Volver a la naturaleza

La editorial barcelonesa Elba ha publicado un libro delicioso y necesario titulado “Los jardines de los monjes”, que firman los periodistas Peter Seewald, famoso por sus conversaciones con Benedicto XVI, y Regula Freuler. La obra se enmarca en una tendencia de creciente interés editorial por los jardines -podríamos destacar “Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines” de Mario Satz (Acantilado, 2017) y “El arte de los jardines modernos” de Horace Walpole (Siruela, 2005)- y por la vida monástica como demuestra el éxito de “La opción benedictina” de Rod Dreher (Encuentro, 2018).

Así, hay una búsqueda de sentido a través de la belleza, la naturaleza y la quietud. Frente a la fealdad imperante que autores como Scruton denuncian -hace algunas semanas reseñábamos aquí “Cómo ser conservador” (Homo Legens, 2018)- volvemos la vista hacia los jardines y los huertos que nos evocan el Edén perdido. Algunos de los más bellos de Europa, están en los monasterios y las abadías por los que Seewald y Freuler transitan a lo largo de estas páginas.

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Lo primero que el lector debe tener para adentrarse en estos paraísos es tiempo; no mucho -el libro es amenísimo y breve y sus capítulos tienen la extensión justa- pero sí de calidad. Desconecte el teléfono móvil. Enciérrese un ratito. Si puede, salga afuera. Respire en algún lugar silencioso. Busque un parque. No desconecte sino, más bien, reconecte con la vida a través de estas lecciones “todo comienza en el Edén”, “De esas pequeñas diferencias que lo cambian todo”, “Del trabajo y del salario”, “Algunos secretos de los jardines de los monasterios”, “Jardineros y santos”, “De plantas medicinales y del jardín como fuente de salud”, “Sobre la paz y la fuerza interior” y “El regreso al paraíso perdido”. Deténgase en sus delicadísimos dibujos. Medite las citas bíblicas que encabezan las lecciones y que, situadas al margen, salpican las páginas como flores.

Partiendo de Sankt Gallen, los autores elevan un canto al humanismo cristiano que dio sus mejores horas a una Europa que hoy anda tan confundida. Por todas partes encontramos referencias a los grandes pensadores cristianos desde Tertuliano hasta Santa Teresa de la Cruz y Hildegard von Bingen. El orden, la pulcritud y el cuidado del detalle imponen al espíritu una disciplina que lejos de esclavizarlo lo libera. El trabajo manual se convierte en una fuente de meditación sobre la belleza de la creación y el amor que el Creador puso en cada detalle hasta ver que “todo era bueno”.

Como en una pintura gótica o una miniatura, las tareas del campo embellecen y enmarcan el ciclo de las estaciones. Si una contempla las ilustraciones, pongamos por caso, de “Las muy ricas horas del Duque de Berry”, no le será difícil encontrar las resonancias de la relación entre el hombre y el resto de la creación que este libro describe a través de los jardines monásticos. Como recuerdan los autores, «no sólo el cuerpo, también el alma necesita alimento».

Sin duda, necesitamos volver a la naturaleza, pero no como la moda cultural de los domingueros y los “neohippies” que tratan de imponer al campo lo que la ciudad dispone, sino como estos benedictinos que hicieron de sus tierras las más fértiles de Europa. Está de moda hablar en estos días del campo -la búsqueda de votos en la “España vaciada” la ha traído a las portadas de los periódicos al menos por unos días- y deberíamos intentar que este interés no decaiga. El descenso de las vocaciones y el éxodo a las ciudades son dos de los fenómenos que han ido llevando a esta vida monástica al olvido. Obras como ésta contribuyen a rescatarla.

Así que busquen unos minutos para regresar al Paraíso. Escojan algunas piezas de canto gregoriano -ese jardín sonoro para el alma- y abran de par en par las ventanas para que entre el aire fresco. Siéntense en un banco o al pie de un árbol. Contemplen la creación contenida en estos huertos de árboles frutales o en los bancales de las plantas que curan el cuerpo y el espíritu. Comiencen con la Pascua una “Vida nueva” como la que cantaba Dante en el libro homónimo. Dejen que Dios, señor de las estaciones y el tiempo, haga nuevas todas las cosas. Entren en “Los jardines de los monjes” de la mano de Seewald y Freuler.

Que el paseo les sea propicio.