¿Por qué la derecha tradicional tiene más sentido del humor que la izquierda revolucionaria?

Considerando que VOX ha agrietado –que no derribado- el muro infranqueable de la corrección política, me siento más libre que antes para desafiar a la dictadura de lo políticamente correcto con un artículo de lo más castizo, prohibido y desenfadado.

Aunque no me vaya a librar de las bofetadas tuiteras y facebookeras después de publicar tamaña provocación, la estampida voxeadora y verdigualda me ha llevado a perder el miedo, y a cerciorarme de que puedo esgrimir el florete con un retén de escuderos dispuestos a protegerme, guarnecerme y flanquearme.

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Sin más prolegómenos, procedo a dar respuesta a la controvertida pregunta que yace en el titular, la cual reza así: “¿Por qué la derecha tradicional tiene más sentido del humor que la izquierda revolucionaria?”.  

Cabe considerar que esta pregunta encuentra contestación en el ADN ideológico de ambas corrientes, en el arjé u origen de las mismas. Mientras la derecha  tradicional, pura, sin tacha, sin máculas de progresía (no la de Rajoy ni de la de Rivera), más católica que económica, más del mercado libre que del libre mercado capitalista, aboga por conservar las entrañables tradiciones del Occidente cristiano, es decir, la armonía, la paz, el orden y la alegría, la izquierda es per se revolucionaria, luego destructiva con lo anterior, cáustica, corrosiva, y este carácter destructor solamente puede estar fundamentado en el odio; de ahí, la razón de ser de su antipatía.

Quien conserva las santas tradiciones, ama. El que pretende arramblar con ellas, odia. Lo puedo decir más alto, pero no con mayor claridad.

El que ama, por lo general, tiende a la simpatía. El que odia, en términos generales, se deja fagocitar por la antipatía. La ecuación no puede ser más simple.

Con ánimo de sacar punta y rebanar más virutas en torno al tema que nos ocupa, cabe destacar que mientras los defensores de la santa tradición generan en los niños la ilusión sobrenatural de unos Magos de Oriente que les van a traer regalos, o de un gordo en un trineo cuyo auténtico origen reside en un santo llamado Nicolás, los divulgadores de la revolución tratan de ahogar en la sequía ese infinito mar de ilusiones.

Mientras los guardianes de la santa tradición inundan de luces los árboles en Navidad (costumbre de origen cristiano), las almas apagadas de la revolución tiñen las ciudades de resplandecientes adornos horteras.  

Mientras los centinelas de la santa tradición aportan al calendario días de asueto en nombre de algún santo, las milicias de la revolución protestan al paraguas de un laicismo feroz, pero disfrutan de estas fechas de descanso henchidos de algazara y con inconmensurable alegría.

Mientras los soldados de la santa tradición beben vino con regocijo, aunque con la debida mesura, los parroquianos de la revolución, bien, abjuran de este elixir por puritanismo dietético, o bien, profanan este brebaje en forma de calimocho.  

Mientras los custodios de la santa tradición son proclives a conservar la alegría de los cánticos regionales y de las fiestas populares, los cenizos de la revolución intentan ensombrecer cualquier atisbo de identidad, por risueño que resulte.  

Mientras los tutores de la santa tradición emocionan a riadas de personas con las procesiones de Semana Santa, los aguafiestas de la revolución tratan de aniquilar tan tumultuario y refulgente alborozo.

Si el bueno de Ulpiano predicó los aforismos del “honeste vivere” (vivir honestamente), del “alterum non laedere” (no dañar a otro) y del “suum cuique tribuere” (dar a cada uno lo suyo), el canalla de Don Pepone te recomienda el siguiente adagio de mensaje triple: “Ama a Dios, vive con alegría y trata a los demás con simpatía”.  

 

por Don Pepone.

Español a degüello y a porfía, incluso para pecar. Cristiano viejo y católico devoto, arruinado de rancio abolengo o nuevo pobre (de esos que llevan Loden dentro de un coche desvencijado), instruido en las letras (todo un diccionario con patas vigorosas y adiposo vientre), amén de un guerrero indomable (de aquellos que todavía enristran la falcata íbera y empuñan guadañas), pero, también, me considero algo truhán, pillo, bandolero, zascandil, amante del vino, pecador de gula (sólo con comida española, que conste) y expichabrava o donjuán redimido, siempre leal a su Doña Inés, además de obnubilado por su refulgente belleza. Me caracterizo por ser un hombre atemporal, la salvación de cada época, según el ilustre Chesterton. Soy un caballero medieval exiliado en el siglo XXI, un sevillano de corazón y costumbres metido en el cuerpo de un madrileño, un campechano condenado a vivir como un urbanita, un Quijote adicto a embarcarse en batallas perdidas, hasta el punto de ser capaz de apostatar del Real Madrid para arrodillarse ante el Atleti y curvarse ante el yugo del Betis. Este soy yo y esta es mi circunstancia.