Todos somos húngaros

Es una de mis frases favoritas porque revela la inteligencia y cierta ironía frecuente en la cultura húngara: «mindenki magyar», «todos húngaros». Suele referirse a la galaxia de inventores, escritores, científicos y, en general, hombres y mujeres de talento que han contribuido al progreso de la humanidad. Algunos de ellos nacieron en la Hungría histórica -la anterior al Tratado de Trianon (1920)- en los tiempos de los grandes reyes húngaros como Segismundo de Hungría (1368-1437) y Matías Corvino (1443-1490), el monarca humanista cuya biblioteca podía rivalizar con la de Lorenzo el Magnífico. Fue el tiempo de János Vitez (1408-1472), el cuadragésimo quinto arzobispo de Esztergom y eximio latinista a quien János Hunyadi puso a cargo de su correspondencia internacional y de la educación de su hijo Matías. Fue también la época de János Thuróczy (1435-1488/89), el afamado autor de la «Chronica Hungarorum».

Sin embargo, se suele decir «mindenki magyar» más a propósito de tantas personas de inteligencia e ingenio que nacieron o trabajaron fuera de Hungría en distintos momentos a lo largo del siglo XIX. János Irínyi inventó la cerilla segura a los 19 años allá por 1836. Albert Szent-Györgyi aisló la vitamina C en 1928 y ganó el premio Nobel de Medicina en 1937. Dénes Gábor inventó el holograma en 1947 y ganó el Nobel de Física en 1971. Ernö Rubik patentó su famoso cubo en 1977. Las diásporas húngaras en el resto de Europa, América y Australia están llenas de señores como Ladislao José Biro (1899-1985), inventor del bolígrafo -que en Argentina se sigue llamando «birome»- primero con un prototipo en Budapest y después con un modelo perfeccionado en Buenos Aires. De origen húngaro son Zsa Zsa Gábor, Alanis Morissette y Estée Lauder. Húngaros eran Ladislao Kubala y Ferenc Puskás, a quien apodaron «cañoncito pum» por la fuerza de su chute de izquierda. Todos eran y son húngaros de nacimiento o de ancestros. 

PUBLICIDAD

En realidad, la propia expresión que se emplea para denominar la nación húngara tiene un sentido algo más profundo de lo que parece. «Magyar Nemzet», la «nación húngara», comparte campo semántico con los sustantivos que denominan la descendencia, el clan y la familia, el crecimiento y la procreación. Uno es húngaro porque abraza una cultura y un legado que se transmite a través del tiempo. Quizás los grandes escritores húngaros serían más conocidos si escribiesen en alemán -la otra gran lengua del Imperio Austrohúngaro- pero entonces la lengua se habría perdido y, con él, una parte inseparable de la identidad húngara. 

Así, distribuidos hoy a lo largo de toda la cuenca de los Cárpatos y en diásporas que se extienden por cinco continentes, los húngaros conservan ese legítimo orgullo de la inteligencia y el talento que Hungría ha dado al mundo en inventos, creaciones y descubrimientos. Cuando en una conversación salen a relucir los grandes logros, el húngaro enumerará, sin ostentación, pero con legítimo orgullo, esa lista de contribuciones sin las cuales el mundo sería un poco peor y algo menos bello. Todos son húngaros y todos han dado a la humanidad algo que vale la pena. 

El próximo 23 de octubre es la Fiesta Nacional de Hungría, que se celebra en el día que conmemora la Revolución Húngara de 1956. Es difícil no admirarse ante el coraje de aquellos húngaros que se alzaron contra el ejército más poderoso de Europa y, durante doce días, defendieron su patria frente a un poder formidable. Hubo ejemplos de dignidad y valentía memorables como el de János «tío» Szabó, un chófer que lideró un grupo de guerrilleros urbanos que detuvo a los tanques y las tropas soviéticas. La bandera tricolor con el agujero en el centro, de donde se había eliminado el símbolo comunista, se convirtió en la bandera de la libertad en Europa Central; una bandera, por cierto, que los Estados Unidos y sus aliados decidieron no defender por el temor a enfrentarse con la URSS.

Sin embargo, en ese día de fiesta y memoria, me gusta recordar también esa legión de poetas, humanistas, inventores y científicos que muestran al mundo el genio húngaro y su contribución al mundo. Recuerdo los campos de Lavanda alrededor de Pannonhalma- todo europeo debería visitar esa abadía para comprender el continente en el que vive- y los viñedos en torno a Eger y Tokaj. Mientras siento nostalgia de los atardeceres sobre el Danubio, recuerdo a Ferenc Fejtő y a Sándor Márai y murmuro «mindenki magyar». Quizás sea que, en el fondo, todos los que hemos jugado con el cubo de Rubik o escribimos con birome, todos los que amamos los libros de la Biblioteca Corviniana o estudiamos la lengua; todos nosotros, digo, somos de alguna forma también un poco húngaros.

Feliz día nacional de Hungría.