Semana de la paz en Marinaleda

En estos días, quizás los más grandes en tierras andaluzas, siempre me acuerdo de María la de Betania. Aquella que, a pocos días de la Pasión, derramó en los pies de Cristo un perfume que equivalía a trecientos días de salario. Un derroche que a Cristo le agradó, como supongo le agrada la plata con que aquí se corona a su madre, el pan de oro de los respiraderos de sus pasos, el monte de claveles frescos que cada año prepara para sus pies desnudos. Un derroche deslumbrante y reverencial que cada Semana Santa prepara esta tierra toda; toda salvo Marinaleda.

El ayuntamiento, que desde hace cuarenta años lidera Sánchez Gordillo, ha sustituido la Semana de Pasión por la Semana de la Paz. En su web aseguran que se debe a que la Semana Santa está demasiado “sacralizada”, lo que equivale a decir que el color rojo no debería ser tan rojizo. Aseguran a reglón seguido que es preferible “mirar a los ojos de tus semejantes que están en paro” a “andar rezándole a ídolos de escayola que representan a un Dios demasiado en las alturas y demasiado inútil para resolver los problemas concretos de la gente concreta”, que para eso ya está Sánchez Gordillo.

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Con todo, este reducto anticlerical tiene a su vez su reducto cofrade, ya que, por iniciativa de algunos marinaleños, el Viernes Santo realizan su estación de penitencia las hermandades de Jesús Nazareno y la Virgen de los Dolores. Lo hacen con la connivencia pero sin el apoyo del ayuntamiento, que está entonces dedicado al apretado calendario de actos que vertebran su Semana de la Paz. Así, el mismo Viernes Santo se presenta un documental, un poemario y, como colofón, canta “El cabrero”. El jueves hay una charla del FAI (“frente antiimperialistainternacional”), y el sábado, día grande, el festival por la paz con la intervención de diferentes grupos de ska, reggae y rap. El domingo, finalmente, cuando el resto de Andalucía anda con los pies en alto y quizás celebrando menos de lo que debiera la Resurrección, Marinaleda organiza una excursión ciclista en la que, advierten los revolucionarios, el uso de casco es obligatorio.

Los que vivimos por aquí ya estamos acostumbrados a las ocurrencias de Sánchez Gordillo y, de hecho, si la gente lo vota y apoya, que haga lo que le venga en gana. Sin embargo, si yo fuera de Marinaleda, me escamarían dos cosas. Uno: que mientras el resto de andaluces andan atravesando nubes de incienso, paseando tallas de Juan de Mesa al ritmo de cornetas y tambores, dejando caer, en cuestas elegidas, una lluvia de pétalos, allí anden escuchando a sindicalistas trasnochados de higiene ambigua: la estética, en muchas ocasiones, indica el camino de la verdad y del bien. Dos: que un pueblo que se declara utópico y que, no contento con ello, pretende llevar la utopía a la práctica, renuncie a un periodo de penitencia que necesitaría como el comer.