Viktor Orbán, el ‘milagro’ húngaro es él

LOS ABORTOS SE HAN REDUCIDO UN TERCIO

Orbán se ha opuesto, pertinaz, al sistema de cuotas que se ha afanado en imponer Bruselas.

Viktor Orbán es, sin duda, uno de los políticos más vituperados por las élites mediáticas, económicas y burocráticas europeas. Como todo hombre de principios, despierta en ellas una suerte de envidiosa indignación; indignación que se concreta generalmente en burdos textos periodísticos repletos de adjetivos desdeñosos (‘ultranacionalista’, ‘fascista’, ‘autoritario’) y en exaltadas declaraciones en tertulias o mítines que semejan las pataletas de un niño malcriado. Orbán es el enemigo número uno del sistema, y lo es por haber acaudillado desde el mismo comienzo la rebelión – democrática – de los europeos que no se resignan a morir.

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Pero la fama del hogaño primer ministro magiar viene de lejos; en concreto, del 16 de junio de 1989. Orbán – engalanado con unos cabellos mal peinados, barba de tres o cuatro días y americana de dudosa elegancia – pronunció aquel día un encendido discurso contra el comunismo en general y contra el yugo soviético en particular. Así, ante un público congregado en la Plaza de los Héroes de Budapest para recordar al exprimer ministro Imre Nagy – ejecutado por los soviéticos en 1958 por haber liderado la revolución húngara de 1956 -, el joven demandó la retirada de Hungría de las tropas del Pacto de Varsovia. Y lo hizo meses antes de que cayera el Muro de Berlín, cuando en el país magiar aún se respiraba el opresivo ambiente de la dictadura del proletariado, cuando el pluralismo político no era sino una quimera y cuando sus compañeros de tribuna – precisamente por lo anterior – eludieron los temas espinosos.

Aquella valerosa alocución, que fue acogida con júbilo dentro y fuera de Hungría, catapultó la carrera política de Viktor Orbán: Fidesz, con él como cabeza de lista, ganó las elecciones parlamentarias del año de 1998 con un 42% de los sufragios en alianza con el Foro Democrático de Hungría. Durante su primer mandato como primer ministro, incorporó a su país en la OTAN, sepultando el recuerdo de esa estructura totalitaria que sometió a los húngaros durante decenios.

En las elecciones del año 2002, el líder conservador, cuya capacidad de iniciativa política se había visto limitada por la fragilidad de su mayoría parlamentaria, no pudo revalidar su mandato. Los socialistas accedieron al Gobierno y Orbán pasó a la oposición, donde pudo preparar su espíritu para la tarea que algunos años más tarde, cuando alcanzase otra vez el poder, habría de acometer. Aquella tarea no sería muy distinta de la pretérita lucha contra el comunismo: defender la peculiaridad del pueblo húngaro frente a las pulsiones despóticas y homogeneizadoras del globalismo, encarnado en entidades como la Unión Europea y en magnates como Soros.

El despotismo bruselense

En las elecciones legislativas del año 2010, Orbán lideró, de nuevo, las listas de Fidesz y obtuvo una abrumadora victoria: más del 52% de los votos y una mayoría superior a dos tercios en el Parlamento. Al contrario que otros políticos (bien conocidos por los españoles) que conciben el poder como fin en sí (y, por tanto, sólo se afanan en conservarlo), el primer ministro magiar se sirvió de él para fomentar un cambio social. De esta forma, una de sus primeras medidas fue la promulgación de una nueva constitución para Hungría; constitución que encolerizó a las élites bruselenses, tan tolerantes con los suyos y tan implacables con el discrepante. ¿El motivo de la cólera? Que afirma el matrimonio como unión entre hombre y mujer, reivindica la identidad cristiana del pueblo húngaro y establece que la vida del ser humano debe ser protegida desde el instante de la concepción.

El pueblo no compartió la indignación de las élites mediáticas y eligió a Orbán de nuevo en 2014. El enfrentamiento de éste con la Unión Europea prosiguió en esta legislatura, cual si no hubiesen mediado unos comicios. Se tornó incluso más cruento. Contribuyó a avivarlo la ‘crisis de los refugiados’, ese ardid de las élites globalistas encaminado a acelerar la sustitución de la población europea y a obsequiar a las grandes empresas con mano de obra barata. Así, el primer ministro húngaro se negó a abrir las fronteras de su país de par en par, como hiciera Merkel, y fue acusado de ‘racista’ por el sistema, que siempre logra que sus viciados propósitos pasen por filantrópicos.

Durante estos años, Orbán se ha opuesto, pertinaz, al sistema de cuotas que se ha afanado en imponer Bruselas. No en vano, lo considera incompatible con la preservación de la seguridad, prosperidad e identidad húngaras: ‘Quieren que dejemos de ser quienes somos. Quieren que nos convirtamos en eso que no somos. Nos quieren mezclar con gente de otro mundo; cambiarnos en nombre de la diversidad’, señaló Orbán el pasado año en su alocución navideña.

Nueva Hungría, vieja Hungría

En cualquier caso, el primer ministro magiar no comparte la ingenuidad de otros próceres de la ‘derecha alternativa’; él es perfectamente consciente de que limitar los flujos migratorios no es suficiente para que los pueblos europeos conserven su ethos. Por eso, durante sus años como primer ministro, ha tratado de revertir una tendencia demográfica más que preocupante, de vigorizar la institución familiar y de fortalecer las clases medias, tan menoscabadas por un modelo que progresivamente concentra el poder económico en manos de un puñado de multinacionales. Y su intento ha fructificado: desde que fuese elegido primer ministro en 2010, los abortos anuales se han reducido casi un tercio (de 40.449 a 28.500), los divorcios son cada vez más infrecuentes (de más de 23.000 en 2010 a menos de 19.000 en 2017) y las uniones matrimoniales se han incrementado muy notablemente (de unas 35.500 en 2010 a más de 50.000 en 2017).

Orbán, que tiene cinco hijos (y eso ya lo convierte en una rara avis), sabe que el buen político no se preocupa exclusivamente por los compatriotas de su generación, sino que echa la vista atrás para agradecer a los compatriotas fenecidos su legado y aviva éste para cedérselo, más vigoroso, a los compatriotas por venir. Él no preconiza una democracia liberal, sino una chestertoniana democracia de los muertos (y de los no nacidos).

Enardecido por unas convicciones mucho más fuertes que los intereses y las tentaciones, el primer ministro magiar se enfrenta hogaño a la tiranía globalista – no permitirá la disolución de Hungría en ninguna institución supranacional – como otrora se enfrentó al totalitarismo soviético: con la Verdad y el Bien, que constituyen el elixir que nutre a todos los pueblos verdaderamente libres.