Los ‘chalecos amarillos’ y el populismo

En una entrevista concedida a un diario digital francés, el egregio filósofo Alain de Benoist aseguraba que los chalecos amarillos ‘ya han ganado’, ocurra lo que ocurra a partir de ahora. Y, en cierto modo, esto es cierto, pues han manifestado tan vigorosamente el hartazgo del pueblo galo, sometido a los designios de una plutocracia tiránica, que incluso Macron ha captado su mensaje y ha actuado en consecuencia.

Pero en la respuesta de Macron a los chalecos amarillos, que han comprendido bien que la protesta es un deber popular cuando los políticos dejan de servir al bien común, hay un punto de malicia, quizá inapreciable para los más inocentes. Cuando el envanecido presidente de la República anuncia una demora en el incremento de las tasas al diésel y una ligera subida del salario mínimo, se comporta como el torturador que concede una tregua momentánea al torturado: afirma su propio poder y, de paso, la inferioridad de los otros.

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Más allá de la malicia de Macron, que es discutible, hallamos su populismo, que es indiscutible. Porque tratar de acallar a los franceses arrojándoles gallofa (o, para entendernos, prometiéndoles una minúscula subida del salario mínimo) es eso, populismo. Y lo es aunque la prensa sistémica, ocupada en la búsqueda de nuevos adjetivos desdeñosos con los que referirse a los chalecos amarillos y a Le Pen, no se dé cuenta.

La importancia de las palabras

El problema de emplear un término en exceso es que éste acaba perdiendo su significado. Esta aseveración puede parecer un lugar común, pero nunca se enunciará suficientes veces. Como las élites sistémicas han recurrido a la palabra populista para designar a todo ser humano que les desagrada (Orbán, Salvini, Abascal, Trump, Maduro…), ya no podemos motejar a Macron de tal sin provocar una sonrisa escéptica en quien nos oye. O nos lee.

La casta mediática ha adulterado la esencia del término populismo: ya no es un sustantivo común, incontable y abstracto; tan sólo un arma política. Se ha convertido, en fin, en una forma de ridiculizar ideas incómodas y desacreditar a personas indómitas. Cuando un periodista llama ‘populista’ a Le Pen, no pretende invitar a su lector a reflexionar sobre si Le Pen es populista o no (para lo que es necesario tener claro qué significa ‘populista’), sino suscitar en él un rechazo instintivo, irracional, hacia el personaje en cuestión.

De este modo, preguntarle a cualquier progresista de infantería por qué Salvini y Trump son populistas le asegura a uno instantes verdaderamente gozosos. Los más duchos en dogmática progre responderán que lo son porque proponen soluciones fáciles a problemas intrincados, como si eso no fuese norma en los políticos democráticos; los adocenados se encogerán de hombros, afanándose en recordar quién fue el tertuliano de La Sexta que pontificó sobre el tema el sábado anterior.

De la prensa al mundo académico

Pero lo peor no son los ardides de que se sirve el periodismo sistémico para perpetuar el statu quo; al fin y al cabo, ésa es la tradicional función de la prensa, conchabarse con el poder y aparentar lo contrario. Lo peor es que han aparecido profesores universitarios dispuestos a dar fundamento intelectual a los ardides del periodismo sistémico. Así, quien busque con cierto interés encontrará ingentes artículos académicos y manuales versados sobre el populismo; artículos y manuales que repetirán machaconamente la misma idea: populista es quien demoniza a las élites y exalta al pueblo. Pero, en una época en que las primeras subyugan al segundo, eso es ser realista, no populista.

En verdad, el problema de estos académicos es el mismo que el de los teóricos de todas las ideologías modernas. No enuncian un juicio tras haber observado atentamente la realidad, sino que tratan de amoldar la realidad a sus prejuicios. Parten de la premisa de que Le Pen es populista (aunque la sepan falsa) y buscan como posesos hechos que lo demuestren, cuando lo que deberían hacer es abrazar la realidad y dejar que ésta oriente su juicio.

Si los académicos prestasen una mínima atención a lo real, se percatarían de que lo que une a Trump, Salvini u Orbán no es el populismo – entendiéndolo como demonización de las élites y la exaltación del pueblo –, sino algo mucho más profundo: el afán de recuperar todo lo bueno que el sistema ha destruido y de conservar lo que todavía no ha destruido por completo.