Sobre el Genocidio Armenio

En España, hablamos poco del Genocidio Armenio (1915-1923). Esto no deja de ser sorprendente en una sociedad tan abierta a la solidaridad y el reconocimiento del dolor ajeno. Salvo algunas excepciones, la destrucción de los armenios del Imperio Otomano entre 1915 y 1923 ni se recuerda ni se conmemora. Algunas de las comunidades cristianas más antiguas del mundo fueron exterminadas. Incendiaron sus iglesias. Profanaron sus cementerios. Bibliotecas enteras, que contenían manuscritos de incalculable valor e infinita belleza, ardieron por completo. La primera nación en abrazar la fe de Cristo – la conversión de Armenia data del año 301- es hoy la gran olvidada de millones de cristianos en Europa y, particularmente, en España.

El camino que condujo al Gran Crimen -otro de los nombres que recibe esta tragedia- partió de la estigmatización de los armenios y de otras comunidades cristianas a las que se consideraba sospechosas de deslealtad hacia el imperio. Al odio religioso, se sumó el odio político. El régimen laicista de los Jóvenes Turcos trató de construir una identidad nacional de la que los armenios fueron quedando excluidos. Los mismos que habían vivido durante siglos en las fronteras del imperio, eran alienados en su propia tierra. La prosperidad que conocieron los armenios en los siglos XVI, XVII y XVIII cedía ante la necesidad de un chivo expiatorio al que culpar de los males que aquejaban al imperio. A la necesidad de reformas que los armenios reclamaban a través de sus partidos políticos, el imperio respondió con una represión creciente.

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Quizás el punto de partida pudiera fijarse en el Tratado de San Stefano de 1878, que puso fin a la Guerra Ruso-turca (1878-1878). Aunque después las fronteras serían rediseñadas en el Tratado de Berlín de 1878, era evidente que la Sublime Puerta era ya el “enfermo de Europa”. El proceso de declive que comenzó con la Paz de Karlowitz de 1699 había entrado en una nueva etapa con la victoria rusa de 1878. En Constantinopla, se temía que los armenios creasen un Estado y actuasen como una “quinta columna” al servicio de los zares. Las Masacres Hamidianas (1894-1896) impusieron sobre los armenios el terror. El sultán Abdul Hamid II se ganó el apodo de “El rojo” por la sangre derramada aquellos años. Las estimaciones oscilan entre 200.000 y 300.000 armenios muertos. En Urfa, tres mil armenios fueron quemados vivos en el interior de la catedral donde se habían refugiado. En Estambul, mataron a dos mil. Los ejecutores fueron bandas de kurdos y tropas de irregulares -los siniestros “regimientos hamidianos”- que aprovecharon para saquear y robar.

Tras las Masacres Hamidianas vino la Masacre de Adana (1909). Entre 20.000 y 30.000 armenios encontraron la muerte a manos de soldados turcos y partidas de tropas irregulares. Los testimonios de los misioneros estadounidenses y de los diplomáticos que accedieron a la zona son estremecedores. El cónsul británico adjunto Doughty Wylie, por ejemplo, declara que vio “matar a varios hombres ante las mismas narices de la guardia turca” y que “la ciudad estaba llena de una turba vociferante que saqueaba las tiendas. Los soldados turcos disparaban sobre los armenios que trataban de defender sus propiedades, no sobre los saqueadores.

La etapa final llegó con la I Guerra Mundial (1914-1918). El Comité Unión y Progreso, que había llegado al poder en 1908, constituyó en agosto de 1914 la llamada “Organización especial”, un grupo paramilitar que perpetraría buena parte de las atrocidades contra los armenios. En enero de 1915, se desarmó a los soldados armenios del imperio. El 24 de abril de 1915 las élites armenias de Constantinopla fueron detenidas. Entre los arrestados había políticos, escritores, músicos, periodistas, profesores, poetas… En un mes, se los deportó a Anatolia. A muchos los mataron por el camino; por ejemplo, al diputado Krikor Zohrab. La redada del 24 de abril fue el precedente de lo que vendría. Por todo el imperio y so pretexto de una deportación provisional, se detuvo a los armenios y se los deportó a los desiertos, donde -además de los muertos en matanzas- muchos morirían de hambre, sed y enfermedades en Siria y Mesopotamia. Entre los crímenes cometidos se cuentan ahogamientos, quemas de personas en vida, envenenamientos, fusilamientos y ahorcamientos. Hubo actos de resistencia heroicos como la resistencia en Siria que Franz Werfel narró en “Los cuarenta días de Musa Dagh”. Muchos años después, Haika Grossman, partisana y combatiente en los guetos contra los nazis, contaría que esta novela circulaba de mano en mano entre los resistentes judíos. Nada menos que Marcel Reich-Ranicki, el gran crítico literario apodado “El Papa de la Literatura”, recordó la lectura de la novela en los guetos durante el Holocausto.

Los estudios históricos difieren en el número de víctimas mortales. Las estimaciones más bajas las cifran en 600.000 y las más elevadas en 1.800.000. Las comunidades armenias jamás se recuperaron del exterminio. El incendio de Esmirna en 1922 simboliza el último episodio de la destrucción de los armenios del antiguo imperio otomano. En el Tratado de Lausana de 1923, a los armenios ni se los mencionó. Al exterminio, se sumaría en adelante el intento de imponer el olvido.

En la República de Armenia y en la diáspora, el 24 de abril es la fecha en que esta tragedia se conmemora. El memorial de Tsitsernakaberd, en Ereván, se llena de gente venida de todos los rincones del país a depositar flores en recuerdo de los muertos. 29 países, entre ellos los Estados Unidos, la Federación de Rusia, Polonia, Francia, Alemania, Austria e Italia han reconocido el Genocidio Armenio. Lo mismo han hecho la mayor parte de los países de Hispanoamérica. La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa hizo lo propio el 24 de abril de 1998. Desgraciadamente, España está llegando tarde a esta cita con la Historia.