Un infundio navideño

Como ya he referido en alguna ocasión, vivía yo en Ginebra cuando en el Hotel Richemond, que estaba en el Jardin des Alpes,  frente al monumento “veronés” del Duque de Brunswick y junto al Hotel Beau Rivage, donde pasó su última noche la Emperatriz de Austria, don José María Gil Robles, que volvía del Contubernio de Munich, se reunió con don José María Pemán, que volvía del Concilio Vaticano II y que le comentó que este concilio era el primer concilio antiespañol de la historia de la Iglesia.  En mi modesta opinión, con ese Concilio abrió la Santa Madre Iglesia su caja de Pandora, y por ahí iba el que no tardó en suceder a Juan XXIII, el Papa Montini, cuando dijo que el humo de Satanás había entrado por las ventanas que había abierto el Concilio. El cardenal Montini, al subir al Solio Pontificio, suscitó grandes esperanzas entre los asistentes al Contubernio, pues desde el arzobispado de Milán no dejaba de mandar telegramas al Pardo interesándose por la suerte de los “opositores activos” al Régimen en las Provincias Vascongadas. A Pablo VI le decían en Italia el “Papa Tentenna”, algo así como el Papa Titubeo, pero yo conservo de él un buen recuerdo, por dos cosas por lo menos, por su homilía en la proclamación de Santa Teresa Doctora de la Iglesia y por haber detectado el “humo de Satanás” y haber sido el primero que puso pie en pared al alegre desenfreno conciliar.  

Según mi amigo el arquitecto Rafael Manzano, en la primera fase de la gran guerra, cuando Alemania y Rusia se repartieron Polonia, un joven soldado alemán recibió la orden de pasar por las armas a un prisionero polaco, y ya amartillaba el fusil cuando se abrieron los cielos y una voz tonante exclamó: “¡Qué haces, insensato! ¿No sabes que lo tengo destinado a ser cabeza de mi Iglesia?”  El pobre alemanito, aterrado, soltó el máuser y cayó de rodillas, exclamando: “¡Perdón, Señor, cumplía órdenes! ¿Qué va a ser ahora de mí?” “No te preocupes -replicó la voz de lo Alto- Tú vas a ser su sucesor.” Si el “Tentenna” pisó el freno, sus sucesores, el polaco y el alemán trataron de dar marcha atrás a una Iglesia desbocada hacia el abismo, cosa que les granjeó la malevolencia de los fabricantes de opinión pública de la Modernidad.  Al polaco nunca se le perdonó que pusiera fin al Imperio Soviético y del alemán, su secretario de Estado y sucesor por designio del Altísimo, secundum Manzano, consiguieron que abdicara, ya que, como dijo alguien tan poco sospechoso de clericalismo como Vargas Llosa, “era un hombre que estorbaba”.  Ambos se dignaron viajar a España no una, sino varias veces, una España que ya no era como se sabe la España “nacionalcatólica”, sino la España que había vuelto a las andadas, en la que, como llegó a decir Ratzinger en Compostela, “ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como se dio en la década de los años treinta. Y ese enfrentamiento, disputa entre fe y modernidad ocurre también hoy de manera muy vivaz“. Y, por si faltaba poco, horresco referens!, visitó el Valle de los Caídos.  

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En el año del Señor de 2012 dio a la estampa un libro titulado La infancia de Jesús, donde al hablar del pesebre dice que hace pensar en los animales que comen en él. Lo que pasa es que ni Lucas ni Mateo hacen referencia alguna a esos animales, y añade: “Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3: El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no me comprende.”   Y termina diciendo: “La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno.”

Los medios de confusión, siempre al acecho, tuvieron bastante con eso para proclamar a los cuatro vientos que el Papa había echado del Nacimiento al buey y al asno, o al buey y a la mula. Yo caí en el engaño y perpetré un villancico que, como me salió gracioso y popular, he recogido con el título de Infundio navideño en la recopilación de villancicos escritos a lo largo de más de veinte años que me acaba de editar Renacimiento. Dice así:

              Infundio navideño

             En un pajar nació el Niño,

un pesebre fue su cuna

y menos mal que a la vera

había un buey y una mula.

Los dos le echaban su vaho

para que no se arreciera,

pero llegó el rey de Roma

y a los dos los puso afuera.

¡Huy qué frío hace en Cádiz!

Tirititrán, tran, tran.

¿Y ese buey y esa mula,

dónde están?