¿Quién dijo consenso?

Desde que a VOX le dio por importunar en el gallinero político, no faltan entre la derecha y la izquierda quienes critican la manía que tienen los candidatos y portavoces de este partido de cuestionar el consenso establecido y de abrir debates que ya estaban cerrados. Por lo visto, para hablar de ciertas cosas (o callar, como hace el PP) hay que pedir permiso. Y son esos que dan cédulas de demócrata los que establecen qué es de lo que se puede hablar y qué es lo que ya queda establecido ex cátedra. En una sociedad en la que parece reinar un relativismo extremo, los relativistas se enfurecen cuando se relativizan sus dogmas. ¡Válganme Dios y toda la Escuela de Frankfurt! ¡Hasta ahí podíamos llegar: relativizar el relativismo!

El consenso, tan cacareado por los hooligans del régimen, no es sino una versión cañí y periodística de la teoría habermasiana de que en una democracia sólo se puede debatir dentro de unos límites, en un marco conceptual y léxico—como pontificarían nuestros académicos a la violeta— establecido por las corrientes de pensamiento que se consideran “propietarias” de la democracia. Es decir: socialdemócratas, liberales de izquierda, marxistas y postmarxistas de todo plumaje y condición. Son ellos los que establecen qué es lo que se debe discutir y qué lenguaje se debe utilizar. Quien no esté de acuerdo ni  en el objeto ni en las limitaciones expresivas queda fuera del acuerdo democrático y, por supuesto, carece del derecho a ser tenido en cuenta por el mandarinato imperante.

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Lo que se dictamine en esos debates amañados se llama “consenso” y sus conclusiones, una vez establecidas, son indiscutibles y no se pueden modificar ni negar u objetar. En España, el Osservatore Romano de la clerigalla consensual ha sido siempre El País, donde la corrección política ha hallado su forma más acabada, una suerte de New York Times de provincias, de hoja parroquial de lo políticamente correcto. El resto de la opinión publicada orbita alrededor del pálido y frígido sol de PRISA, pero con pequeños ajustes que no desmienten el macizo de la ortodoxia ni la compacta y granítica forma del discurso, hijo bastardo de la jerigonza académica establecida, por ejemplo, en el plúmbeo e inquisitorial Wadsworth Handbook, epítome y paradigma de la pesadez universitaria yanqui. De ahí la textura de ladrillo, de cemento armado, que suelen tener todos los textos salidos de las factorías de la corrección política y de los que El País, sin duda, es el modelo.

El pequeño problema de esta teoría es que hay una parte muy importante de la sociedad que no es socialdemócrata, ni liberal de izquierdas, ni marxista, ni postmarxista, ni lo que en términos vulgares se conoce como progre. Se trata de la gente de la calle, con poco o ningún respaldo académico (ya que, por la cuenta que le trae, no hay profesor universitario que se atreva a usar su libertad de cátedra para discutir el consenso), con una nula relevancia en los grandes medios de comunicación  y que está falsamente representada por los partidos de “derechas”, esas formaciones de tecnócratas carentes de ideas y cuya única función es arreglar los desbarajustes y ruinas que suele causar la aplicación del consenso a la vida y el bolsillo de las masas. El político llamado “de derechas” es realmente un conservador del consenso socialdemócrata; ni Rajoy ni Merkel han pretendido representar los valores profundamente tradicionales de sus votantes, a los que desprecian e incluso insultan, como cuando el percebe pontevedrés se quejaba de que su partido estaba lleno de fachas. Si por algo se caracteriza la supuesta “derecha” del sistema es por su absoluta falta de ideas, de una visión del mundo  propia, de una tradición política. Tan es así que, en España, ha llegado al absurdo de admitir y profundizar las políticas del consenso después de haber presentado recursos de inconstitucionalidad contra ellas. Para el PP o Ciudadanos, la popularidad en las encuestas y la eficiencia económica están por encima de los principios. En realidad, son sus únicos valores permanentes. Por eso, cuando llegan al poder y se encuentran que no tienen nada que proponer, se dedican a lo único en lo que el consenso les permite actuar, a arreglar las cuentas. Ese es el papel de la “derecha”: jamás derogarán ninguna norma de carácter cultural, ideológico y político aprobada por las izquierdas. Su papel es meramente contable y nadie les legitima para quebrar o discutir el dogma que ya han establecido por su cuenta los bonzos del progresismo. Sí, realmente son los conservadores… de la izquierda.

El predominio intelectual del progresismo, su control totalitario de las aulas, las editoriales y las televisiones, le ha permitido moldear la mente de las masas y hacer comulgar con ruedas de molino incluso a los democristianos de misa diaria. Una de las paradojas de nuestro tiempo es que los herederos del marxismo, credo de las tiranías más brutales de la Historia (así, con mayúsculas), van por todos los foros distribuyendo credenciales de demócrata a los serviles liberales y derechistas que se les acercan. Esta aberrante “superioridad moral” ha sido sumisamente aceptada por quienes creen no ser de izquierdas y, sin embargo, obedecen una a una todas las fatuas de los ayatolás progres, de esa gente por la que se siente una indebida veneración y a la que llamamos intelectuales. Los mismos que en los años veinte exaltaban el paraíso soviético y en los setenta defendían al gulag frente a hombres de la talla moral de Solzhenitsin. Hoy son los que piden diálogo con Maduro.

 Mal representada, víctima de mil traiciones y de sus propio miedos irracionales, adicta a esa droga perniciosa y letal del voto “útil”, la gran masa de electores que no son progres y que sufren en sus carnes los efectos de las políticas del consenso, esas que ellos pagan y padecen, ha dicho basta. En Estados Unidos, en Francia, en Italia, en Polonia, en Brasil, en Hungría, Alemania, en Austria… ¡Hasta en España! Las masas han despertado y se niegan a ser ordeñadas y desdeñadas por la élite progre, por los Clinton, Trudeau, Macron y demás millonarios que vienen a reprocharnos lo deplorables que somos por no votar lo que se nos manda, por no pensar lo que se debe y por no resignarnos a ser estabulados tras las bardas del corral ruinoso de la socialdemocracia, ese obeso leviatán, esa matriarca castradora, ese golem sin alma. ¿Y quiénes han logrado efectos más duraderos y potentes? Los que se niegan a aceptar el consenso impuesto, los que abren los debates que otros cierran, los que dicen las verdades del barquero lejos de la jerga, latinajos y eufemismos de la Academia, los que se mofan de la casta universitaria y se colocan al margen de la biempensancia del régimen globalista. En definitiva, los que encarnan la eterna verdad del niño que tuvo la inocencia de proclamar que el rey estaba desnudo.