Sobre los hombres exitosos

Aunque nos resistamos a reconocerlo, en muchas ocasiones orientamos nuestras acciones a fines inadecuados. Obramos el bien para recibir el aplauso de nuestros contemporáneos, y no por el bien en sí mismo; alimentamos al hambriento por amor al elogio, y no por amor al hambriento; o encaminamos nuestra actividad profesional al éxito, obviando que ésta sólo cobra pleno sentido cuando la ponemos al servicio del prójimo. Es el resultado de nuestra naturaleza precarizada y malograda por el pecado original.

Si preguntamos a un estudiante universitario acerca de sus objetivos futuros, es probable que entre ellos mencione el éxito. Y a nosotros nos resultará natural que lo haga. ¿Quién no aspira a cosechar logros en su trabajo?, ¿quién no desea causar una grata impresión en su jefe? Lo cierto, sin embargo, es que el éxito sólo es saludable cuando, en lugar de un fin, constituye un efecto no deseado, un molesto producto del trabajo bien hecho. Quien vive para el éxito es esclavo de él; quien sobrevive a pesar del éxito es tan libre como el aleteo de una mariposa.

PUBLICIDAD

Lo intuye mucha gente, pero poca se revela capaz de expresarlo: darle excesiva importancia al éxito nos aleja de Dios. Máxime en esta época, cuando la frivolidad es condición sine qua non para agradar a un número sustancial de personas (debidamente sustancial para considerar ese agrado exitoso).

Nuestra desnudez ante Dios

Sin embargo, el gran problema no radica tanto en los medios que utiliza el hombre para alcanzar el éxito como en la cerrazón a Él del hombre exitoso. No en vano, éste está acostumbrado a que sus congéneres lo alaben por sus inefables méritos, a que se descubran la cabeza ante él como se la descubrirían en presencia de un temible monarca. Cuando alguien se toma demasiado en serio el éxito, corre el riesgo de olvidar que está hecho de la misma materia perecedera que el obrero que se desloma por cobrar su jornal.

Parece lógico que un hombre así, habituado a recibir ditirambos a diestro y siniestro, rehúya a Dios. Porque ante Él todos nuestros méritos se desvanecen, eclipsados por su majestad. Nos ama como hombres, y no como hombres de éxito; nos valora por nuestra fe, y no por la astucia con que nos conduzcamos en el mercado laboral; nos juzga a nosotros, y no la imagen que los demás tienen de nosotros. Decir sí a Dios es despojarnos de todas las máscaras de elogios que cubren nuestro verdadero rostro, iniciar una relación con Alguien que no ama nuestros logros, sino a nosotros.

En realidad, la mirada que Dios nos dirige es semejante a la del niño. Éste nunca admirará al presidente de Repsol por haber llegado a ser presidente de Repsol, sino por haber llegado a ser un hombre adulto. Los negocios que haya logrado le resultarán indiferentes, no suscitarán en él el más mínimo asombro. Como mucho, le fascinarán detalles que, en su estupidez, los adultos pasan por alto: que sea capaz de levantar objetos pesados o que, por ejemplo, cuente cuentos con tanto dramatismo. La mirada inocente del niño iguala, así, al exitoso y al fracasado, al rico y al pobre.

El sentido del ridículo

Lo cierto es que, para desgracia del aristócrata, los seres humanos tienen mucho en común. La necesidad de orinar, sin ir más lejos, es prueba de nuestro hermanamiento, pues afecta al oligarca y al proletario, al noble y al campesino. Pero esa necesidad concreta revela algo incluso más importante: que ni nuestros éxitos ni nuestro estatus conseguirán ocultar jamás lo ridículo de nuestra condición, que florecerá en el momento menos esperado. Cuando la alocución angelical del filósofo se encuentra en su punto más álgido y sublime, un intenso dolor en la vejiga pone los pies del ponente en el suelo; le recuerda que, a pesar de todo, no es más que un hombre.

Quizá reconocer nuestra necesidad de orinar – o de sonarnos los mocos – constituya la humillación indispensable para que las puertas de nuestra alma se abran, exultantes, a la Gracia.