Venir para quedarse

Esta semana se ha celebrado en Barcelona el Mobile World Congress, uno de esos saraos de que los prebostes globalistas se sirven para persuadirnos de lo bueno que es el plan que tienen para todos nosotros. Allí se han congregado las más egregias personalidades de nuestra patria: desde Felipe VI, cuya inquisitiva mirada a Quim Torra no pasó desapercibida a nadie, hasta el doctor Pedro Sánchez, que no desperdicia oportunidad de lucir su sonrisa de galán de barrio.

Nuestro objetivo en este artículo no es referirnos al congreso en general, que nos suscita idéntico tedio al que nos suscitaría cualquier película sobre la Guerra Civil, sino a un tuit vomitado por el community manager del doctor Sánchez. Citemos el texto en cuestión: ‘La inteligencia artificial, la robotización o el big data han venido para quedarse y cambiarlo todo. Tenemos un objetivo: hacer de la innovación el motor del progreso en España. El Mobile World Congress de Barcelona nos impulsa un año más a seguir avanzando’.

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Aunque resulte desconcertante que el secretario general del Partido Socialista alabe un fenómeno (el de la robotización) letal para el trabajador y benéfico para el Dinero transnacional, tampoco nos detendremos en eso; pues la ignominiosa sumisión de la izquierda posmoderna a los designios de la plutocracia es de sobra conocida. Nos centraremos, mejor, en la expresión ‘venir para quedarse’, hogaño muy utilizada (y casi nunca debidamente).

El progreso irrefrenable

Las élites políticas y mediáticas suelen emplear esa expresión – ‘venir para quedarse’ – para referirse a realidades muy concretas: “El feminismo ha venido para quedarse”, “la globalización ha venido para quedarse” o incluso, como el doctor Sánchez, “la inteligencia artificial ha venido para quedarse”. El problema, como ya habrán adivinado nuestros más lectores más sagaces, es que todas y cada una de esas frases niegan implícitamente la libertad humana, la posibilidad de que el hombre deshaga lo que él mismo ha hecho.  

Presentar como ineluctable lo contingente constituye uno de los rasgos más paradigmáticos de nuestra época, que trata de perpetuar todo lo que ha construido. Así, para mantener inalterada la globalización, las élites mediáticas retratan a sus críticos como ilusos absortos en ensoñaciones utópicas; así, para impedir que los gobernantes interfieran en la irrupción de la inteligencia artificial en el mercado laboral, se nos muestra una y otra vez el progreso tecnológico como una realidad inexorable, como un artefacto que, una vez producido, escapa al control de su productor.

En realidad, como ya hemos sugerido, en esta visión progresista de las cosas subyace el mismo determinismo que subyace en el marxismo. En un caso, la historia culminará ineluctablemente en la rebelión del proletariado; en el otro, en el perfecto mundo de la inteligencia artificial. Ya no se trata de un relato que las sucesivas generaciones de hombres van escribiendo y que puede concluir de cualquier forma, sino de una tragedia que, redactada de antemano, acabará en un punto concreto.

Pero esto no es así. En cualquier momento, un hombre puede decidir tomar a su familia y establecerse en un pequeño pueblo; renunciar, en fin, a la complejidad del mundo transhumanista y regresar a la sencillez de lo propiamente humano. Nada le impide hacerlo. Y nada impide tampoco que muchos hombres sigan su ejemplo. Por decirlo de modo más genérico, nada nos impide abrazar la permanencia y rechazar el cambio ilimitado.

Servir al hombre

Cuando nos percatamos de que somos libres de encauzar el progreso, de adecuarlo a nuestras propias necesidades, alcanzamos inmediatamente una conclusión más relevante: que todo proyecto debe poner al hombre en el centro. Que si los teléfonos móviles constituyen un obstáculo para que el hombre alcance la felicidad, debemos eliminar los teléfonos móviles, y no la felicidad humana. Que si los ordenadores y las televisiones erosionan la cohesión familiar, debemos cuestionar la necesidad de los ordenadores y de las televisiones, y no la de la familia. Que si la irrupción de la inteligencia artificial en la economía impide una justa distribución de la propiedad, debemos rechazar la inteligencia artificial, y no la justicia.

Gran parte de los males que afligen a la civilización contemporánea se fundan sobre esta inversión de las jerarquías. Tradicionalmente, las instituciones se adecuaban a la naturaleza del hombre y trataban, en la medida de lo posible, de satisfacer sus aspiraciones más propiamente humanas. Hogaño, por el contrario, se nos repite machaconamente que es el hombre el que ha de adaptarse a las instituciones: al progreso, a la robotización, al modelo económico…

En este contexto, hemos de reivindicar algo que se antojaba evidente hasta hace unos pocos siglos. Que el hombre es el fin y las instituciones son el medio; que son éstas las que deben servir a aquél, y no aquél a éstas; que habrá que derribar, en fin, cuantas realidades modernas sea indispensable derribar para volver a hacer de este mundo un lugar habitable, un lugar en el que la más excelsa de las criaturas, el hombre, pueda encontrar la plenitud.