Signos de lo Alto

En las antiguas notarías a las que alguna vez hube de acompañar a las personas mayores de mi familia, creo recordar que solía haber, si la memoria no me traiciona, entre legajos, códigos, y repertorios de jurisprudencia, un detallito ornamental, y hasta cierto punto humorístico, consistente en tres monitos sentados, de los que uno se tapaba los oídos, otro la boca y otro los ojos, y que venían a constituir una especie de iconografía de la deontología del escribano o fedatario. Esos tres monitos me los trajo a la memoria el trío de supervivientes de los siete sabios de Gredos que engendraron la Constitución, sentaditos los tres en el hemiciclo del Congreso en los fastos del cuadragésimo aniversario de la criatura.  La Constitución del 78 cumplía sus cuarenta años, una edad en la que la mujer, según el viejo chascarrillo, es como América, técnicamente perfecta, razón de más para echar las campanas al vuelo, como se hizo, o se intentó por lo menos, en la sede de la “soberanía nacional” con asistencia de los “padres de la patria” y representantes de las altas instituciones del Estado en torno a SS. MM. los Reyes y la Familia Real. De no ser por la “greña jacobina” y el “torpe aliño indumentario”, dicho sea con palabras ilustres, de la “España de la rabia y de la idea”, presente también en el hemiciclo, diríase que el espectáculo televisivo de los fastos constitucionales, con desfile de tropas inclusive, era una secuencia de las películas sobre Sissí emperatriz que en esos mismos días transmitía la cadena episcopal.  

Puede decirse que, con excepción de los de “la rabia y de la idea” (fija), todos los oradores rivalizaron en presentar una imagen triunfalista, como se decía en otras coyunturas, del período más próspero y benéfico de tolerancia, diálogo y convivencia de la nación en su tránsito por la senda constitucional encabezada por el mejor rey de todos los tiempos.  Sólo los tres viejecitos de la primera fila parecían impasibles: uno, el sordo, con cara de pillado en falta, el ciego, con gafas de buho y cara de piedra, y el mudo, con una sonrisa de pillín que echa la culpa a los otros dos.

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De puertas afuera era otro cantar, y esa visión surrealista contrastaba fuertemente con el crudo realismo de “lo que pasa en la calle”, dicho sea también con palabras ilustres, y lo que pasaba en la calle era que una de las autonomías en que se subdivide la nación llevaba más de un año en rebelión declarada que no había llegado más lejos porque un partido extraparlamentario, unos jueces independientes del poder político, una recuperación de los símbolos nacionales por españoles orgullosos de serlo y una insólita intervención del Jefe del Estado pusieron pie en pared frente a los que, con el consentimiento y el fomento de gran parte de la clase política, se ponían al margen de la festejada Constitución.  

El lenguaje de esos próceres del hemiciclo, culpables casi todos de que la decantada Transición haya sido un plano inclinado desde sus primeros pasos, y sobre todo su reacción ante la sorprendente reacción nacional de los comicios andaluces, me recordaban algo, más por sus consignas rancias que por sus descalificaciones groseras, al de los dignatarios del “régimen anterior” que se encaminaba hacia su ocaso, cuando la anunciada pazada por la izquierda era imparable en un país que ya se consideraba “mayor de edad.”  Por aquel entonces unos astrónomos habían detectado en el sol unas manchas negras y yo escribí unos versos que empezaban así: De veinte en veinte años, quizá de treinta en treinta/ -para algunos países de cuarenta en cuarenta – / al sol le salen manchas / y cae la sombra sobre algunos hombres.  Cuarenta años después, en septiembre de 2017, volvía una de mis hijas de Estados Unidos y al aproximarse a España tuvo el acierto de fotografiar las primeras luces del amanecer en las que el sol y las nubes formaban la bandera española.  Tampoco yo desaproveché la ocasión de escribir un poema titulado Signos de lo Alto. Nada de particular tendría que del mismo modo que las manchas negras del sol anunciaban los cuarenta años de pazada por la izquierda, la bandera en el amanecer sobre España anunciara otros tantos de pasada por la derecha.  Conviene recordar que, pocas horas antes de su muerte, Unamuno dio un puñetazo en su mesa de camilla y exclamó: ¡Dios no puede darle la espalda a España!