No nos vamos a ningún sitio

Su dominio incontestable del debate público a partir del dogmatismo de la corrección política y la descalificación está llegando a su fin.

Después de años soportando que no puedan decir “España”, que digan que “el miedo tiene que cambiar de bando”, que afirmen que los terroristas suicidas “no tenían más remedio que inmolarse”, que paseen y blanqueen a Otegui por Europa, que impongan su discurso en los medios y en la política, la satisfacción, al ver el domingo por la noche la descomposición facial de Pablo Iglesias por el resultado de las elecciones andaluzas, fue incontenible. Una satisfacción que, es verdad, se tornó en irritación cuando Iglesias llamó a movilizarse masivamente contra el que no piensa como él y sus seguidores.

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Para Podemos, sus confluencias y allegados -también para muchos del PSOE, conviene no olvidarlo-, la extrema derecha fue el PP y todo su espacio sociológico (hasta 12 millones de españoles) luego Ciudadanos se llevó también la etiqueta (unos 3 millones de personas, según las últimas elecciones generales) y ahora, por supuesto, la extrema derecha es también VOX (hasta ahora, en votos, 395.000 andaluces).

El PNV, Bildu o el PdCAT, aquellos con los que han conformado una coalición de gobierno que rige los destinos de nuestro país, son supremacistas certificados, pero para ellos son aliados porque están a lo mismo: la destrucción de la España que conocemos.

Iglesias pidió, en tono solemne, una movilización masiva contra una fuerza de extrema derecha, que intencionadamente evitó nombrar. Irene Montero, en un tuit, desde la comodidad burguesa de la finca de Galapagar, y alejada de la plebe, llamó a “pararles los pies”, de lo contrario vendrían a “dividirnos en nuestros barrios”. Y lo dicen ellos, que han dividido a los españoles en casta, fachas, cuñados y en gente, en machistas y en feministas, en puros e impuros. Y lo dicen desde su finca alejada de las barriadas y de la gente humilde. Hay dos cosas que la extrema izquierda no aguanta nunca: un buen sueldo (finca en Galapagar de los Iglesias, viaje de novios a Nueva Zelanda del comunista Alberto Garzón, entre otros) y la coherencia en el mensaje.

Iglesias, además, definió a VOX con torpeza. Empezó por el listado clásico, a estas alturas vacío de contenido: machista, racista, xenófobo… y luego metió un tópico con calzador: neoliberal. Se ve que muy puesto no está en el ideario del partido de Abascal y mucho menos en la tendencia alternativa de la derecha nacionalista europea. Igual que la extrema izquierda no aguanta buenos sueldos y mensajes coherentes, Iglesias piensa que la verdad difícilmente aguanta a una mentira televisada a hora punta; las urnas ya le están quitando la razón.

A la voz de alarma antifascista se han sumado los palmeros mediáticos de la anti-España del gobierno Frankenstein. Manuel Jabois ha escrito sobre los miembros de VOX, que son “friquis reunidos en torno a cuatro ideas de garrote y taparrabos que han merecido el aplauso.” Enric González, se refería a VOX como “el fascismo que viene”. Rubén Amón, vilipendiado públicamente por el podemismo, afirma que VOX es un partido “confesional, supremacista, xenófobo, eurófobo.” Tantas etiquetas y tan poco sustento. Si con insultos y descalificaciones piensan que la gente va a alejarse de VOX tienen un serio problema de comprensión y de sentido de la estrategia.

Sin embargo, lo que llama la atención en el sambenito mediático y político a Podemos es que nadie, o casi nadie, se pregunta qué narices quiere decir Iglesias con su alerta antifascista para frenar a los que piensan diferente. ¿Formar escuadrones proletarios a la caza de fachas? ¿apalear a votantes o simpatizantes de VOX Alsasua-style? ¿incendiar sus sedes? ¿prohibirles el acceso a los espacios públicos? ¿echarles de España? ¿asediar iglesias y conventos?

La condena mediática, en cambio, es contra un partido que, limpiamente, saca 12 escaños en Andalucía y no contra otro partido, conjurado públicamente a acabar con el régimen del 78, es decir, con la España constitucional, que en boca de su líder llama a la protesta contra un resultado electoral legítimo.

Ayer, en las calles de Sevilla, Málaga y Granada, pudimos conocer sus verdaderas intenciones: una muchachada, movilizada por el macho alfa, profirió cánticos parecidos a los de Murcia (cuando pidieron que Ortega Lara volviera al zulo): “¡Sin piernas, sin brazos, los fachas a pedazos!” “¡Fuera fascistas de nuestros barrios!”

Jaume Vives, en uno de sus fabulosos vídeos, ya trató esta cuestión cuando los separatistas catalanes cantaban lo mismo en las calles de Cataluña, y se preguntó “¿dónde vais a mandarnos a los que no pensamos como vosotros? Por favor, que lo digan ¿dónde?”

Una de las mentes más lúcidas y proféticas de Europa, la fallecida Oriana Fallaci, dijo que había “dos tipos de fascistas, los fascistas y los antifascistas.” Los primeros están extinguidos y los segundos tienen legitimidad mediática, poder político, reconocimiento social e impunidad. Ahora, asustados por una fuerza que les hará frente sin complejos, o eso parece, recurren a fantasmas del pasado y llaman a la confrontación (aún no sabemos de qué tipo), como siempre han hecho, contra el que disiente de su ideario. Fascismo es tomar las calles cuando no te gusta lo que sale de las urnas.

Que se pongan tan tremendistas y que levanten la voz de alarma es una buena señal. Su dominio incontestable del debate público a partir del dogmatismo de la corrección política y la descalificación está llegando a su fin.

Y lo más importante de todo, a ver si se enteran de una vez que no nos vamos a ir a ningún sitio.