Sin una ‘economía viva’ no hay España

Sucedió en 2016, un matrimonio interrumpió el pleno del Ayuntamiento de Cádiz, angustiado por su delicada situación. La pareja, tras terminar en la cola del paro y sin expectativas de encontrar otro empleo, decidió acogerse a las ayudas para emprendedores y montar un negocio familiar. Pero las cosas no habían marchado como esperaban. Su diminuta empresa nunca funcionó. Solo les sirvió para amontonar deudas. En poco tiempo, ni siquiera podían pagar el alquiler o el suministro eléctrico.

Desesperados, pues tenían dos niños muy pequeños, decidieron irrumpir en el salón de plenos para pedir ayuda. Al fin y al cabo, el edil, durante la campaña electoral, había prometido empleo y vivienda para todos, acabar con los desahucios y que no se cortara el suministro eléctrico por impago a quienes se encontraran en apuros. Obviamente, la pareja fue desalojada del ayuntamiento tal y como llegó: con una mano delante y otra detrás, y sin ninguna solución.

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La Gran recesión y la locura del emprendedor a granel

El error de este matrimonio no fue solo creer que los gobernantes podrían resolver sus problemas, sino dejarse embaucar por la propaganda oficial del emprendimiento. Creyeron que podían montar su propio negocio y ganarse la vida, aunque no tuvieran conocimientos ni cualidades para ello. Así que capitalizaron sus prestaciones por desempleo y las invirtieron en un pequeño negocio familiar. Con esta simple operación, ellos tendrían un trabajo y los dirigentes podrían asear las estadísticas del paro. Lo que no sabían y nadie les dijo es que no todo el mundo sirve para ser empresario.

Durante la Gran recesión, los políticos recurrieron al atajo del emprendimiento de forma masiva para reducir las disparatadas cifras de desempleo, ideando incentivos de todo tipo y pelaje, como la posibilidad de cobrar en un solo pago toda la prestación por desempleo, las tarifas planas temporales para nuevos autónomos o las falsas subvenciones, que luego hay que devolver con intereses, justo cuando la quiebra asoma en el horizonte.

Sabían que esta estrategia era un disparate, porque animaría a muchas personas desesperadas a jugarse su futuro a una sola carta, sin cualificación y sin conocimientos para gestionar un negocio. Pero esta conversión permanente de parados desesperados en empresarios ficticios serviría para sanear las estadísticas.

La inmensa mayoría verían sus vidas arruinadas en muy poco tiempo, pero también rápidamente serían reemplazados por nuevos incautos si los incentivos y la propaganda se mantenían en el tiempo. Un endiablado círculo vicioso que serviría para ocultar la realidad del desempleo, generando a la vez un tejido económico cada vez más frágil, saturado de negocios diminutos y empresas sin ninguna posibilidad de consolidarse y crecer.

Hoy estamos pagando las consecuencias, porque una proporción enorme del empleo actual cuelga de este error. Es una bomba de relojería.

Es falso, cualquiera no puede ser emprendedor

Animar indiscriminadamente a todo el mundo a convertirse en “emprendedor” es una estrategia irresponsable que suele desembocar en dramas personales, porque ser empresario sólo está al alcance de un porcentaje reducido de personas, una proporción que se reduce aún más en economías inestables, con gran incertidumbre y en constante transformación, como la española.

Por más que los libros de autoayuda vendan lo contrario, no hay recetas para el éxito, ni siquiera trucos que garanticen al menos no arruinarse por completo. El emprendimiento requiere de un carácter muy determinado, porque está sometido a la incertidumbre permanente. Un año puedes triunfar y al siguiente quebrar. Y es que, contrariamente a lo que se cree, el factor suerte suele ser determinante.

Hace falta temple, intuición, creatividad y una enorme resistencia para optar siquiera a concursar entre la supervivencia o la quiebra de un negocio. Del éxito, mejor no hablar. Solo un puñado de elegidos lo alcanzarán. El conocimiento estandarizado puede adquirirse mediante el estudio y la formación, pero las cualidades nucleares del empresario son innatas. La principal es una reducida aversión al riesgo, es decir, en palabras de Nassim Taleb, la capacidad de jugarse la piel con perspectivas inseguras. En España, además, es imprescindible ser inasequible al desaliento.

El cepo administrativo

Por más que los políticos se empeñen en confundir causa y efecto, la realidad es la que es: en España no faltan emprendedores, sobran trabas. El problema no es la genética de los españoles, sino el entorno institucional. Quienes verdaderamente poseen vocación y dotes para emprender no necesitan ser engañados por la propaganda, porque crear riqueza es consustancial a su carácter. Lo que necesitan es un ambiente adecuado, un entorno sin trabas administrativas, sin privilegios, con impuestos razonablemente bajos e inteligibles y, sobre todo, seguridad jurídica.

No se trata sólo de simplificar los trámites para crear una empresa; lo importante son los numerosos obstáculos que aparecen una vez se inicia la actividad. Esa es la verdadera trampa administrativa, con sus normativas maliciosas y cambiantes, su impuesto de sociedades que más parecen un sudoku ideado para sancionar que para redistribuir, su expolio y su corrupción. Si el ambiente es hostil para los emprendedores auténticos, imagine el tormento que aguarda a quienes realmente no lo son.

El desastre del emprendimiento en masa

Incitar al emprendimiento de forma masiva e indiscriminada tiene graves consecuencias adversas, cuyos costes son extraordinarios. El consiguiente e inevitable fracaso masivo de empresarios, que jamás debieron serlo, sirve para disuadir a quienes sí poseen las cualidades adecuadas para probar suerte. Es, por así decir, como una vacuna que inmuniza a la sociedad frente a la “enfermedad” del emprendimiento. De ahí que, en España, se propague la vocación funcionarial en detrimento de la actividad privada.

También es responsable en buena medida de la pésima imagen del cuerpo empresarial español, donde abundan los jefes incompetentes, incapaces no ya de crear empresas estables y con proyección, sino entornos laborales sanos, donde los trabajadores pueda promocionarse, y no caigan en el descreimiento, la apatía y la picaresca.

Establecer incentivos indiscriminados para que cualquiera monte una empresa contribuye, en definitiva, a asociar la figura del empresario con el perfil de cacique decimonónico autoritario, cenutrio e incompetente.

Parasitar el fracaso

Por razones partidistas eideológicas, solo se habla de brechas de género, y se olvidan las brechas reales, las verdaderamente perjudiciales, las que afectan a mujeres y hombres, a jóvenes y adultos, a todo el mundo. Una es la brecha del desempleo estructural español, a años luz de Alemania, Gran Bretaña, Irlanda, Suecia, Finlandia, Francia e, incluso, Portugal. Y la otra es la ridícula proporción de empresas grandes y medianas.

En España, sólo el 0,12% de las empresas alcanza los 250 empleados. El 99,98% son pymes y micro pymes, y de ellas depende el 74% del empleo. Una anomalía que no se reproduce en ningún país de nuestro entorno… en ninguno. Así que algo estamos haciendo rematadamente mal.

Con todo, lo más alucinante es que alrededor de esta “cultura del emprendimiento imposible” se ha proyectado una industria administrativa, fiscal, funcionarial y política que vive -no se lo pierdan- del fracaso masivo. Es decir, rizando el rizo de horror, los padecimientos de millones de españoles tienen una función: la parasitación del fracaso.  

Si queremos una España viva, debemos solucionar esto con urgencia. O cada vez que entremos en una recesión, aun en la más insignificante, el desempleo seguirá estallando. Y así es imposible que los españoles tengan un horizonte vital. Es imposible, en definitiva, creer en España.