Malvotantes

Quienes avisaban contra la división del voto, llevaban desde el inicio de la campaña puliendo y orientando sus recriminaciones. Esperaron hasta los primeros datos del escrutinio y pulsaron el botón. Tres, dos, uno… empezaron a volar los reproches de los móviles de la derecha sensata a los móviles de la derecha asilvestrada. No así a los de Ciudadanos, ya que emigrar a naranja es algo que, por lo que sea, se tolera. Pero cambiar el voto hacia Vox, eso sí es una tropelía injustificable y suicida, en dos palabras, es votar mal.

Y lo cierto, o al menos eso me pareció, es que los reproches alcanzaron su objetivo durante la madrugada del domingo al lunes, en la que muchos malvotantes durmieron regular o peor. “A ver si hemos castigado a Casado cuando parecía dispuesto a abandonar los centrismos de Rajoy”. “A ver si somos ahora los tontos útiles de Sánchez al haberle dado un pretexto para sacudir sus espantajos”. Y torturados por esas cavilaciones, sobrevolados por los hipotéticos repartos de escaños en una derecha unida, el lunes los malvotantes fueron al trabajo con la cabeza gacha y el corazón contrito.

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Penando estaban pues hasta que saltó la liebre. Pablo Casado, tras reunirse con sus gerifaltes, se plantó ante el atril y cambió, o mejor dicho destapó, su posición respecto a Vox. Llamó a los de Abascal “ultraderecha” y aseguró que, si no lo había hecho antes, había sido con la única intención de no dinamitar los posibles pactos. Con ello regresó la paz a las aguijoneadas conciencias de los malvotantes. Había sido una trampa. Casado no había querido que el PP volviera a las posiciones ideológicas abandonadas por Rajoy, sino dejar sin justificación a los malvotantes, seducirlos con un discurso que caducaba tras las elecciones. No se lo creyeron y, ahora se demostraba, habían hecho bien.

Con vistas a futuro, esto permite que el malvotante sigua malvotando, incluso que algunos bienvotantes se pasen al lado oscuro, ya que, al parecer, el PP sigue huyendo de la derecha social como si temiera contagiarse. No obstante, resulta una estrategia discutible, ya que, conforme se aleje de Vox, lo que hará el PP será acercarse a Ciudadanos. Y si nada te diferencia de Ciudadanos (salvo un pasado de impoluta corrupción), ya me dirás qué futuro te aguarda. Más aún si desprecias a los casi 3 millones de votos que Vox te ha quitado de la boca. ¿De dónde –toca preguntar– pretende sacar los apoyos para recuperarse?

De todas formas, se está cumpliendo aquello de Rajoy en 2008, cuando deseó que los liberales se fueran al partido liberal y los conservadores al partido conservador. Pues ahí los tienes: los liberales ahora van de naranja y los conservadores de verde. ¿Quién queda entonces en el PP? Sólo los peperos, votantes que creen que es el partido de Casado, haga lo que haga y piense lo que piense, quien evita que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas. Sin embargo, de forma natural, su número seguirá menguando mientras Ciudadanos siga en el centro y Vox en la derecha. Casado está intentando dar codazos para colocarse entre uno y otro, pero no parece que le vaya a servir porque no hay hueco. Así las cosas, resulta plausible imaginar que dentro de cuatro años, cuando vuelvan las generales, sea el PP, y no Vox, quien reciba los reproches por dividir el voto de la derecha.