Seguimos en el siglo pasado

Moshé Lewin, el célebre historiador de la URSS, tituló a su última gran obra “El siglo soviético” (2005) como si en esas palabras se resumiese todo el siglo XX, cuya brevedad se extiende –en términos históricos- desde 1914, el asesinato del archiduque Francisco Fernando en el Puente Latino de Sarajevo, hasta 1991, el año en que la Unión Soviética fue finalmente destruida.

Tal vez la caracterización de Lewin sea limitada –no incluye la experiencia fascista ni la nazi- pero contiene una intuición acertada. El siglo pasado, a cuya sombra vivimos, fue el de los totalitarismos. Tal vez si hubiese que identificar un lugar en el que se encierra la tragedia, el horror y el dolor de nuestro tiempo sea el “campo” como sitio simbólico de encierro y muerte. El rigor histórico exige distinguir entre campos de prisioneros y de trabajos forzados, campos de tránsito y de refugiados, campos de concentración y campos de exterminio. Sin embargo, el término sigue designando un espacio de excepcionalidad radical. Nada de lo que hay en él pertenece al mundo ordinario de los que están fuera de su perímetro.

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Los comunistas, los fascistas y los nazis siguen alzando sus siniestras siluetas sobre Europa. Hace menos de cien años, los seguidores de Lenin y Stalin, Mussolini y Hitler despertaban pasiones en las masas de nuestro continente. Parecían el futuro, no el pasado. Apelaban a la modernidad, la voluntad inquebrantable y la mitología revolucionaria. Influyeron en todo el continente. Por supuesto, también en España.

En efecto, Machado escribía así a la Rusia de los soviets: “¡Oh Rusia, noble Rusia, santa Rusia,/ cien veces noble y santa/ desde que roto el báculo y el cetro,/ empuñas el martillo y la guadaña”. Giménez Caballero escribía en El Fascio que “es hora ya de decir que el Fascismo, consecuencia de la Revolución rusa, es el triunfo de lo social: nacionalizado, universalizado, racionalizado” para celebrar a continuación el espíritu de Roma: “ni Oriente ni Occidente, sino lo universal, lo ecuménico. Ni Moscú ni Ginebra: Roma”. En 1931, desde las páginas de “La conquista del Estado”, Ramiro Ledesma Ramos describía la situación alemana en términos entusiastas: “en Alemania, las falanges combativas y magníficas de Hitler representan la superación de las soluciones viejas. Son hombres jóvenes, en su mayoría de treinta a cuarenta años, con nuevas ideas y nuevos afanes. Nunca comprenderán los supervivientes de anteguerra esa capacidad de sacrificio que domina a las gentes recién llegadas, disponiéndose a ofrecer sus vidas en pro de unas esencias políticas que ellas traen consigo”. No fueron los únicos. Desde Rafael Alberti hasta Onésimo Redondo, el ímpetu juvenil y la creencia en el advenimiento de un tiempo nuevo despertaron simpatías por regímenes abominables.

Algunos tienden a pensar que la “intelectualidad” será una salvaguarda frente a la deriva irracional de nuestras sociedades, pero la historia nos demuestra que no siempre fue así. En “Creer y destruir, los intelectuales en la máquina de guerra de las SS” (2017), Cristian Ingrao advertía de la cantidad de intelectuales con títulos superiores que se pusieron al servicio de las SS. En el caso soviético, desde poetas hasta compositores, abrazaron la utopía soviética que, por cierto, terminó devorando a muchos de ellos.

Siguen abiertas cuestiones que tocan la fibra más sensible de las sociedades europeas con todas sus incoherencias. Louis-Ferdinand Céline, autor de la gran novela “viaje al fin de la noche “(1932) y de “Bagatela para una masacre” (1937), un panfleto antisemita atroz, sigue protagonizando polémicas después de muerto como la del homenaje que el gobierno francés pretendió rendirle en 2011 y que, finalmente, se canceló. Las simpatías que en Europa Occidental despiertan los autores comunistas pasados y presentes sigue siendo motivo de tristeza y desconcierto para muchos.

Quizás esta sea una de las grandes diferencias entre los países de Europa Central y Oriental, que atravesaron el horror del nazismo y el comunismo, y aquellos en los que el comunismo pretendió revestirse de “rostro humano” hasta despertar simpatías en ciertos círculos de izquierda. Sartre justificaría la violencia revolucionaria sosteniendo que “El Terror es la violencia de la libertad común contra la necesidad”.

En el siglo XXI, no hemos terminado de salir del siglo XX. El Führer, el Duce y el Padrecito Stalin no acaban de irse. Ahí siguen sus fantasmas, sus tinieblas y su espantosa capacidad de fascinar a algunos como ya sucedió en el pasado. Frente a ellos, sólo cabe reivindicar la razón, el juicio crítico, la tradición humanística de Jerusalén, Grecia y Roma y –en fin- esa dignidad intrínseca de todo ser humano sobre la cual nuestra civilización se alza.