Rescatar la cultura popular

Cuando le preguntaron qué aconsejaría a los artistas que empiezan, el gran Pepe Marchena, maestro de cantaores, respondió con seguridad “que beban buen vino, que gasten dinero en vivir bien y que sean aficionados a los toros y a todas las cosas españolas”. No era una mala recomendación. La gran voz de las tarantas, los fandangos y las malagueñas de la ópera flamenca sabía bien lo que se traía entre manos. La cultura popular española es un venero riquísimo al que uno siempre puede acudir en tiempos de sequía espiritual. 

Si la Generación del 98 rescató el paisaje castellano y la dignidad de la España del interior -que parecía eclipsada por la pujanza de Madrid y Barcelona- la del 27 reconoció la belleza y la profundidad del cante jondo, la tauromaquia y el romancero. Lorca dedicó al cante grande dos libros –“Poema del cante jondo” y “Romancero gitano”- y varias conferencias entre las que destaca la bellísima “Teoría y juego del duende”. La relación del poeta con el mundo gitano nos llevaría ahora muy lejos. Baste remitirnos a las páginas que le dedica Manuel Bernal Romero en “El flamenco y la generación del 27”, publicado por la editorial sevillana Renacimiento. 

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En el caso del flamenco, pongamos por caso, el “Primer concurso de cante jondo” celebrado en la plaza de los Aljibes de Granada los días 13 y 14 de junio de 1922 no sólo marcó un hito en el flamenco, sino en toda la cultura española. En torno a sus organizadores, Miguel Cerón y Manuel de Falla, se dieron cita Lorca, Fernando Vílchez, Fernando de los Ríos, Zuloaga, Andrés Segovia, Joaquín Turina, Ramón Pérez de Ayala entre otros. Pocos años más tarde, el torero, escritor y mecenas Ignacio Sánchez Mejías impulsó el homenaje a Góngora organizado por el Ateneo de Sevilla en la sala de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de la ciudad. Por supuesto, incluyó una fiesta flamenca en la finca de Sánchez Mejías en Pino Montano. A nadie se le hubiese ocurrido pensar que el arte popular debía desarraigarse para hacerse “universal”. 

Sin embargo, desde hace décadas, la cultura popular española ha venido sufriendo un descrédito que se dividía entre la burla y la estigmatización que han sufrido, por ejemplo, los toros. Las formas de vida de la España rural -la matanza, por ejemplo- iban acumulando sobre sí etiquetas que denunciaban la violencia, la crueldad, la sangre que rezumaba todo aquello. Si alguna forma de cultura quería ser aceptada, tenía que renunciar a reconocerse como española para pasar a ser sólo -nótese el adverbio- universal. Como si el ser humano crease a partir del aire y no de tradiciones que hereda. Como si cualquier forma de la cultura popular española estuviese abocada a ser una “españolada”. 

Así, en los años 80, todo lo español fue quedando arrinconado en un proceso lento pero constante. Hasta la misma palabra “España” debía evitarse salvo que se acompañase del adjetivo “franquista”. Los nacionalistas aprovecharon las manifestaciones culturales de las regiones de España para su agenda política y desdibujaron lo que tenían en común para subrayar únicamente sus diferencias. En torno a ellos, se crearon redes clientelares que servían a los intereses políticos nacionalistas. Hoy en Cataluña, por ejemplo, tanto el catalán como la cultura popular de esta parte de España están secuestrados por los nacionalistas. Otro tanto sucede en el País Vasco y en otras comunidades autónomas. 

Por eso, debemos rescatar la cultura popular española –desde las procesiones, las romerías y los bailes hasta la tauromaquia y la gastronomía vinculada a la caza- y defender todas estas cosas sin complejos. España es hija de los pueblos que por ella han ido pasando y que aquí se establecieron. Es europea, americana y africana. Mira a tres continentes. España no necesita olvidar sus raíces para abrirse al mundo. Si olvidamos esto, no entenderemos nada de la guerra cultural que se está librando hoy en nuestro país y en nuestro continente. 

Hay signos de recuperación. Hace ya algún tiempo que a los toros han vuelto los jóvenes de forma visible. Me gusta verlos y alguna vez he reconocido en las Ventas a algún alumno de la universidad con sus amigos. En los festivales de flamenco, por ejemplo, no falta público juvenil, aunque me temo que sí escasea en algunas peñas y tablaos. 

Sospecho, no obstante, que, por suerte, se sigue viajando mucho a Londres; pero, por desgracia, poco a Salamanca. Se peregrina mucho a Nueva York (¡bien!) y poco a Cuenca (¡ay!). Se viaja mucho a París y poco a Ronda. Así nos va. Camarón, que dio conciertos fabulosos en Francia, en Suiza y en los Estados Unidos y se abrió a su tiempo revolucionando el cante, jamás renunció a sus raíces.

Y a ellas debemos volver en España y en Europa.