Trump en Londres

Si no existiera tendrían que inventarlo: con él siempre llega el escándalo y permite a la progresía europea montar sus mejores aquelarres. Aterriza el Air Force One y las calles se llenan de tiorras de Femen con las ubres al aire (antes eran más guapas, envejecen y engordan), de perroflautas con las rastas pagadas por papá, de especistas, islamistas, elegetebeís, veganos y subvencionados minoritarios de todo pelaje. Y a tan variopinta muestra de nuestra multisociedad feliz le une un solo afán: ¡Todos contra Trump! Nombrarlo es como mentar a la bicha: los progres tocan madera o agarran una higa o hasta se santiguan. ¡Válgame Dios, ni el viejo Belcebú suscitaba unos sopitipandos semejantes entre las novicias preconciliares!

Antes de aterrizar en Gran Bretaña, Sadiq Khan, el alcalde de Londres, bajo cuya exótica égida se ha logrado extender el crimen a todas las capas sociales, puso en su sitio a Trump: dijo que era una amenaza global y un fascista, lo que nos demuestra que la cauta y circunspecta diplomacia británica ha salido ganando con los aportes de los nuevos ingleses. En vez de bajar la cabeza y entonar el mea culpa, Trump, que sólo es el presidente de los Estados Unidos, le salió respondón al concejal anglopaquistaní  y lo llamó fracasado y grosero. Por supuesto, la prensa internacional cargó de inmediato contra el presidente americano, que no hizo sino responder a las baladronadas de un bocazas socialdemócrata. Se ve que Trump es tan palurdo que no respeta una de las normas básicas de la etiqueta occidental: las izquierdas tienen el derecho y el deber de insultar a todos los personajes que no les gustan. Los insultados, por supuesto, tienen el derecho y el deber de estar callados y de aguantar el chaparrón con estoicismo. Si, además, se acercan a su ofensor con las orejas gachas y moviendo la colita (al estilo de la derecha española), entonces tendrán el privilegio de recibir una patada en los lomos o un escrache a domicilio. Lo que no es de recibo es que se atrevan a contestar a quienes tienen el monopolio del insulto, de la caza del hombre, de la superioridad moral y de la agresividad friendly.

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Trump, además, tuvo el feo detalle de recordar a los zombis del fenecido Empire que los yanquis son los que corren con los gastos de la OTAN y que ya son demasiados los simpas que se marcan sus morosos y progres aliados, tan friendlies que no parecen dispuestos a defender su propio suelo de las amenazas que les acechan.  Sin duda, el principal reto de la OTAN hoy en día es sustituir a Clausewitz por la perspectiva de género. Mientras América pague… Ya nos sacará las castañas del fuego, como en el 44. Y como en 1917 frente al II Reich y en 1941 frente al tercero, Trump le ofreció una ayuda vital a Inglaterra frente al IV Reich de los tecnócratas y picapleitos de Bruselas: cuando Juncker creía que tenía ganada la Batalla de Inglaterra, llega el Tío Trump y le ofrece una privilegiadísima Carta del Atlántico a los ingleses. Fíjese el lector qué dilema tienen ahora los hijos de la Gran Bretaña: ser un socio privilegiado de los Estados Unidos o un contribuyente neto de la cada vez más extractiva Unión “Europea”. Trump se marchó de Londres y en el aire quedó un aroma de Brexit duro. Britons never, never, shall be slaves. Y, pese a Sadiq Khan y a tanta multiculturalidad, parece que en Inglaterra todavía  quedan suficientes británicos de los de antes, de los que la hicieron la dueña del mundo. Como Guillermo y como Adolfo, Juncker no podrá alcanzar sino con prismáticos los acantilados de Dover.

Al igual que Putin, Trump se ha ganado millones de velas negras en los altares wicca de la corrección política. No hay Zugarramurdi zurdo en el que no se les queme en efigie, se les insulte y se les maldiga. Sus políticas siguen tendencias distintas y enfrentadas y sus métodos son muy diferentes, pero entre el silencioso ajedrez del ruso y la ruidosa NASCAR del yanqui hay un elemento común: son hombres de Estado. En cuanto hombres, representan un estereotipo repleto de testosterona y bastante vacío de corrección política. Dicen lo que tienen que decir, y lo hacen sin eufemismos, circunloquios, lenguajes inclusivos y demás zarandajas. Al revés que los capados tecnócratas de, por ejemplo, Bruselas, tanto la exuberancia de Trump como la circunspección de Putin ni engañan ni visten a la mona de seda. Frente a los muñecos Ken, epicenos y blandengues, como el ambiguo Macron, el “doctor” Sánchez o el pijísimo Trudeau, Putin y Trump son dos tíos de verdad, con toda su masculinidad en visible y orgullosa evidencia. ¡Pobres feminazis, nos creían al fin castrados y les sale esto en el mismo centro universal de la corrección política! ¡Qué sofocón se llevaron todas aquel martes de noviembre 2016!

Y no sólo son hombres. También son de Estado. Con ellos la palabra soberanía ha vuelto a resonar con su timbre original: la garantía del gobierno responsable y del poder del pueblo, sí, ese We the People que los progres quieren sustituir por las élites multinacionales a las que nadie elige y que en todo enredan, como los bergantes de la ONU, una patulea de izquierdistas muy bien pagados que determinan lo que el resto de los mortales debemos creer, pensar y hacer. Soberanía es que el poder resida en manos de mandatarios elegidos por el pueblo y responsables ante él, no ante un anónimo consejo de burócratas y financieros internacionales a los que nadie ha votado. La nación sigue siendo el único ámbito real de la soberanía popular.

Reflexionemos un poco: las dos naciones con los sistemas democráticos más consolidados de Occidente, con una tradición de gobierno responsable tres veces secular, se rebelan contra las élites plutocráticas mundialistas. Rechazan el paraíso europeo igual que rechazaron el soviético. Noruega y Suiza, otras naciones muy celosas de su régimen democrático, tampoco entraron en la UE. Dinamarca se lo está pensando… Sólo nosotros y los portugueses damos palmas, que para eso nos las subvencionan.