Un impuesto para los robots

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Hace más de 200 años, con la irrupción del vapor en las fábricas, las minas y los transportes de Inglaterra, cundió el pánico entre los obreros. Los nuevos inventos iban a dejar sin trabajo a mucha gente. Hubo huelgas y sabotajes. El movimiento más conocido fue el de los “ludditas”. Se llamaron así en honor de un tal Nedd Ludd, obrero textil de finales del siglo XVIII, que destruyó el telar mecánico donde trabajaba en una empresa textil de Lancashire. Se tienen dudas sobre la existencia de Ludd, pero funcionó como símbolo del movimiento sindical inglés, que empezaba a organizarse justo ahora hace 200 años.

Hoy sabemos que, aunque la introducción del vapor y luego la electricidad, supuso a corto plazo una gran destrucción de puestos de trabajo, a la larga se crearon otros muchos muy variados. La industrialización significó un aumento espectacular de las múltiples tareas que iba necesitando la sociedad. Hoy casi todos los puestos de trabajo son de servicios, profesionales, administrativos.

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La lección puede aplicarse a la actual destrucción de puestos de trabajo como consecuencia de la revolución informática de nuestro tiempo. Por ejemplo, desaparecen muchos puestos de vendedores que resultan desplazados por el comercio on line (que ya podríamos escribir “onlain” en castellano). Pero se crean otros muchos puestos, por ejemplo, de repartidores de ese nuevo comercio. El inconveniente es que ese ajuste lleva tiempo y resulta muy complejo. Por ejemplo, significa un cambio sustancial en la organización de la enseñanza y de la formación profesional.

A corto plazo, la robotización de muchas operaciones empresariales no es solo que desplace a muchos trabajadores. Lo más grave es que ese proceso industrial contribuye a que desciendan los salarios de muchos trabajadores. Una solución parcial del problema podría ser la introducción de un impuesto “personal” a los robots y otras máquinas automáticas. Parece un contrasentido, pero tiene su lógica. Especialmente es así si con el monto de tales impuestos se pueden mejorar los servicios sociales que paga el Estado. La reforma que propongo no es fácil. Lo fundamental es hacer que el progreso tecnológico suponga más ventajas para todos, no solo más beneficios para las empresas. Que conste que el Estado es la principal empresa del país. A primera vista puede chocar el principio de que ciertas máquinas paguen impuestos como tales, como si fueran personas físicas. Pero todo es cuestión de costumbre.

 

por Amando de Miguel.

Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología de la Universidad Complutense. Ha publicado más de 120 libros y miles de artículos. Forma parte del Patronato de Honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES).