Los achaques de la democracia

La democracia parlamentaria en Italia entre 1969 y 1975 no era lo que se dice seductora y como además estaba rodeado de compatriotas que daban por hecho su trasplante a España.

Alguna vez he dicho que, aunque no soy demócrata confesional, me considero demócrata practicante, lo que no es más que trasladar al campo de la praxis otro principio, nada original, del campo de la ideología, que es el liberalismo.  Una cosa es el liberalismo como talante o como conducta y otra el liberalismo como receta de gobierno.  Ser liberal y ser discreto eran prendas de hidalguía en tiempos de Cervantes, pero las mudanzas históricas no dejan de influir en el significado de las palabras, y hoy llamamos discreto a lo que nos parece mediocre y liberal a una manera de ser demócrata.  Cuando me han reprochado por hacer campañas contra el liberalismo, yo he replicado que esas campañas, más que contra el liberalismo, iban dirigidas contra la democracia, o eso creía. Luego, pensándolo mejor, he visto que el objeto de mis críticas era el gran mal que aqueja a Occidente desde la Revolución Francesa, que es la confusión y el entrelazamiento de dos principios tan opuestos como la democracia y el liberalismo.  

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En los años comprendidos entre 1954 y 1969 he vivido en el Reino Unido, en los Estados Unidos, en la República Federal de Alemania y en la Confederación Helvética y nunca se me ocurrió que la democracia y el liberalismo fueran incompatibles. No se me ocultaba que al sur de esos países la cosa no era tan clara, y como mi propósito siempre fue el de repatriarme más pronto que tarde, me fui a Italia, que siempre me sedujo y porque era la democracia que tenía más probabilidades de asemejarse a la que inexorablemente llegaría a España, en las postrimerías ya de su régimen autocrático.

La democracia parlamentaria en Italia entre 1969 y 1975 no era lo que se dice seductora y como además estaba rodeado de compatriotas que daban por hecho su trasplante a España, nada de lo que me encontré al repatriarme podía sorprenderme demasiado, de ahí los recelos con los que, pasado un primer momento de euforia, siempre abrigué hacia el nuevo sistema.  Ese momento de euforia estuvo entre la exaltación a la Jefatura del Estado del hasta entonces Príncipe de España y la votación de la Constitución, es decir, el período en que ya había libertad pero aún no había democracia. En el dialecto romanesco existe la expresión Er Più para designar al chulo del barrio, y a mí se me ocurrió, cuando aún vivía en el Trastévere, que una buena consigna electoral podía ser algo así como Non votare Er Più. Votate Er Mejo, o sea, «No votéis al Más. Votad al Mejor.»  En las primeras votaciones españolas, el único que llegó a parecidas conclusiones fue el «Viejo Profesor» Tierno Galván al reflexionar, tras los magros resultados de su PSP, que confundir la cantidad con la calidad era cosa del…¡franquismo!  También dijo por cierto que las promesas electorales no hay por qué cumplirlas. Bueno es recordarlo ahora que tanto nos asombramos de que ciertos hombres públicos de su cuerda digan una cosa mientras están en la Oposición y la contraria cuando están en el Gobierno.

Una de las creencias más vanas de nuestro tiempo es la de la democracia como panacea universal.  La gran desgracia es que esa superchería la hiciera suya el Imperio que rige los destinos del planeta, empeñado en hacernos creer que la implantación manu militari de ese sistema en el Iraq normalizaría la vida política.  Si por normalización entendemos el estado de naturaleza según Hobbes, qué duda cabe de que la vida política se ha normalizado en la Mesopotamia.  También en España regresamos a la normalidad con la Monarquía felizmente reinante, o con el sistema que sancionó esa Monarquía, sino que al recuperar el estado de naturaleza, no nos guiamos por Hobbes y su normalidad de lobos contra lobos, sino por Ganivet, que, adelantándose a Orwell, pronosticó una España pasto de los puercos.  Ganivet dijo que iba a haber que echar un millón de españoles a los lobos si no queríamos echar veinte millones a los puercos. Basta con asomarse a cualquiera de esos canales de televisión orientados a la «educación para la ciudadanía», por no hablar de las llamadas «redes sociales», para llegar a la conclusión de que los lobos de antaño son los gorrinos de hoy, como llaman a los demócratas los pocos lobos que aún quedan en el norte de la piel de toro.  Los mil españoles más o menos que se les han echado ya a estos lobos residuales no han evitado que cuarenta millones sean pasto de los gorrinos.

En el siglo XIX decía Teófilo Gautier, de viaje por España, que las Cartas, es decir, las Constituciones, en los países de clima caliente o se funden o estallan. ¿Será éste el caso de nuestra Nicolasa?