertirte que en el español usual una “victima” no es toda persona que recibe un daño, sino la que fallece por esa causa. Es un significado sin fundamento, por exagerado, pero así funciona.

Sigo maravillado de los caprichos léxicos del español usual. Por ejemplo, los españoles son tan enfáticos y expresivos que no les basta con un adjetivo calificativo para manifestar su juicio sobre algo. Les gusta anteponer el “absolutamente” al adjetivo correspondiente.

Resulta asombrosa la capacidad dramatúrgica de los españoles para ocultar la verdad, los hechos. Ahora se estila mucho que los comentaristas y políticos se refieran al “relato”. Tengo visto que, tras esa misteriosa palabra, se oculta alguna falsedad de bulto. No hay que olvidar que la obra cumbre de la literatura española, el Quijote, es una divertida sarta de disimulos, disfraces, medias verdades y supercherías por parte de muchos personajes. Incluyo a los protagonistas, don Quijote y Sancho Panza, en esa colección de embusteros.

La confusión más cómica se ha dado últimamente con la escena en la que los nuevos 350 miembros del Congreso debían jurar solemnemente el acatamiento de la Constitución. Es algo normal en todos los países democráticos. Pero en este caso lo original ha sido que solo muy pocos diputados contestaron “si, juro”. La mayor parte contestó con un “sí, prometo”, que viene a ser como un juramento rebajado, una especie de sucedáneo menos comprometido. Cuenta aquí la polisemia del español, puesto que “jurar” es “declarar solemnemente el acatamiento de una norma suprema”, pero también “proferir blasfemias o maldiciones”. En el primer caso se halla implícita la tradición de poner a Dios por testigo; en el segundo la de injuriar a Dios. De ahí que la secularizada izquierda en el Congreso de los Diputados elija la fórmula de “prometo” en lugar de la tradicional de ”juro”.

Lo más curioso es que, en el solemne acto que te digo, muchos diputados añadían a la “promesa” estrambotes como estos: “(Prometo) por el planeta, por la República, por la libertad de los presos políticos (lo condenados por sedición), por el retorno de los exiliados (los forajidos)”, entre otras imaginativas expresiones.

Tengo visto que el español usual es un idioma enamorado del eufemismo, que es la figura retórica equivalente de la hipocresía. Así, en los anuncios de lo que nosotros decimos “coches usados”, aquí los llaman “coches seminuevos”.

Lo que más choca en el lenguaje público es la virtual desaparición de un verbo tan corriente y necesario como “oír”. En su lugar se prefiere decir “escuchar”. No tengo que decirte que son acciones distintas. Una cosa es “percibir por el oído” (oír) y otra “disponer la atención para oír” algo (escuchar). Bueno, pues como te digo, el verbo “escuchar” desplaza bonitamente a “oír”. Es algo tan arbitrario como sustituir la acción de “ver” por la de “mirar”. En el fondo, puede que influya la idea de la odiada sumisión como “ver, oír y callar”. En cambio, las acciones emparentadas de “mirar, escuchar y hablar” dan la impresión de libertad e inteligencia. Los españoles son muy pagados de sí mismos, que se dice en francés. Traducen muy bien la mezcla de apariencia y vanidad. De ahí que cuente tanto la forma de vestir, la manera de hablar, la obsesión por presentarse ante los otros de la forma más cuidada. Otro día te daré algunos ejemplos de este vivir hacia fuera de los españoles.

Tuyo, Ñame Busdongo, embajador plenipotenciario de Bostwana en el Reino de España.

 

por Amando de Miguel.

Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología de la Universidad Complutense. Ha publicado más de 120 libros y miles de artículos. Forma parte del Patronato de Honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES).