Trump y la agenda saudí

Pompeo inicia su gira por Oriente Medio y promete aumentar la presión sobre el régimen de Teherán, gran enemigo de Arabia Saudí.

Febrero, 2016. Donald Trump se subía a su escenario de campaña y prometía a los norteamericanos romper relaciones diplomáticas con Arabia Saudí. “No tenemos nada que negociar con países que patrocinan el terrorismo”, aseguró el entonces candidato republicano entre los aplausos de la multitud y la preocupación del establishment americano, dependiente en buena medida de las jugosas donaciones saudíes.

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Meses después, un Trump ya presidente rebajaba su discurso y viajaba a Riad para encontrarse con los gerifaltes saudíes. Toda una declaración de intenciones que legitimó a Arabia Saudí para continuar lanzando bombas sobre Yemen y aumentando la presión sobre los socios de Irán en la zona.

El régimen de Teherán se convirtió en el principal objetivo de la Administración Trump, que decidió abandonar el controvertido acuerdo nuclear firmado por Barack Obama. Un pacto que había recibido críticas desde amplios sectores demócratas y que únicamente fue celebrado por los principales países de la Unión Europea.

El pasado lunes, Mike Pompeo comenzó su gira por Oriente Medio prometiendo aumentar la presión sobre el régimen de Teherán. El secretario de Estado estadounidense equiparó la “revolución islámica” de los ayatolás con la amenaza que supone el terrorismo del grupo yihadista Estado Islámico (EI) para los países de la región.

“Ustedes verán que en los próximos días y semanas vamos a redoblar no solo sus esfuerzos diplomáticos sino comerciales para ejercer una presión real sobre Irán”, aseveró Pompeo en presencia de su homólogo jordano, Ayman Safadi.

En el viaje a Ammán, Pompeo explicó a los periodistas que va a cumplir el compromiso de retirar los 2.000 militares estadounidenses en Siria, pero se negó a especificar los plazos previstos para llevar a cabo la salida de las tropas.

¿Israel?

En diciembre de 2017, Hamás reclamó una tercera intifada contra Israel. La milicia palestina exigió un levantamiento global a sus seguidores y abrir un enfrentamiento en campo abierto contra el Ejército Israelí. La realidad es que ningún dirigente respondió a la llamada de auxilio con convicción de otras ocasiones. Al contrario.

Los países árabes prefirieron pasar por alto el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado judío y dejaron las declaraciones estridentes para otra ocasión. Únicamente Irán y los países bajo su órbita realizaron una llamada a la acción.

Cuando el jefe político de Hamás, Ismail Haniyeh, llamó a comenzar la tercera intifada, la Presidencia iraní y los Guardianes de la Revolución le dieron su inmediato apoyo. “Estamos orgullosos del gran pueblo de Palestina por su resistencia y sacrificio contra el enemigo sionista (Israel), y estamos seguros de que la nueva intifada continuará su camino correcto”, aseguró Hasán Rohaní.

“Sin lugar a dudas, el pueblo oprimido de Palestina y la comunidad islámica resistirán unidos contra esta conspiración sionista-estadounidense y la frustraran”, subrayó Rohaní en un comunicado.

Por su parte, el rey de Arabia Saudí, Salman bin Abdelaziz, propuso una “solución política” para cerrar la crisis. “El reino llama a una resolución política y a la recuperación del pueblo palestino de sus derechos legítimos, entre ellos, el derecho de establecer su Estado independiente, cuya capital es Jerusalén Este”, aseveró

El cambio de parecer entre las dos grandes fuerzas del mundo musulmán evidenció un fenómeno de mayor trascendencia. Hace tiempo que los países árabes cambiaron de enemigo. Ante la imposibilidad de debilitar a Israel, Arabia Saudí entendió que su principal rival no era otro que Irán, con el que mantiene una suerte de guerra fría desde hace años

La Guerra Fría fue una proxy war que se libró en numerosos frentes durante casi 40 años. Actualmente, el conflicto de este tipo más evidente es el que libran Riad y Teherán en países como Irak, Siria, Yemen, Líbano y Bahrein. La rivalidad entre ambas naciones se ha convertido en una lucha por la hegemonía en Oriente Medio.

¿Qué enemigo común tienen Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí? La respuesta a esta pregunta es evidente. El régimen de Teherán mantiene frentes abiertos con los tres países. La Guerra Civil Siria evidenció la preeminencia de Irán en la zona gracias al poderío logístico de su gran aliado, Hezbolá. La milicia chií logró sacar importantes réditos del conflicto y sus combatientes pasaron de realizar ataques terroristas a librar una guerra en campo abierto, lo que supone un importante adelanto para un futuro conflicto a gran escala.

La revolución de 1979

Para entender el conflicto entre Arabia Saudí e Irán hay que remontarse a la revolución que tuvo lugar en el país persa en 1979. Desde Riad miraron con recelo el proceso liderado por el ayatolá Jomeini por temor a que el efecto contagio llegara al país y los ciudadanos se levantaran contra la monarquía de los Saud.  Además, la intención de Jomeini de crear un Estado legítimo y representativo para los musulmanes amenazaba la posición de los sauditas como líderes del mundo islámico.

Irán trató de llevar la revolución más allá de las fronteras y posibilitó la creación de grupos, en su mayoría chiíes, para derrocar a gobiernos en Irak, Afganistán e incluso Arabia Saudí.

La monarquía de Riad conoció las intenciones de Teherán a través de la CIA y creó el Consejo de Cooperación del Golfo (GCC). Además comenzó a maniobrar para influir en todos los países de la zona y, durante la guerra entre Irán e Irak en 1980, prestó apoyo logístico y armas al segundo. Las relaciones diplomáticas de Irán y Arabia Saudí fueron suspendidas por tres años después de la guerra.

Desde la caída de Sadam Husein, la mayoría chiita en Irak ha dirigido el Gobierno del país y ha mantenido relaciones muy estrechas con Teherán. La influencia iraní se ha extendido hasta las mismas fronteras de Arabia Saudí y ha creado la llamada “media luna chiita”, que une a Irán, Irak, Siria y Líbano.

De hecho, Bagdad ha acusado a Arabia Saudí de apoyar a los grupos sunitas radicales y de fomentar la violencia sectaria en Irak.

Probablemente el factor más significativo detrás de la rivalidad entre Irán y Arabia Saudí sea la religión, pero no es el único. Ambos países compiten por influir en sus vecinos, son las potencias hegemónicas de la zona. Teherán ha dado su apoyo a la causa palestina contra Israel y ha acusado a los estados sunitas de ignorar los problemas palestinos y de representar los intereses occidentales.

En Siria, Irán ha sido junto a Rusia el principal aliado del presidente, Bashar Al Assad, y su apoyo ha sido vital para derrotar al Estado Islámico y contener a los rebeldes moderados. Arabia Saudí, por su parte, ha financiado a los grupos sunitas y ha formado parte de la coalición internacional.

El petróleo y su comercio también han sido motivo de disputa entre ambas potencias, pues mantienen una visión antagónica en torno a los precios. Arabia Saudí es un país más rico y no tiene reparos en tolerar una caída de la cuantía del barril. Irán, que fue excluido durante años del mercado mundial por las sanciones, necesita que los países corten su producción -se producen casi dos millones de barriles de petróleo más de los que se necesitan- para aumentar los ingresos y paliar las afecciones de su débil economía.

por Arturo García.

San Vicente de la Barquera (Cantabria). 1991. Comenzó su trayectoria en Popular Televisión para después dar el salto a La Gaceta, el diario digital del grupo Intereconomía. Responsable de portada y especialista en las cuestiones internacionales, sobre todo en las relativas a inmigración y yihadismo.