Recen por Europa

¡Pobres Cirilo y Metodio! El consumismo asociado a la fiesta de San Valentín, el «día de los enamorados», les ha arrebatado el merecido protagonismo que deberían tener como copatronos de Europa y apóstoles de los eslavos. Tampoco a Valentín le va mejor, no se crean. Con las andanadas que la izquierda le está disparando al amor romántico, dentro de poco ni se podrán regalar flores, ni se podrán escribir poemas de amor ni podrán los mariachis ir a cantar a nadie bajo la ventana. Así nos va. Uno se empieza olvidando de los santos y termina cargándose los amores tormentosos de las coplas que cantaban Doña Concha Piquer y Miguel de Molina. Así nos va. 

En España y, en general, en Europa Occidental, se habla poco de los pueblos eslavos. Si la frontera del Rin y el Danubio nos queda lejana -nosotros siempre fuimos más del Mediterráneo y el Atlántico- los pueblos que vivían allende el limes, la vieja frontera romana, directamente estaban donde da la vuelta el aire. Sin embargo, el Camino de Santiago, la empresa imperial y, en general, la vocación europea de España nos acercó a esos pueblos que Cirilo y Metodio evangelizaron a partir de Moravia, en la actual República Checa. Su historia es admirable. 

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De origen griego -es decir, bizantino – corría el año 863 cuando el Basileo Miguel II los envió a solicitud del príncipe Rastislao de la Gran Moravia, que pidió al emperador «un Obispo y maestro, … que fuera capaz de explicarles la verdadera fe cristiana en su lengua». Allá fueron estos dos hermanos, monjes de formación intelectual extraordinaria, que legaron a los pueblos eslavos, entre otras cosas, el alfabeto que toma su nombre de San Cirilo y la liturgia en paleoeslavo.

Desde entonces, el mundo eslavo ha formado parte de la cristiandad y, en varias ocasiones, la ha salvado. La Mancomunidad Polaco-lituana combatió a los tártaros y los otomanos por toda Europa Central y Oriental. Búlgaros, serbios y croatas lucharon contra los turcos en los Balcanes desde el siglo XIV tanto en los ejércitos de sus reyes como en los de la Corona Apostólica Húngara. Ahí están los que defendieron Belgrado durante el asedio de 1456 con el gran general János Hunyadi al frente. Hubo eslavos en las filas de los ejércitos bizantinos y en los de la República de Venecia. En la defensa de las plazas fuertes de Chipre y Creta -Nicosia, Famagusta, Candía – y en las de la costa del Adriático, las tropas dálmatas sirvieron a la Serenísima República con lealtad y valor. En 1683, fueron los húsares del rey de Polonia Jan III Sobieski los que acudieron en auxilio de la Viena asediada por el ejército del Gran visir Kara Mustafa. Desde Iván el Terrible, Moscovia se convirtió en un valladar frente a los tártaros. En los ejércitos imperiales de los Habsburgo sirvieron checos, eslovacos, croatas, serbios de la Krajina y eslovenos.

Católicos, ortodoxos, protestantes, uniatas… La cristiandad es inseparable de la historia de los pueblos eslavos. Incluso la presencia del islam en Europa, que ha existido y ha sido muy importante en algunos territorios, hizo de Bosnia un lugar donde se encuentran Oriente y Occidente. Así sucedió, por cierto, también en España. Del mismo modo que sin los españoles y los portugueses no puede entenderse la historia de nuestro continente, es imposible hablar de Europa sin mencionar a estos pueblos que se extienden desde el Báltico hasta el mar Negro y desde los grandes ríos de Rusia hasta los Balcanes. La expansión del imperio de los zares llevó a los rusos hasta el Lejano Oriente. 

En un tiempo en que tanto se habla de la identidad europea, volver la vista a la historia de los pueblos eslavos nos permite comprender en qué consiste esta civilización inspirada en Grecia, Roma y Jerusalén que Cirilo y Metodio encarnan. Si a Europa se la desarraiga de esta herencia, nos queda un proyecto político y económico, sí, pero nada más. Una Europa de mercaderes, pero no una Europa de catedrales como Chartres y San Basilio.

España formó parte de ese proceso de construcción de Europa no sólo durante el periodo romano, sino durante esa Edad Media deslumbrante que vio en el Camino de Santiago una ruta de peregrinación y una ruta de cultura y arte. Lo recordaba Juan Pablo II en la ciudad compostelana allá por 1982: «La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente, se puede afirmar, surgían como pueblos y naciones». Continuaba el Papa: «Yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: “lo puedo”». De esas raíces bebieron Cirilo y Metodio y a ellas nutrió su actividad apostólica. 

Por eso, el año que viene, cuando llegue el 14 de febrero, demos a San Valentín lo que es del santo y a Cirilo y Metodio lo que en justicia merecen. Recuérdenlos en sus oraciones. Lean la carta encíclica «Slavorum Apostoli» para apreciar la magnitud y la profundidad de su tarea. Recen por Europa y pídanles por ella.