Las políticas del blandiblú

No hay día en el que no me pregunten cómo explico yo el ascenso de Vox. La mayoría de mis interlocutores están verdaderamente confusos y son incapaces de encontrar una explicación que les satisfaga intelectualmente. Muchos dispuestos a dar con alguna razón que culpe a otros y no otorgue ningún crédito al partido liderado por Santiago Abascal. Así, por ejemplo, se suele justificar el ascenso de Vox por los errores del PP. Incluso hay quien ve en la caída de Podemos la causa del atractivo actual de Vox. Todos se equivocan. Vox crece por méritos propios y si no se entiende es por la ceguera que ha causado la forma como se ha venido haciendo eso que se llama “la política” en España.

No se cuándo ni muy bien cómo, pero en algún momento de nuestra democracia, los líderes políticos se rodearon de equipos electorales que les convencieron de que lo mejor para ellos era no irritar a casi nadie (idealmente, a nadie) y que, en consecuencia, se debían evitar los discursos claros y sólo promover discursos que pudieran tener múltiples interpretaciones, al gusto del consumidor o de la evolución de las encuestas; se debía evitar entrar en temas que resultasen divisivos; y, sobre todo, no se podía entrar en una confrontación directa con la cultura política de la izquierda. Tal vez éste es el mayor pecado para el futuro de estos supuestos líderes, reducidos las más de las veces a un mero producto de mercadotecnia. Siempre me ha sorprendido con qué gusto se pagaban las pingües facturas de los gabinetes electorales cuya conclusión siempre era la misma: más valía una bonita sonrisa que una idea.

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El problema de esa interpretación de la política, más espectáculo y proceso que competencia de distintas visiones y formas de entender cómo se debe organizar la sociedad, su estado y la nación, es que no se atreve a distinguir entre buenas y malas ideas. Es más, acaba considerando todas las ideas malas porque no responden al servicio último de llevar a un candidato al poder. ¿El problema? Que quien renuncia a sus ideas no es la izquierda y los radicales aledaños, desde el separatismo al fundamentalismo islámico, sino un centroderecha que se siente feliz y cómodo apostando por mejorar la eficacia del estado y poco más. Y, desde luego, nada de arrastrase a disputar la hegemonía cultural de la izquierda a pesar de que ésta se ha conseguido únicamente por la dejación de no querer combatirla.  Para el centroderecha español salido de la transición, ser progres es casi un mandato para liberarse de sus fantasmas históricos. De ahí el gusto con el que se abraza discursos de género radicales, se acepten las medidas anti-vida, o se promueva que se supedite lo normal a lo minoritario. Lo de plantearse medidas más drásticas como acabar con la corrupción hoy ya estructural, desmantelas el despilfarro de las autonomías o primar a los españoles frente a los inmigrantes ilegales, está fuera de todo orden.

El secreto de Vox, aunque sea un secreto a voces, es no estar dispuesto a seguir jugando el mismo juego inaugurado con las concesiones del centroderecha en 1977: las malas ideas se pueden y se deben combatir abiertamente. Y hay que hacerlo con  claridad y rotundidad. Sin complejos. Hay que hablar menos y hacer más. Ya no estamos en un momento donde los españoles quieran escuchar bonitos y redondos, pero huecos o ineficaces, discursos. Hoy los nuevos dirigentes del PP pueden jurar que aplicarían ya el artículo 155 en Cataluña, pero la realidad es que no defendieron  eso hace unos pocos meses, cuando también eran dirigentes del PP de Rajoy y que sólo Vox tuvo la visión y el coraje de llevar adelante la acusación particular contra los golpistas separatistas.

El secreto de Vox, no porque sea oculto, sino porque se niegan a verlo nuestros más avezados comentaristas, es que ha sabido conectar con muchos españoles que se sienten agraviados e indefensos por múltiples razones. Situaciones varias que les causan evidentes perjuicios personales y familiares, independientemente de si el corazón lo tienen a la izquierda, el centro o la derecha.

La política española siempre ha aspirado a ser una construcción del despotismo ilustrado: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. La clase dirigente y sus partidos políticos, verdadera columna vertebral del sistema, siempre han creído que el estado y sus instituciones les pertenecían, al igual que los votantes. Eso es lo que se está acabando. Pero, ¡ay!, quienes aman las “primaveras” allí donde se producen, no las ven con tan buenos ojos cuando ellos son los principales afectados.

En fin, que crean sonrientes que pasearse por la alfombra roja de nuestro cine, todos bien mezcladitos para la autosatisfacción de una casta que vive de nuestros impuesto, es lo que hay que hacer, es un botón más de muestra de que no entienden qué está pasando hoy aquí. Una España suicida frente a una España que quiere vivir.